Martín Salas no era de los que catastrofizaban.
Era una característica que su madre le había señalado desde chico, no siempre como elogio: “tú ves el lado bueno de todo”, le decía, con ese tono que podía significar “qué virtud” o “qué ingenuidad” dependiendo del día. Martín había aprendido a leerlo como las dos cosas al mismo tiempo. Era cierto que tendía a buscar explicaciones tranquilizadoras antes que alarmantes. Era cierto que su primer impulso frente a lo desconocido era asumir que había una razón simple y razonable que todavía no veía.
Eso le había servido en muchas situaciones.
En esta, le sirvió durante exactamente dos horas.
***
A las seis y cuarenta y ocho había mandado el primer mensaje. A las siete y diez había llamado por primera vez. A las siete y media había llamado tres veces más y mandado dos mensajes adicionales, todos sin respuesta. A las ocho menos cuarto había decidido que la batería del teléfono de Irma estaba muerta, explicación que conocía de haber pasado por eso antes, y había ido al supermercado de la esquina a comprar algo para cenar con la intención de tenerlo listo cuando ella llegara.
A las nueve menos diez, con la cena hecha y fría y Irma sin aparecer, había dejado de buscar explicaciones tranquilizadoras.
Llamó al trabajo de ella. Atendió un contestador automático con el mensaje de horario de atención.
Llamó a Carla, la amiga más cercana de Irma, que atendió con la voz de quien ya estaba medio dormida y le dijo que no sabía nada, que la última vez que habían hablado era del martes.
Llamó a la madre de Irma, que vivía en otra ciudad, y después de dos timbres colgó porque no quería alarmarla sin tener algo concreto que decir.
Se quedó parado en la cocina con el teléfono en la mano mirando la cena fría.
Entonces llegó el mensaje.
***
Lo leyó dos veces.
Después lo leyó una tercera vez, más despacio, como si la velocidad de lectura pudiera cambiar lo que decía.
“Martín, necesito que sepas que esto no tiene que ver contigo sino conmigo. Hace tiempo que siento que necesito espacio y tiempo para pensar. Tomé la decisión de irme un tiempo, no sé cuánto. Por favor no me busques. Cuando esté lista yo te contacto. Cuídate.”
Lo leyó una cuarta vez.
Después apoyó el teléfono sobre la mesada y se quedó quieto durante un momento que no supo medir.
Había tres cosas en ese mensaje que no cerraban.
La primera: Irma no escribía “esto no tiene que ver contigo sino conmigo”. Nadie que conociera a Irma le escribiría eso. Ella decía lo que pensaba de frente, con sus palabras, sin las frases hechas que la gente usa cuando no sabe cómo decir algo o cuando alguien le está diciendo qué escribir.
La segunda: “Cuando esté lista yo te contacto”. Irma usaba el tuteo rioplatense de siempre. Ese “yo te contacto” era de otra persona, o de alguien tratando de imitar a otra persona sin tener suficiente material.
La tercera, y la más simple: tres horas antes le había mandado un mensaje diciendo “hoy salgo más temprano, paso a buscar algo para cenar, decime qué quieres”. Y ella no había respondido. Irma respondía los mensajes. Siempre. No de inmediato, pero siempre. Si hubiera querido terminar la relación, le hubiera respondido ese mensaje primero.
Se sentó en la silla de la cocina.
Alguien había escrito ese mensaje desde el teléfono de Irma. O Irma lo había escrito bajo algún tipo de presión. De las dos opciones, ninguna era tranquilizadora.
***
Esa noche Martin no durmió.
Pasó las horas revisando el teléfono, mandando mensajes que quedaban en entregado, llamando a números que iban directo al buzón. A la una de la mañana fue hasta el edificio de Irma en taxi y tocó el portero eléctrico durante cinco minutos. Nadie atendió. Habló con el encargado del edificio, un hombre de unos sesenta años que abrió la puerta con cara de pocos amigos y le dijo que no había visto a la chica del quinto desde el día anterior por la mañana, cuando bajó a buscar un paquete.
—¿Ayer a la mañana nada más?
—Que yo haya visto, sí. Pero yo no estoy todo el día en la entrada.
Martín volvió a su departamento a las dos de la mañana. Se sentó en la cama. Pensó.
A las nueve, cuando abrieran las oficinas, iba a llamar a la empresa donde trabajaba Irma. A las diez iba a ir a la comisaría más cercana.
Eso era lo que podía hacer por ahora.
Se acostó sin desvestirse y miró el techo hasta que la luz cambió.
***
La comisaría del barrio tenía tres personas en la guardia de la mañana: un agente joven en el mostrador, una mujer de uniforme que hablaba por teléfono en un escritorio del fondo, y un hombre de mayor rango que no levantó la vista cuando Martín entró.
El agente del mostrador lo atendió con la expresión de quien ya tuvo varias conversaciones similares esa semana.
Martín explicó la situación. Irma, veintitrés años, no había llegado a casa la noche anterior, no respondía el teléfono, había recibido un mensaje extraño. Describió el mensaje. Describió por qué no le cerraba.
El agente escuchó asintiendo con la frecuencia justa para parecer que prestaba atención.
—¿Cuántas horas hace que no la ve? —preguntó cuándo Martín terminó.
—Desde ayer a la mañana. Más de veinticuatro horas.
—¿Tiene familiares en la ciudad?
—No, vive sola.
—¿Historial de desapariciones anteriores?
—No.
—¿Hay indicios de violencia? ¿Algo en el departamento fuera de lugar, señales de forcejeo?
—No entré al departamento. Ella tiene las llaves.
—¿Y el mensaje que recibió?
—Le dije que no cierra. No es la forma en que ella escribe.
El agente lo miró con una paciencia que era casi lo mismo que la indiferencia.
—Señor, en este momento lo que tiene es una persona adulta que le mandó un mensaje diciéndole que necesita espacio. Eso no configura una desaparición en términos legales. Para iniciar una búsqueda formal necesitamos al menos setenta y dos horas desde el último contacto verificable, o evidencia concreta de que algo salió mal.