La Sustituta

CAPÍTULO 10 — LA OTRA

Fue Dana quien lo decidió.

No Rodrigo, no los productores. Dana.

Llegó esa mañana sin el bolso del trípode, sin la tablet, sin ninguno de los elementos habituales del entrenamiento. Solo ella, con las manos vacías y una expresión diferente a la de los días anteriores. No más neutra ni menos neutra: simplemente diferente, como quien viene a hacer algo que sabe que no puede hacerse dos veces.

Cerró la puerta. Se quedó parada junto a ella.

—Hoy no trabajamos —dijo.

Irma la miró desde la cama.

—Hoy te voy a mostrar algo.

—¿Qué cosa?

Dana fue hasta el baño. Irma escuchó un ruido breve, metálico, el sonido de algo siendo desatornillado o descolgado. Dana volvió al cuarto cargando un espejo rectangular de unos sesenta centímetros, el que había estado guardado quién sabe dónde desde el primer día.

Lo apoyó contra la pared del frente, inclinado hacia arriba, y se apartó.

Se quedó parada a un lado, en silencio, sin mirar a Irma sino al piso.

—Las cicatrices cerraron bastante —dijo—. No del todo, pero lo suficiente. Tienes que verlo antes de que sigamos.

Irma no se movió.

El espejo estaba a tres metros. Desde la cama no alcanzaba a ver nada en él excepto el reflejo del techo y la parte superior de la ventana con la cortina cerrada.

—¿Por qué ahora? —preguntó.

—Porque si seguís sin verlo, en algún momento lo vas a ver de golpe. En una ventana, en un vidrio, en el teléfono de alguien. Y es peor así.

—¿Lo viste vos antes de mostrármelo?

—Sí.

—¿Y?

Dana tardó un segundo.

—Es un buen trabajo —dijo.

No lo dijo con orgullo ni con crueldad. Lo dijo como se dice que el tiempo va a estar bien o que el tren llegó a horario: un dato que existe independientemente de cómo uno se sienta al respecto.

Irma miró el espejo apoyado contra la pared.

Pensó: ya sé lo que voy a ver. Me lo dijeron. La cara de Mayra. Ya lo sé, ya lo procesé, ya le di vueltas nueve días seguidos. No puede sorprenderme.

Se levantó.

Cruzó los tres metros en cinco pasos.

Se detuvo frente al espejo.

Y entendió, en el momento exacto en que su cerebro procesó lo que sus ojos estaban viendo, que no había manera de prepararse para esto.

Porque sabía que iba a ver la cara de Mayra. Lo que no había calculado era que iba a ver esa cara moverse cuando ella se movía. Que cuando parpadeó, la cara parpadeó. Que cuando abrió la boca levemente, la boca en el espejo se abrió. Que todos los gestos involuntarios, los micro-movimientos que el cuerpo hace sin consultar, todos iban a aparecer en esa cara que no era la suya.

Era como ver a alguien hacerse pasar por ella en lugar de ella haciéndose pasar por alguien.

La cara era perfecta. Eso era lo peor: no había costuras visibles, no había una diferencia obvia que le permitiera decir “acá está el error, acá está la prueba de que esto no es real”. Las cicatrices eran líneas finas, casi invisibles, que en unas semanas más desaparecerían del todo.

Mayra Solís la miraba desde el espejo con sus propios ojos.

Irma levantó la mano derecha.

La cara en el espejo levantó la mano derecha.

La bajó.

La cara la bajó.

Inclinó la cabeza hacia la izquierda.

La cara inclinó la cabeza hacia la izquierda.

Había algo hipnótico y terrible en eso, en la obediencia perfecta del reflejo, en cómo el espejo devolvía exactamente lo que ella ponía, pero en el envoltorio equivocado. Como hablar y que la voz que salga sea la de otra persona.

Se tocó la mejilla.

La piel era suave. Sin irregularidades, sin los relieves pequeños que uno conoce de su propia cara de tanto tocarla a oscuras, al despertarse, en esos gestos automáticos de reconocimiento que el cuerpo hace sin que uno lo sepa. Esta piel era suave de una manera extraña, la suavidad de algo reciente, de algo que no tiene historia todavía.

—¿Irma?

La voz de Dana, detrás.

Irma no respondió. No podía apartar la vista del espejo, aunque quería. Aunque había una parte de ella que gritaba que lo apartara, que mirara el piso o la pared o cualquier otra cosa, que no siguiera mirando esa cara que se movía con sus movimientos y no era ella.

No podía.

***

Lo que sintió Irma no era algo que tuviera un nombre simple.

No era solo miedo, aunque había miedo. No era solo furia, aunque había furia también, y era una furia más fría y más profunda que la de los primeros días, la furia de alguien que empieza a entender el tamaño real de lo que le hicieron.

Era algo más parecido al vértigo.

Irma Vargas había pasado veintitrés años construyendo una relación con su propia cara. No de vanidad: de familiaridad. La cara en el espejo por la mañana, la cara que Martín miraba cuando hablaban, la cara que su madre tocaba cuando era chica y que todavía tocaba a veces cuando se veían, con esa costumbre de los padres de poner la mano en la mejilla de sus hijos sin importar la edad.

Esa cara había desaparecido.

No estaba dañada ni escondida. Había sido reemplazada. Con precisión quirúrgica, con horas de trabajo, con la misma indiferencia con que se cambia una pieza de una máquina.

Y la cara que ocupaba ese lugar ahora era reconocible para millones de personas que no la conocían a ella y completamente irreconocible para las pocas personas que sí.

¿La reconocería Martín?

La pregunta llegó sola y se instaló con un peso que los demás pensamientos no tenían.

¿La reconocería su madre?

¿Alguien que la quisiera, que la conociera de verdad, que supiera cómo era ella más allá de la cara, podría mirarla y saber que era ella?

O, la pregunta más oscura: ¿ella misma iba a saber que era ella?

Se apartó del espejo.

No de golpe sino despacio, como quien se aparta de algo que ejerce atracción, aunque no debería. Fue hasta la cama y se sentó en el borde con las manos en el regazo y la vista en el piso.




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