La Sustituta

CAPÍTULO 13 — RASTREAR

Pablo Suárez vivía en un departamento del cuarto piso de un edificio sin ascensor que olía permanentemente a comida frita y tenía la calefacción regulada por un encargado que consideraba que dieciocho grados era temperatura suficiente para cualquier ser humano razonablemente vestido.

Martín había estado ahí suficientes veces como para conocer el código del portero eléctrico, el escalón roto del segundo piso que había que saltar, y el hecho de que Pablo nunca atendía el timbre de la puerta antes del tercer toque porque siempre estaba con auriculares.

Tocó tres veces.

Pablo abrió con los auriculares colgando del cuello y una expresión de quien fue interrumpido en algo importante pero no está seguro de cuánto le molesta.

—Necesito un favor —dijo Martín.

Pablo lo miró.

—Entra —dijo.

***

El departamento era lo que uno esperaría de alguien que trabajaba en tecnología y vivía solo: funcional, sin decoración intencional, con dos monitores sobre el escritorio principal y una acumulación de cables que hubiera alarmado a cualquier persona con tendencias ordenadas. Había una planta en el alféizar de la ventana que sobrevivía por razones que desafiaban la lógica botánica dado el nivel de atención que recibía.

Pablo se sentó frente a los monitores. Martín se sentó en la silla de al lado.

Le explicó la situación en orden: Irma no había vuelto a casa, los mensajes no eran de ella, la policía no iba a hacer nada por al menos cuarenta y ocho horas más, y él necesitaba saber de dónde habían sido enviados esos mensajes.

Pablo escuchó sin interrumpir, con la atención concentrada de quien procesa información y ya está pensando en la respuesta mientras el otro habla.

—¿Tienes acceso a la cuenta de mensajes de ella? —preguntó cuándo Martín terminó.

—Sí. Uso el mismo teléfono hace dos años, ella me dio acceso a la nube cuando perdió el suyo una vez.

—¿Ese acceso sigue activo?

—Creo que sí.

—Dame el usuario y la contraseña.

Martín los escribió en un papel. Pablo lo miró, lo cargó en una ventana del navegador con la velocidad de alguien que sabe exactamente adónde ir, y en menos de un minuto tenía abierto el historial de mensajes de Irma desde la plataforma de sincronización.

—Los metadatos del mensaje —dijo Pablo, casi para sí mismo, desplazándose por la pantalla—. El contenido no nos dice mucho, pero el envío sí.

—¿Qué puedes ver?

—Depende de cuánto guardó el sistema. —Tecleó algo—. La plataforma registra el ID del dispositivo y a veces la ubicación aproximada si el GPS estaba activo. No siempre. Pero a veces.

Martín miró la pantalla sin entender la mitad de lo que veía.

—¿Y el mensaje de ruptura?

—Ese es el que me interesa. —Pablo lo encontró, abrió los metadatos en una ventana separada—. Mira acá. El dispositivo es el mismo, o sea el teléfono de ella. Pero la ubicación...

Se detuvo.

Tecleó algo más.

—¿Qué? —dijo Martín.

—La ubicación aproximada del envío está a dieciséis kilómetros de donde ella vive.

Martín se quedó quieto.

—¿Dieciséis kilómetros?

—Aproximado. La precisión de esto no es de GPS fino, es de torre de celular. Puede ser un radio de dos o tres kilómetros sobre ese punto.

—¿Puedes ubicar el punto en un mapa?

Pablo ya estaba haciéndolo.

***

El mapa apareció en el monitor de la derecha.

Era una zona de la periferia de la ciudad: entre el límite urbano y el inicio de lo que en el mapa se veía como área semi-rural, con la trama densa de calles del barrio diluyéndose hacia rutas y descampados y algunas manchas verdes sin nombre.

Pablo usó el cursor para marcar un círculo aproximado sobre el área de dos kilómetros alrededor del punto de origen.

Dentro del círculo había: dos barrios residenciales de casas, una zona industrial con depósitos, tres o cuatro construcciones aisladas que el mapa no identificaba con nombre, y lo que parecía ser un acceso a una ruta provincial.

—No es mucho —dijo Pablo.

—Es algo —dijo Martín.

—Puede ser cualquier cosa dentro de ese radio. Un auto estacionado, un edificio de departamentos, una empresa. No te puedo decir más que esto con lo que tengo.

—¿Hay algo en esa zona que llame la atención? ¿Algo que no encaje con el barrio?

Pablo amplió el mapa. Cambió la vista a satelital.

Señaló con el cursor una construcción separada de las demás, rodeada de vegetación, con lo que desde arriba parecía ser un jardín cerrado. No tenía cartel visible. El acceso era por un camino que salía de la calle principal y entraba entre árboles.

—Esto —dijo Pablo—. No sé qué es. No está nombrado en el mapa. Pero tiene estructura de edificio privado grande. Puede ser una casa de campo, puede ser una empresa, puede ser…

—Una clínica —dijo Martín.

Pablo lo miró.

—¿Por qué una clínica?

Martín tardó un segundo.

—Irma no desapareció sola —dijo—. Alguien la tiene. Y si alguien la tiene, necesita un lugar con infraestructura. No un galpón, no un departamento. Algo con capacidad para mantener a una persona, con personal, con recursos.

Pablo miró el edificio en la imagen satelital.

—Puede ser —dijo—. O puede ser una empresa de logística.

—¿Puedes encontrar quién es el dueño?

—Del predio, sí, si está en el registro de propiedades. Dame un rato.

Martín se recostó en la silla y miró el mapa mientras Pablo trabajaba.

El círculo en la pantalla era grande. Dos kilómetros de radio eran muchos lugares posibles. Pero el edificio aislado, el jardín cerrado, el acceso por un camino entre árboles: tenía una forma que Martín no sabía describir con precisión pero que le generaba algo en el pecho que no era certeza sino su versión menos verificable.

***

Pablo tardó veinte minutos.

El predio figuraba a nombre de una empresa: Servicios Integrales del Sur S.A. Constituida hacía ocho años. Domicilio fiscal en el microcentro. Sin presencia web visible, sin redes sociales, sin ningún tipo de información pública sobre a qué se dedicaba.




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