La Sustituta

CAPÍTULO 14 — LAS ANTERIORES

Tres semanas después de haber despertado en la clínica, Irma podía imitar la risa de Mayra.

No perfectamente. Había algo en la risa de Mayra que era difícil de diseccionar porque no estaba en la boca sino en todo lo que la rodeaba: la manera en que los hombros se relajaban justo antes, el ángulo de la cabeza, la duración exacta antes de que volviera la compostura. Dana lo había desmenuzado en componentes técnicos con la misma metodología con que había desmenuzado todo lo demás, y Irma había aprendido cada componente por separado y después los había ensamblado.

El resultado era convincente.

Eso era lo que más le molestaba: que era convincente.

Había algo traicionero en la velocidad con que su cuerpo aprendía. Como si la inteligencia física no tuviera los mismos principios que el resto de ella, como si los músculos y los gestos no se negaran, aunque la cabeza dijera que sí. Dana lo llamaba “memoria corporal” y lo explicaba sin juicio como un fenómeno neutral, pero Irma lo vivía como una pequeña traición cotidiana: cada vez que algo salía bien, cada vez que Dana anotaba sin decir nada y ese silencio significaba “correcto”, algo en Irma se tensaba.

Estaba aprendiendo a ser otra persona.

Y era buena en eso.

***

Esa mañana Dana llegó con un video diferente.

No era de un recital ni de una entrevista. Era grabación de una cámara de seguridad, en blanco y negro, tomada desde arriba: Mayra caminando por un pasillo, entrando a una sala, saludando a alguien. Movimientos cotidianos, sin escenario, sin la conciencia del público.

—Esto es lo más difícil —dijo Dana, sentada con la tablet en la rodilla—. Cualquiera puede aprender a moverse en un escenario. Es coreografía, tiene estructura. Pero esto —señaló la pantalla— es ella cuando cree que nadie la mira. Ahí está la persona, no el personaje.

—¿Hay diferencia? —dijo Irma.

Dana la miró.

—¿Entre Mayra persona y Mayra personaje?

—Sí.

—Siempre hay diferencia. En todos.

—¿La conoces? ¿A Mayra real?

Dana tardó un segundo en responder.

—Trabajé con ella dos años.

—¿Y?

—Y aprendí a conocer su personaje muy bien.

Era una respuesta que respondía y no respondía. Irma la dejó pasar porque había algo más que quería preguntar y necesitaba el momento correcto.

Lo dejó para después de la primera hora de trabajo.

***

Practicaron el caminar.

Era, como Dana había dicho, lo más difícil. No porque fuera técnicamente complejo sino porque era el movimiento más íntimo: la manera en que alguien camina no se aprende, se forma, se construye a lo largo de años de peso corporal, hábito e historia. Cambiarla era ir contra algo muy profundo.

Irma lo hizo igual.

Estudió el video, estudió la distribución del peso, la longitud del paso, el movimiento de los brazos que en Mayra era levemente asimétrico, el derecho un poco más activo que el izquierdo, algo que Dana había identificado como consecuencia de un hábito de cargar el bolso en el hombro derecho desde adolescente.

Lo intentó.

Dana la observó sin decir nada durante varios intentos. Después dijo:

—Más peso en el talón derecho. Mayra pisa con el talón antes que los demás.

Irma ajustó.

—Mejor —dijo Dana. Y anotó.

Irma caminó el largo de la habitación tres veces más. Después se detuvo.

—Dana.

—¿Sí?

—¿Cuánto tiempo hace que hacés esto?

Dana levantó la vista de la tablet.

—¿Esto qué?

—Entrenar a alguien para ser otra persona.

Una pausa.

—Es mi trabajo —dijo Dana.

—No es lo que pregunté.

Dana dejó la tablet sobre la mesa. Era un gesto pequeño, pero era la primera vez que lo hacía: siempre tenía la tablet en la mano o en la rodilla, siempre con el lápiz listo, siempre registrando. Dejarla era una señal, aunque Irma no sabía bien de qué.

—Varios años —dijo Dana.

—¿Con otras personas?

—Sí.

—¿Muchas?

Dana miró la ventana con las cortinas cerradas.

—Suficientes —dijo.

Irma esperó.

Había aprendido en estas semanas que Dana respondía mejor al silencio que a las preguntas directas. Las preguntas directas activaban algo defensivo en ella, una respuesta automática de cierre. El silencio, en cambio, a veces la hacía continuar sola, como si el peso de no decir nada se volviera más incómodo que decir algo.

El silencio duró casi un minuto.

—Las anteriores también se resistieron al principio —dijo Dana finalmente.

Era casi textualmente lo mismo que había dicho dos semanas atrás, en aquella conversación en la que Irma había preguntado y Dana había esquivado. Pero esta vez lo dijo de otra manera: no como advertencia sino como algo que le pesaba en un lugar que Irma no había visto hasta ahora.

—¿Cuántas anteriores? —dijo Irma.

Dana no respondió.

—Dana. ¿Cuántas?

—Eso no…

—¿Qué les pasó?

El silencio de esta vez era diferente a todos los anteriores. No era el silencio de alguien que elige las palabras ni el de alguien que espera que la pregunta se evapore. Era el silencio de alguien que sabe la respuesta y sabe que darla cambia algo.

—¿Siguen vivas? —dijo Irma.

Dana recogió la tablet de la mesa. La agarró con las dos manos aunque no la abrió.

—Seguimos con el trabajo —dijo.

—No —dijo Irma—. Primero me respondes eso.

—Irma.

—¿Siguen vivas?

Dana la miró.

Y en ese momento, en la fracción de segundo antes de que Dana apartara la vista y dijera “retomemos”, Irma vio algo en su cara que no había visto antes.

No era culpa exactamente. Era algo más complicado que la culpa: era la expresión de alguien que hizo una elección hace tiempo y vive con las consecuencias de esa elección de una manera que no es arrepentimiento, pero tampoco es paz.

—Retomemos —dijo Dana.

Y abrió la tablet.

Irma no presionó más.

No porque hubiera aceptado el cierre sino porque entendía que presionar ahora no iba a dar más resultado. Dana había mostrado una grieta, pequeña pero real, y las grietas no se amplían a la fuerza: se amplían con tiempo y temperatura.




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