Lo primero que notó fue el silencio.
No el silencio de su departamento, que nunca era silencio del todo: siempre había algo, las cañerías, el tráfico lejano, el televisor del vecino del cuarto que ponía las noticias a un volumen pensado para alguien con peor audición. Este silencio era diferente. Era silencio de lugar controlado, silencio de paredes gruesas y ventanas selladas, el tipo de silencio que no ocurre solo, sino que alguien construye con cuidado.
Irma abrió los ojos.
El techo era blanco. No el blanco sucio de su departamento sino un blanco limpio, uniforme, reciente. La habitación era grande. Más grande de lo que esperaba, aunque no había estado esperando nada porque no sabía dónde estaba ni cómo había llegado.
Eso llegó después. El recordatorio.
La calle. La obra. El auto. El olor.
Se incorporó demasiado rápido y el dolor en la cara la empujó de vuelta hacia la almohada con una fuerza que no dejaba lugar para la voluntad. No era un dolor de golpe sino algo más profundo, más trabajado, el dolor de algo que fue intervenido con instrumentos y tiempo. Presionó los dientes y esperó que bajara un poco antes de volver a moverse, más despacio esta vez.
Las manos le respondían. Las piernas también. Movió los dedos de los pies bajo las sábanas y los sintió. Hizo un inventario rápido, instintivo, el tipo de chequeo que el cuerpo hace solo cuando acaba de entender que estuvo en riesgo: todo respondía. Todo estaba donde debía estar.
Menos la cara.
***
La habitación tenía una cama de hospital, pero no parecía un hospital. Más bien la habitación de un hotel caro al que alguien le hubiera agregado equipamiento médico como afterthought: silla tapizada junto a la ventana, mesa de madera clara, una lámpara de pie con luz cálida en el rincón. La ventana tenía cortinas gruesas, cerradas. No se filtraba luz natural, lo cual no le decía nada sobre la hora.
Había una vía en su brazo izquierdo conectada a un gotero transparente. Un monitor discreto sobre una mesita lateral mostraba números que no sabía interpretar pero que parpadeaban con regularidad, lo cual asumió que era bueno.
No había espejo en ninguna parte.
Eso lo notó después, cuando el primer susto se asentó lo suficiente como para dejarla mirar alrededor con más calma. Recorrió las paredes con los ojos buscando el lugar obvio donde debería haber un espejo, sobre el lavatorio del baño cuya puerta entreabierta podía ver desde la cama, sobre la cómoda de madera clara, en algún lado. Nada.
La ausencia era demasiado prolija para ser casual.
Alguien había removido los espejos.
Eso fue lo que terminó de asustarla de una manera que el dolor y el desconcierto no habían logrado del todo, porque el dolor y el desconcierto podían tener explicaciones accidentales, pero los espejos removidos solo tenían una explicación: alguien no quería que ella viera algo.
Levantó la mano derecha hacia su cara.
Gasas. Vendas. Una estructura levemente rígida que cubría desde la frente hasta el mentón con precisión quirúrgica, dejando espacio para los ojos, la nariz, la boca. El dolor aumentó con el contacto, un dolor que pulsaba con cada latido, y retiró la mano despacio.
Pensó: “me operaron”.
Después pensó: ¿por qué?
Después pensó: ¡Martín!
***
Se levantó de la cama antes de que su cuerpo terminara de estar de acuerdo con la idea.
Las piernas sostuvieron, aunque con la solidez inestable de quien lleva tiempo horizontal. Fue hasta la puerta del baño aferrándose a la cama, después a la pared. El baño confirmó lo que había visto desde lejos: sobre el lavatorio había una marca rectangular en la pared, más clara que el resto, donde claramente había habido algo colgado hasta hace poco.
Fue hasta la puerta principal. Estaba cerrada. Giró el picaporte dos veces, empujó, nada.
Golpeó. Una vez, dos, tres.
—¡Hola! —Su propia voz le sonó extraña, como si viniera de más lejos de lo que debería—. ¡Hay alguien afuera!
Silencio durante casi un minuto.
Después pasos. La puerta se abrió y entró una mujer de unos cuarenta años con uniforme de enfermera, pelo recogido, expresión completamente neutral.
—Necesita descansar —dijo la enfermera, y el tono no era cruel sino impersonal, el tono de alguien que tiene instrucciones específicas y no se aparta de ellas.
—¿Dónde estoy?
—En una clínica privada. Está siendo atendida.
—¿Qué me hicieron?
—Alguien va a venir a explicarle. Por ahora necesita…
—¿Qué me hicieron en la cara?
La enfermera no respondió. Fue hasta el monitor, revisó los números, ajustó algo en el gotero con movimientos precisos y automáticos.
—Voy a avisar que está despierta —dijo, y salió.
La puerta volvió a cerrarse.
Irma escuchó el sonido inconfundible de una llave girando del otro lado.
***
Se sentó en el borde de la cama porque estar de pie gastaba una energía que no tenía.
Trató de pensar con orden. Era algo que hacía cuando se ponía nerviosa: forzar una estructura, punto uno, punto dos, porque el miedo en estado puro no llevaba a ningún lado y ella lo sabía desde chica.
Punto uno: estaba viva. Todo el cuerpo funcionaba excepto la cara, que había sido operada por alguien que sabía lo que hacía porque la vía estaba bien puesta y el equipamiento era de calidad y el dolor era el dolor correcto, el de una herida tratada, no el de una herida abandonada.
Punto dos: no era un secuestro convencional. Los secuestros convencionales no incluían habitaciones de lujo ni goteros ni monitoreo de signos vitales. Alguien la quería viva y en condiciones.
Punto tres: los espejos removidos significaban que no querían que viera su cara. Lo cual significaba que su cara había cambiado de alguna manera que ellos preferían controlar cuándo y cómo ella descubría.
Punto cuatro: Martín no sabía dónde estaba.
El punto cuatro fue el que le apretó el pecho de una manera que los otros tres no habían logrado.