El viernes Teresa llegó a las nueve y cuarto.
Irma la oyó antes de verla: el carro de limpieza con las ruedas sobre el porcelanato del pasillo, el sonido específico de ese carro que era diferente al de otros carros porque una de las ruedas traseras tenía un rodamiento flojo que producía un chirrido irregular, como un código en un idioma que nadie había diseñado pero que Irma había aprendido a leer en estas semanas de escuchar el pasillo.
El chirrido se detuvo frente a su puerta.
La llave giró desde afuera.
Teresa entró empujando el carro con la cabeza baja y esa manera de moverse de quien está acostumbrada a ser invisible en los espacios que limpia. Era una mujer de unos cuarenta y cinco años, contextura mediana, el pelo recogido con una vincha azul que era siempre la misma. Nunca hablaba, o casi nunca: respondía si le hablaban, pero no iniciaba, y lo hacía con la brevedad de alguien que entendió hace tiempo que en ciertos trabajos lo mejor es ocupar el menor espacio posible.
Irma había calculado todo esto en las dos semanas anteriores.
No era una aliada. Era una persona que había hecho algo una vez por una combinación de sorpresa e impulso humano, y que probablemente había pensado mucho en eso desde entonces y probablemente no quería repetirlo.
Lo cual significaba que Irma no podía pedirle lo mismo de la misma manera.
Teresa empezó por el baño, como siempre.
Irma esperó sentada en la cama, con las manos en el regazo, con el papel doblado en el elástico de la ropa interior donde lo había guardado el miércoles a la noche.
El papel era una hoja arrancada del forro de la cómoda, donde alguien había pegado papel de contacto floreado que en el borde tenía un margen blanco de dos centímetros. Irma lo había despegado con cuidado, había cortado ese margen, y había escrito en él con el lápiz de ojos que estaba entre las cosas de baño que le habían dado porque formaban parte del kit de transformación en Mayra.
Había escrito en letra pequeña y clara, calculando cada palabra para que entrara en el espacio disponible:
“Soy Irma Vargas. Estoy retenida. La empresa es Servicios Integrales Sur, zona sur de la ciudad, camino entre eucaliptos. Dile a Martín Salas. Por favor.”
Veintitrés palabras.
Las había contado varias veces.
Teresa salió del baño y empezó con el piso de la habitación.
Irma la dejó trabajar durante cinco minutos, hasta que estuvo en el lado de la cama más alejado de la cámara del techo. No era un ángulo ciego: la cámara cubría la mayor parte de la habitación. Pero era el ángulo donde el cuerpo de Teresa, de pie con el trapeador, podía interrumpir parcialmente la línea de visión entre la cámara y la mano de Irma.
Era imperfecto. Era lo que había.
—Teresa —dijo Irma, en voz baja.
Teresa no levantó la vista, pero el movimiento del trapeador cambió levemente, un ritmo diferente que significaba que estaba escuchando.
—La vez anterior —dijo Irma—. El mensaje que te pasé.
Sin respuesta. El trapeador seguía moviéndose.
—¿Lo mandaste?
Una pausa muy breve en el movimiento.
—Sí —dijo Teresa, sin levantar la vista.
—Gracias. —Irma esperó un segundo—. Necesito que mandes otro.
El trapeador se detuvo.
Teresa siguió mirando el piso.
—No puedo —dijo.
—Lo sé. —Irma mantuvo la voz baja, pareja, sin urgencia en la superficie, aunque todo abajo era urgencia—. Sé que te pedí algo que no tenías que hacer y lo hiciste igual. No te voy a pedir que te arriesgues más de lo que ya te arriesgaste.
—Entonces no me pidas nada.
—Este es el último. Solo este y no más.
Teresa miró hacia la puerta con el costado del ojo, sin mover la cabeza.
—Si me ven…
—Nadie te va a ver. Es un papel pequeño. Entra en el bolsillo del delantal sin que se note.
—Ya me dijeron que no hable con usted más de lo necesario.
—¿Quién te lo dijo?
—La enfermera de turno.
Entonces ya sabían que el primer mensaje había pasado por Teresa, o al menos lo sospechaban. Lo habían contenido con una instrucción en lugar de confrontarla directamente, lo cual significaba que no tenían certeza, solo precaución.
Irma recalculó.
—Teresa —dijo—. Yo sé que tienes trabajo acá y que no quieres perderlo. No te voy a pedir que hagas nada que ponga eso en riesgo.
Teresa no respondió.
—Pero necesito que entiendas algo. —Irma hizo una pausa—. Me trajeron acá sin mi consentimiento. Me operaron sin pedirme permiso. Llevo semanas encerrada sin poder hablar con nadie. Eso no es normal. Eso no es legal. Y la única persona que puede ayudarme a salir de acá es alguien de afuera que sepa dónde estoy.
El trapeador seguía quieto.
—Solo el nombre de la empresa —dijo Irma—. Y una dirección aproximada. Nada más.
Silencio.
Teresa retomó el trapeador. Lo movió hacia el costado opuesto de la cama, alejándose.
Irma pensó que había perdido.
Entonces Teresa se detuvo junto a la mesita de noche, de espaldas a la cámara, con el cuerpo interpuesto entre la cámara y la mano de Irma.
Y no dijo nada.
Solo se quedó ahí, de espaldas, limpiando el mismo pedazo de piso por segunda vez.
Irma entendió.
Sacó el papel del elástico de la ropa interior con un movimiento que llevaba tres días ensayando mentalmente: discreto, sin gestos innecesarios, el papel pasando de su mano a la mano de Teresa en menos de dos segundos.
Teresa lo recibió sin mirar, sin cambiar el movimiento del trapeador, y lo hizo desaparecer en el bolsillo del delantal con la practicidad de quien está acostumbrada a guardar cosas mientras trabaja.
Siguió limpiando.
Irma volvió a la posición anterior, manos en el regazo, vista al frente.
La cámara en el techo seguía parpadeando con su luz roja tenue.
Teresa salió doce minutos después.
El chirrido del carro se alejó por el pasillo.
Irma esperó hasta que no lo oyó más y después exhaló despacio, con la clase de alivio que se siente cuando se termina de hacer algo que no podía hacerse dos veces.