La Sustituta

CAPÍTULO 7 — SIN SALIDA

La noche pasó despacio.

Irma lo supo porque la línea de luz que se filtraba por el borde inferior de las cortinas cambió: primero desapareció del todo, después volvió, más fría, más blanca, con esa calidad particular de la mañana temprana que no tiene nada que ver con el calor del mediodía. No había reloj en la habitación. Eso también era deliberado, como los espejos.

Sin espejos y sin reloj: sin cara y sin tiempo.

Alguien había pensado esto con cuidado.

Irma había dormido por fragmentos, entrando y saliendo de un sueño que no era descanso sino el cuerpo apagándose por necesidad, sin su permiso. Cada vez que volvía a la superficie lo primero era el dolor en la cara, y lo segundo era el mismo pensamiento, claro y frío como agua: “tengo que salir de acá”.

A lo que su mente respondía, con la misma claridad: “¿cómo?”

***

Empezó con lo que tenía.

Se levantó cuando la luz bajo las cortinas le dijo que era mañana y fue al baño con pasos más seguros que el día anterior. Las piernas respondían mejor. El gotero había sido desconectado en algún momento de la noche por la enfermera que entró sin hacer ruido, lo cual significaba que ahora podía moverse sin arrastrar nada.

Estudió el baño con metodología.

Era amplio, con azulejos blancos, una ducha con mampara de vidrio, lavatorio empotrado, inodoro, toallero con toallas dobladas en perfectas terceras partes. Sobre el lavatorio, la marca rectangular en la pared donde había estado el espejo era perfectamente visible a la luz del día: más clara que el resto, con cuatro agujeritos donde habían estado los tornillos.

No había ventana en el baño.

Volvió a la habitación y fue hasta la ventana. Corrió la cortina un centímetro y miró afuera.

Rejas.

No las rejas gruesas y visibles de una celda sino algo más discreto, más arquitectónico: una celosía de hierro pintada del mismo color que el marco, integrada al diseño de una manera que desde adentro parecía decorativa hasta que entendías que no lo era. Detrás de las rejas había un jardín pequeño y prolijo, un muro alto, y más allá del muro un cielo blanco de mañana fría.

No había personas afuera.

No había cámaras visibles, aunque Irma asumió que existían.

Cerró la cortina y volvió al centro de la habitación.

***

La puerta principal tenía cerradura desde afuera, eso ya lo sabía. La probó de todas formas: picaporte, empuje, nada. Sólida, sin movimiento, sin la vibración de una puerta mal ajustada que a veces podía trabajarse con paciencia.

Fue hasta la mesita de noche. Cajón: vacío. Fue hasta la cómoda: ropa doblada, su talla, prendas nuevas sin etiqueta. Fue hasta el placard: más ropa, una bata, zapatillas. Todo en su talla. Todo elegido con anticipación.

Eso también le revolvió el estómago: alguien sabía su talla. Alguien había estudiado su cuerpo con suficiente detalle como para comprarle ropa antes de traerla acá.

No encontró nada útil. Sin objetos metálicos, sin tijeras, sin nada con filo. Sin teléfono, sin computadora, sin papel y lápiz siquiera. La habitación estaba equipada para que una persona viviera con comodidad y para que esa persona no tuviera ningún elemento con el que hacer nada que no fuera vivir con comodidad.

Se sentó en la cama.

Bien. Inventario completo.

Salida por la puerta: bloqueada con llave exterior.

Salida por la ventana: rejas integradas, jardín cerrado, muro alto.

Comunicación exterior: sin teléfono, sin ningún dispositivo.

Elementos de utilidad: ninguno.

Irma miró el techo.

Había una cámara. La encontró después de buscarla durante dos minutos: pequeña, discreta, integrada en el ángulo superior derecho donde la pared se encontraba con el techo, camuflada en una moldura decorativa. Parpadeaba con una luz roja tan tenue que en la oscuridad probablemente era invisible.

La miró directamente durante tres segundos.

Después apartó la vista y se fue al baño, no porque necesitara ir sino porque era el único lugar donde probablemente no había cámara.

***

Rodrigo llegó a media mañana.

Esta vez traía a otra persona: una mujer de unos treinta y cinco años, delgada, pelo corto, que se quedó parada junto a la puerta con una tablet en la mano y la expresión de alguien que está ahí para observar y registrar. No se presentó.

Rodrigo se sentó en la misma silla de siempre.

—¿Durmió? —preguntó.

—¿Qué le parece? —dijo Irma.

—¿Pensó en lo que hablamos?

—Lo pensé.

—¿Y?

—No.

Rodrigo asintió como si esa respuesta fuera parte de un proceso previsto.

—¿Qué parte es la que le complica? —preguntó, con un tono genuinamente curioso que Irma encontró más irritante que si hubiera sido condescendiente.

—Todas las partes. El secuestro, la cirugía sin consentimiento, la privación de libertad. —Hizo una pausa—. ¿Sigo?

—La entiendo.

—No me entiende.

—Tiene razón en estar furiosa —dijo Rodrigo—. Lo que se hizo fue sin su consentimiento y eso no tiene justificación limpia. Pero estamos donde estamos. La situación existe independientemente de cómo llegamos a ella. Lo que le propongo es que piense en lo que viene, no en lo que ya pasó.

—Lo que viene es que yo salgo de acá y los denuncio a todos.

—¿Con qué cara? —dijo Rodrigo.

Lo dijo sin crueldad, casi como una pregunta técnica. Y eso fue peor que si lo hubiera dicho con crueldad, porque significaba que lo había pensado antes que ella y lo tenía resuelto.

Irma no respondió.

—Tiene la cara de Mayra Solís —continuó Rodrigo—. En este momento, si usted sale a la calle, la gente va a ver a Mayra Solís. Si va a la policía, van a ver a Mayra Solís. Si llama a alguien, esa persona va a escuchar la voz de Irma pero va a ver otra cara. —Hizo una pausa—. Eso complica la denuncia.

—Mi novio me va a reconocer.

—¿Está segura?

La pregunta flotó en el aire de una manera desagradable.




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