Gerardo Páez tardó once días en encontrar la clínica.
No era lento: era cuidadoso, que es diferente. La diferencia entre la velocidad y el cuidado era algo que Mayra había aprendido a distinguir en los años que habían trabajado juntos, cuando Gerardo manejaba su agenda y sus contactos con una eficiencia silenciosa que los productores habían terminado por encontrar amenazante. Demasiado cercano a Mayra, demasiado informado de sus movimientos, demasiado útil de una manera que no pasaba completamente por ellos.
Por eso lo habían reemplazado.
Por eso Gerardo tenía razones propias.
Llamó un martes a las tres de la tarde.
Mayra había conseguido el teléfono de Romina por segunda vez, con menos negociación que la primera porque Romina ya había cruzado esa línea y cruzarla dos veces era cualitativamente menos diferente que cruzarla una.
Esa era la lógica de los umbrales: el primero costaba todo, los siguientes costaban menos.
Gerardo habló en voz baja y con frases cortas, el estilo que había desarrollado en años de manejar información sensible en espacios donde la información sensible podía ser escuchada.
—Servicios Integrales Sur —dijo—. Predio privado sobre la ruta provincial, entre el kilómetro doce y el trece. Acceso por camino sin nombre entre eucaliptos. El predio figura a nombre de la empresa, pero el dueño real es una sociedad anónima con domicilio en el exterior. Imposible rastrear más allá de eso sin recursos que no tengo.
—¿Hay confirmación de que es ahí?
—Indirecta. El doctor Lamas tiene registros de alquiler de equipamiento quirúrgico que van a esa dirección. No es prueba, pero es consistente.
—¿Cuántas personas hay en el lugar?
—Personal estable de entre seis y ocho. Más la persona que buscan tener ahí. Seguridad básica, no militarizada. Cámaras perimetrales, acceso controlado, nada que no pueda manejarse con la información correcta.
—¿Cómo la conseguiste?
—Mejor que no lo sepas.
Era una respuesta que Mayra aceptó porque era la misma que ella hubiera dado.
—Gerardo. Necesito que consigas algo más.
—¿Qué cosa?
—Un contacto. Alguien que pueda entrar en ese lugar y resolver una situación.
El silencio que siguió fue breve y sin sorpresa.
—¿Qué tipo de situación?
—Del tipo que no deja opciones abiertas.
Otro silencio, más largo esta vez.
—Eso sale de lo que hago normalmente.
—Lo sé.
—¿Tienes presupuesto?
—Tengo la cuenta. ¿Alcanza?
Mayra le dio el saldo aproximado. Gerardo hizo el cálculo en el silencio.
—Para alguien de nivel medio, alcanza —dijo—. Para alguien de nivel alto, no. Y para este tipo de trabajo la diferencia entre nivel medio y nivel alto es la diferencia entre que funcione y que no funcione.
—¿Cuánto falta para nivel alto?
Gerardo le dijo la cifra.
—Dame tres días —dijo Mayra.
Los tres días los usó para mover el dinero.
No era simple desde una cama de hospital con acceso a un teléfono prestado durante períodos cortos. Pero Mayra había aprendido, en seis años de firmar cosas que los productores le ponían delante, que había una diferencia entre entender los contratos y entender dónde estaba el dinero real.
Tenía la cuenta personal que Víctor monitoreaba, lo supiera ella o no todavía.
Tenía una segunda cuenta que no tenía tarjeta asociada, abierta en persona hace dos años en una sucursal que no era la habitual, con un alias diferente, vinculada a un correo electrónico que usaba solo para eso.
Esta segunda cuenta Víctor no la conocía.
O si la conocía, no lo había mostrado todavía.
Era un riesgo que Mayra calculó y asumió.
Movió el dinero necesario en dos transferencias, desde la cuenta que Víctor monitoreaba hacia la segunda, en montos que individualmente no llamaban la atención pero que sumaban lo que Gerardo necesitaba.
Llamó a Gerardo el jueves.
—Chequea la cuenta que te mandé antes —dijo.
Una pausa mientras Gerardo verificaba.
—Está —dijo.
—¿Es suficiente?
—Sí.
—¿Cuánto tiempo?
—Una semana para el contacto. Después depende de la operación.
—Quiero que sea limpio. Sin ruido. Sin nada que apunte hacia acá.
—Para eso sirve contratar a alguien que sabe lo que hace.
—¿Y si la persona que buscan también está ahí?
—¿La persona que buscan?
—La chica. La que tienen ahí adentro.
Una pausa.
—¿Qué quieres que pase con ella?
Era la pregunta que Mayra había estado postergando desde que había tomado la decisión, porque la decisión en abstracto era una cosa y la decisión con detalles específicos era otra.
La chica era una desconocida.
La chica no había elegido estar en esa clínica con su cara.
La chica era también el obstáculo concreto e irremovible entre Mayra y todo lo que era suyo.
—Lo mismo —dijo Mayra.
Gerardo no respondió de inmediato.
—¿Estás segura?
—¿Por qué?
—Porque una persona es discreta. Dos personas empiezan a ser otra cosa.
—Gerardo.
—Te lo pregunto porque necesito saberlo antes de cerrar el trato. Después no se cambia.
—Sí —dijo Mayra—. Estoy segura.
Otra pausa, más corta.
—Está bien —dijo Gerardo—. Una semana.
Después de cortar, Mayra se quedó con el teléfono en la mano durante un momento antes de devolvérselo a Romina.
Pensó en la palabra “segura”.
¿Lo estaba?
La analizó con la misma temperatura fría con que había analizado todo lo demás desde que despertó en este hospital. La chica era una víctima del mismo sistema que había usado a Mayra, que usaba a Mayra, que iba a seguir usando a quien fuera necesario para proteger los números.
Eso era verdad.
También era verdad que mientras la chica existiera con su cara, Mayra no tenía posición desde donde pelear.
También era verdad que Mayra no tenía tiempo para las verdades que complicaban las verdades necesarias.