El hospital tenía un ritmo propio.
Mayra lo había aprendido sin querer, de la manera en que se aprenden las cosas cuando no hay nada más que hacer: por acumulación de detalles repetidos. Los turnos de enfermería cambiaban a las siete de la mañana y a las siete de la tarde. La limpieza entraba entre las nueve y las diez, siempre dos personas, siempre con el mismo carro de ruedas chirriantes que se anunciaba desde el pasillo. El médico de guardia pasaba a las once. Las comidas llegaban a las ocho, al mediodía y a las siete de la tarde.
Entre esos momentos había franjas de silencio donde nadie entraba y nadie salía y la habitación era suya completamente, con el monitor verde parpadeando y la persiana filtrand esa luz que no terminaba de ser ni interior ni exterior.
Mayra usaba esas franjas para pensar.
No tenía otra cosa.
Habían pasado doce días desde el accidente.
Lo sabía por las comidas, igual que Irma, aunque sin saberlo, el mismo método de conteo inconsciente que usan las personas cuando el tiempo les es quitado y tienen que reconstruirlo con lo que queda.
La cara seguía vendada. Las vendas cambiaban cada dos días, en un procedimiento silencioso y eficiente donde el médico o la enfermera trabajaban sin espejos a la vista y con respuestas cortas a sus preguntas: “evoluciona bien”, “el proceso lleva tiempo”, “hay que tener paciencia”.
Paciencia.
La palabra más inútil del idioma cuando alguien la usa para referirse a algo que te está pasando a ti.
Mayra no era de tener paciencia. Había llegado donde estaba exactamente, por lo contrario: por moverse antes de que el momento fuera perfecto, por empujar cuando otros esperaban, por entender que en la industria del espectáculo la paciencia era otra palabra para quedarse atrás. Ahora estaba en una cama de hospital con la cara vendada, sin teléfono, sin información y con Claudio del otro lado diciéndole que todo estaba bien de una manera que llevaba doce días sin convencerla.
Necesitaba saber qué estaba pasando afuera.
***
La enfermera joven se llamaba Romina.
Mayra lo había descubierto el quinto día, cuando la chica cometió el error de usar el nombre en una conversación con una colega justo afuera de la puerta entreabierta. Desde entonces Mayra la había observado con atención: Romina era la más joven del turno de la mañana, la que todavía tenía el entusiasmo suficiente como para responder preguntas antes de recordar que tenía instrucciones de no hacerlo, la que una vez se había quedado tres minutos más de lo necesario revisando el monitor porque Mayra le había preguntado de dónde era y la conversación había tomado impulso solo.
Era la más humana del grupo.
Y lo humano siempre tenía un punto de entrada.
***
Esa mañana, cuando Romina entró con la medicación, Mayra esperó a que terminara el procedimiento de rutina y dijera “¿necesita algo más?” con la voz de quien espera que la respuesta sea no.
—Sí —dijo Mayra.
Romina la miró.
—¿Hace cuánto trabajas acá? —preguntó Mayra.
—Siete meses.
—¿Y antes?
—Hacía las prácticas en el “Italiano”.
—¿Por qué cambiaste?
Romina parpadeó. Era una pregunta que nadie le hacía en el trabajo.
—Acá pagan mejor —dijo, con una honestidad espontánea que hizo que Mayra calibrara la siguiente parte con más cuidado.
—Tienen razón en pagarte bien —dijo Mayra—. Se nota que eres buena en lo que haces.
Romina no dijo nada, pero su postura cambió levemente: los hombros un centímetro menos tensos.
—Romina. —Mayra puso en la voz exactamente el grado justo de vulnerabilidad, el que había aprendido a usar en las entrevistas cuando quería que el periodista sintiera que le estaba contando algo que no le contaba a cualquiera—. Necesito pedirte algo. Y sé que probablemente tienes instrucciones de no hacerlo.
—¿Qué cosa?
—Tu teléfono. Diez minutos. Solo para ver qué está pasando afuera.
—No puedo hacer eso.
—Lo sé. Por eso te lo pido a ti y no a otro.
Romina miró la puerta.
—Si alguien me ve…
—Nadie te va a ver. Entraste hace tres minutos y el próximo turno de revisión es en cuarenta. —Hizo una pausa—. Por favor.
La última palabra la dijo de una manera que no era ruego sino reconocimiento: “sé que te estoy pidiendo algo que te cuesta, y lo reconozco”.
Romina estuvo en silencio durante cinco segundos.
Después sacó el teléfono del bolsillo del uniforme y lo puso en la mesita de noche sin decir nada. Fue hasta la puerta, miró el pasillo, y lo dejó entreabierto de una manera que le permitía ver si alguien se acercaba.
Mayra agarró el teléfono.
Sus manos se movieron solas.
Abrió el buscador. Escribió su nombre.
Los resultados aparecieron en décimas de segundo y los leyó con la velocidad de quien está acostumbrada a hacerlo: titulares, fechas, fuentes.
“Mayra Solís anuncia pausa en su carrera por razones personales.”
“El equipo de Mayra confirma: el tour se reprograma para el segundo semestre.”
“¿Dónde está Mayra? Fans preocupados por el silencio de la estrella.”
“Mayra Solís rompe el silencio: "Necesito este tiempo para mí".”
Se detuvo en ese último.
Lo abrió.
Era una nota de prensa. Dos párrafos. Firmada por "el equipo de comunicación de Mayra Solís". Las palabras eran correctas, el tono era el correcto, la clase de declaración que una estrella hace cuando necesita desaparecer un tiempo sin dar explicaciones reales.
Ella no había escrito eso.
Y no había aprobado eso.
Claudio lo había publicado con su nombre sin consultarle.
Siguió leyendo. Los fans especulaban: enfermedad, crisis personal, problemas en la relación con su equipo. Nadie mencionaba accidente. El silencio sobre el accidente era perfecto, lo cual significaba que el dinero que Claudio había pagado al personal del hospital había funcionado exactamente como estaba previsto.