La Sustituta

CAPÍTULO 9 — APRENDER A SER OTRA

Dana Solís llegó un lunes.

O eso calculó Irma, que había perdido la cuenta exacta de los días, pero llevaba un registro interno aproximado basado en las comidas: tres comidas por día, ya iban nueve días desde que había despertado en esta habitación. El dolor en la cara había bajado de una manera que no era satisfactoria sino preocupante, porque significaba que el proceso avanzaba según lo previsto por personas que no eran ella.

Dana entró sin llamar, como si la habitación fuera suya y la presencia de Irma fuera el detalle secundario.

Era delgada, de unos cuarenta años, con el pelo negro recogido en una trenza tirante que le estiraba levemente los rasgos. Vestía ropa deportiva, zapatillas caras, y cargaba una tablet y un bolso grande del que sobresalía el asa de algo que parecía un trípode plegado. Se movía con la eficiencia de alguien que no desperdicia gestos: cada movimiento iba a algún lado, cumplía algo.

Miró a Irma de la cabeza a los pies con la misma expresión con que se mira una habitación antes de reorganizarla.

—Soy Dana —dijo—. Voy a trabajar contigo.

—¿En qué? —dijo Irma.

—En todo.

Dejó el bolso sobre la mesa, sacó el trípode, lo armó con tres movimientos precisos y montó encima un teléfono. Apuntó hacia el centro de la habitación. Después abrió la tablet y tocó la pantalla hasta encontrar lo que buscaba: un video que Irma reconoció de inmediato.

Era Mayra en un recital. El ángulo era lateral, tomado desde el costado del escenario, con la imagen estabilizada y el sonido reducido. No era para el público: era material de trabajo.

—Mira los pies —dijo Dana.

Irma miró los pies de Mayra en el video.

—Ahora mira las manos.

Irma las miró.

—Ahora las dos cosas al mismo tiempo.

Irma las miró.

—Bien —dijo Dana, y paró el video—. Hacé lo que acabas de ver.

Irma se quedó quieta.

Dana la miró con paciencia, como si el silencio fuera una respuesta esperada y no un problema.

—No voy a hacer eso —dijo Irma.

—Ya sé —dijo Dana—. Hacelo igual.

—No entiendes. No lo voy a hacer porque no quiero hacerlo. No porque no pueda.

—Ya sé eso también. —Dana anotó algo en la tablet sin mirarla—. Hacelo igual.

Era un método desconcertante. No había enojo, no había amenaza, no había argumento. Dana simplemente registraba y repetía la instrucción como si la resistencia fuera un dato técnico más, como la temperatura o la humedad, algo que se anota y se incorpora al proceso sin que cambie el proceso.

Irma no se movió.

Dana esperó treinta segundos exactos, anotó algo más, y puso otro video.

Este era diferente: Mayra en una entrevista, sentada en un sillón, hablando con alguien fuera de cámara. Sin escenario, sin coreografía. Solo ella hablando.

—La forma en que cruza las piernas —dijo Dana—. La inclinación de la cabeza cuando escucha. La pausa antes de responder preguntas directas. Tres segundos, siempre tres segundos. ¿Lo ves?

Irma lo vio. No lo dijo.

Dana anotó.

Así pasó la primera hora.

Dana ponía videos, señalaba detalles, daba instrucciones. Irma no hacía nada de lo que le pedían. Dana anotaba todo en la tablet con la misma ecuanimidad con que hubiera anotado cualquier otra cosa.

Lo que Irma notó, y trató de no dejar ver que notaba. PeroDana era extraordinariamente buena observando.

No miraba de la manera general en que la mayoría de la gente mira. Miraba partes específicas: la posición de los pies de Irma mientras estaba parada, la forma en que sujetaba el borde de la cama cuando se sentaba, el ángulo de su cabeza cuando respondía. Cosas que Irma no había pensado nunca sobre sí misma.

Y las anotaba todas.

Lo cual significaba que el entrenamiento no dependía de que Irma cooperara activamente. Dependía de que Irma existiera en el mismo espacio que Dana, que era algo que no podía evitar.

Eso la inquietó más que cualquier amenaza directa.

En la segunda hora, Dana cambió de método.

Apagó la tablet y el video. Se sentó en la silla junto a la ventana con las piernas cruzadas y miró a Irma en silencio durante un momento.

—Cuéntame algo de ti —dijo.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no voy a ayudarlos a hacer esto.

—Ya lo están haciendo bien —dijo Dana, sin vanidad, solo como un dato—. Lo que te pregunto no es para el entrenamiento. Es para entender con quién estoy trabajando.

—No estás trabajando con nadie. Estás trabajando sobre mí.

Dana consideró eso.

—Es una distinción válida —dijo—. ¿Cómo preferís que lo llame?

Irma no respondió.

—¿Cuántos años tienes? —preguntó Dana.

Silencio.

—¿Hace cuánto estás con tu novio?

Silencio.

—¿Qué música te gusta?

—¿Por qué importa eso?

—Porque Mayra creció escuchando pop latinoamericano de los noventa y tú probablemente no. Eso se nota en cómo el cuerpo reacciona a ciertos ritmos. Es una diferencia que hay que trabajar.

Irma la miró.

—Dos años —dijo.

—¿Qué?

—Con mi novio. Dos años.

Dana no mostró satisfacción. Solo anotó.

—¿Y la música?

—Rock. Algo de electrónica. Nada de pop.

—Eso explica los pies.

—¿Qué tienen mis pies?

—Mayra marca el dos y el cuatro. Tu marcas el uno y el tres. Es un patrón de escucha distinto, completamente inconsciente. La mayoría de la gente no lo sabe de sí misma.

Irma miró sus pies.

—¿Lo vas a poder cambiar? —preguntó Dana.

Era la primera vez que preguntaba en lugar de instruir. Irma no supo si era una técnica o una pregunta genuina.

—No voy a cambiarlo —dijo—. Porque no voy a hacer esto.

Dana asintió y anotó.

***

A las tres de la tarde Dana hizo un descanso.

Salió de la habitación, dejando la puerta entreabierta por primera vez, y fue al baño del pasillo que Irma podía ver desde la cama. La puerta de la habitación estaba abierta. El pasillo era visible: blanco, con una luz de techo, dos puertas cerradas a los lados y una al fondo que Irma no podía ver bien desde el ángulo de la cama.




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