El descuido duró once minutos.
Irma lo supo después, cuando lo reconstruyó hacia atrás desde el momento en que la puerta se cerró hasta el momento en que se abrió la oportunidad. Once minutos era poco tiempo para algunas cosas y demasiado para otras. En este caso era exactamente suficiente.
Había empezado con una falla en el sistema de calefacción.
A las dos de la tarde del martes, un ruido en las cañerías del pasillo había convocado al técnico de mantenimiento, que llegó con una caja de herramientas y una actitud de quien ya sabe que el problema es más complicado de lo que parece. La enfermera del turno había salido a supervisar porque las cañerías del pasillo estaban conectadas al sistema de la habitación de Irma y si había que cortar el suministro era necesario avisarle.
Eso dejó el puesto de enfermería vacío.
El puesto de enfermería estaba a seis metros de la habitación de Irma, en el cruce del pasillo principal con el corredor lateral. Era un espacio pequeño con un mostrador, dos sillas, un monitor de signos vitales que replicaba los datos de las habitaciones del ala, y una computadora de escritorio que siempre estaba encendida.
La puerta de la habitación de Irma ese día estaba entreabierta.
Dana había terminado la sesión de la mañana veinte minutos antes y había salido sin cerrar del todo, un descuido que Irma había notado y archivado sin saber todavía si iba a servir para algo.
Sirvió para esto.
Irma esperó tres minutos después de que los pasos de la enfermera se alejaran por el pasillo.
Escuchó: el técnico de mantenimiento hablando en voz baja, la enfermera respondiendo, el sonido de herramientas. Nada más.
Se levantó.
Fue hasta la puerta y la abrió lo suficiente para mirar el pasillo.
Vacío hacia la izquierda. Hacia la derecha, a unos quince metros, el técnico y la enfermera de espaldas, inclinados sobre un panel en la pared.
El puesto de enfermería estaba entre Irma y ellos, pero a la derecha del puesto, no entre la puerta de Irma y el puesto. Lo cual significaba que si Irma salía y giraba a la izquierda en lugar de a la derecha, el puesto quedaba visible pero ellos no la verían directamente a menos que se dieran vuelta.
Calculó el ángulo.
Era un riesgo.
Era también la única computadora a la que había tenido proximidad en cuatro semanas.
Salió.
Cruzó el pasillo en seis pasos, sin correr, con la misma cadencia que había practicado en la habitación: ni demasiado rápido, que llama la atención, ni demasiado lento, que también la llama.
Se sentó frente a la computadora del puesto de enfermería.
La pantalla estaba desbloqueada. Eso también era el descuido: la enfermera había salido sin bloquear la sesión, probablemente porque esperaba volver en dos minutos y el problema de las cañerías la había retenido más.
La pantalla mostraba el software de monitoreo de pacientes. Cuatro ventanas con datos de signos vitales, incluyendo los propios de Irma, etiquetados con un código alfanumérico en lugar de nombre.
Irma no tocó eso.
Abrió el explorador de archivos.
La estructura de carpetas era estándar, del tipo que usa cualquier empresa que organizó sus archivos hace años y no los ha revisado desde entonces: carpetas por año, subcarpetas por mes, dentro de cada mes archivos con nombres de códigos. Nada que desde afuera dijera claramente qué contenía.
Irma tenía once minutos. Probablemente menos.
Abrió la carpeta del año en curso.
Dentro había subcarpetas con códigos de tres letras: GEN, ADM, MED, LOG, y una que se llamaba simplemente PER.
Abrió PER.
Dentro había carpetas con nombres.
Nombres de mujeres.
Contó rápido: siete carpetas, cada una con un nombre completo. Algunos tenían un segundo nivel de subcarpetas, otros eran simples con pocos archivos.
Buscó el suyo.
Estaba ahí: “Vargas, Irma”. Con fecha de inicio del mes anterior. Dentro había tres archivos: un formulario médico, un contrato que no tenía su firma sino la de Rodrigo, y un documento de texto con el título “Seguimiento proceso”.
No lo abrió. No había tiempo para leer.
Scrolleó hacia arriba en la lista de carpetas.
Los otros nombres.
Abrió la primera carpeta de la lista, que correspondía a un nombre que no reconoció: “Ferretti, Daniela”. Tenía fecha de tres años atrás. Dentro había los mismos tipos de archivos: formulario, contrato, seguimiento. Y un cuarto archivo que las otras no tenían, o que las otras tenían en una subcarpeta que Irma no alcanzaba a ver.
El cuarto archivo se llamaba “Cierre”.
Irma abrió “Cierre”.
Era un documento de una página. Membrete de la empresa en el encabezado: Servicios Integrales Sur S.A. Fecha. Un texto breve, en lenguaje administrativo, que decía algo sobre la finalización del proceso, la conformidad de todas las partes, y la transferencia de la compensación acordada.
Al pie, donde debería estar la firma de Daniela Ferretti, había una línea en blanco.
Sin firma.
Cerró el archivo.
Abrió la segunda carpeta: “Romero, Valeria”. Dos años atrás. Misma estructura. Mismo archivo de cierre al final. Misma línea en blanco donde debería estar la firma.
Tercera carpeta: “Aguilar, Mónica”. Dieciocho meses atrás. Misma estructura.
Cuarta carpeta: “Lindqvist, Sara”. Un año atrás.
Irma se detuvo en esa.
Lindqvist era un apellido inusual. Buscó en su memoria si lo había escuchado en algún lado.
No.
Abrió la carpeta.
Misma estructura, mismos archivos. Pero en el documento de seguimiento, el último registro antes del cierre decía algo que las otras no decían. Irma leyó rápido, con los ojos moviéndose sobre el texto sin detenerse en cada palabra:
“...dificultades de adaptación persistentes... resistencia activa al proceso... decisión de equipo de avanzar a protocolo alternativo... traslado confirmado...”