Las dos patentes que Martín había anotado en el margen del mapa le llevaron cuatro días.
Cuatro días y Pablo, que tenía accesos a bases de datos que Martín prefería no preguntar de dónde venían y que Pablo explicaba con la vaguedad satisfecha de quien sabe que la ignorancia del otro es conveniente para los dos.
El auto oscuro, el que había salido del acceso esa primera tarde, estaba registrado a nombre de una empresa de transporte ejecutivo con domicilio en el centro. Nada llamativo: el tipo de empresa que existe para mover personas que no quieren manejar ellas mismas o que necesitan discreción.
El auto blanco era diferente.
Estaba registrado a nombre de un distribuidor de insumos médicos con sede en el área industrial del sur. Pablo buscó la empresa, encontró el registro comercial, encontró los productos que distribuía: equipamiento de recuperación postoperatoria, materiales de curación, medicamentos de uso hospitalario restringido.
—No es una empresa fantasma —dijo Pablo, frente a los monitores—. Tiene actividad real, clientes reales, empleados registrados. Pero entre sus clientes hay tres clínicas privadas sin nombre público.
—¿Puedes saber cuáles?
—Tengo las direcciones de entrega. —Pablo abrió otra ventana—. Una está en el barrio norte, otra en el oeste, y la tercera...
Señaló una dirección en la pantalla.
Martín la reconoció antes de que Pablo terminara de hablar.
Era la misma zona. El mismo kilómetro de ruta provincial. No era la dirección exacta del acceso entre los eucaliptos pero estaba a menos de quinientos metros.
—Es ahí —dijo Martín.
—Es consistente con ahí —corrigió Pablo—. No es lo mismo.
—Es suficiente.
Pablo giró la silla y lo miró.
—Martín. Tienes: una ubicación aproximada del mensaje de Irma, un predio a nombre de empresa fantasma en esa ubicación, un distribuidor de insumos médicos que entrega en esa zona, y un auto que salió de ese acceso. No tenés nada que demuestre directamente que Irma está ahí.
—Irma dijo que estaba ahí.
—Irma mandó un mensaje que alguien trascribió de un papel que ella escribió a mano y que pasó por al menos dos personas antes de llegar a vos. —Hizo una pausa—. Lo cual no significa que no sea verdad. Significa que legalmente no es suficiente.
—¿Y qué es suficiente legalmente?
—Que un juez lo decida. Lo cual requiere una denuncia formal, un fiscal que la tome en serio, y tiempo.
—¿Cuánto tiempo?
Pablo hizo un gesto que podía significar cualquier cosa entre dos días y dos meses.
Martín miró el mapa.
—Mientras el sistema decide si es suficiente —dijo—, ellos tienen tiempo de moverla.
Pablo no respondió, porque no había respuesta que fuera al mismo tiempo tranquilizadora y honesta.
***
Fueron los dos esa tarde.
No había sido el plan original. El plan original era que Martín fuera solo y Pablo monitoreara desde el departamento. Pero Pablo había dicho, con la lógica directa que lo caracterizaba, que, si algo salía mal y Martín no mandaba el mensaje horario, él iba a tardar cuarenta minutos en llegar desde el departamento, y cuarenta minutos era tiempo suficiente para que muchas cosas malas terminaran de ser malas.
Mejor ir los dos y que uno se quedara en el auto.
Martín no había discutido.
Salieron a las cuatro de la tarde para llegar antes de que oscureciera del todo. Pablo llevaba el portátil en una mochila, con la conexión de datos activa, y había configurado una alerta que se activaba si el GPS del teléfono de Martín dejaba de moverse durante más de diez minutos en un radio acotado.
El Gol rojo avanzó por la ruta con el motor sonando a su ritmo habitual.
—¿Tienes algún plan? —preguntó Pablo, mirando el mapa en el teléfono.
—Observar —dijo Martín.
—Ya fuiste dos veces a ver.
—Esta vez quiero ver más cerca.
—Define más cerca.
—El acceso. Quiero ver qué hay después de los eucaliptos.
—¿Entrar al camino?
—Entrar al camino, sí.
Pablo cerró el mapa.
—Si hay cámaras en el acceso, en el momento en que el auto entra, los de adentro saben que hay alguien.
—Lo sé.
—Y si saben que hay alguien...
—Lo sé, Pablo.
Pablo volvió a abrir el mapa.
—Entonces necesitamos entrar de una manera que no active nada —dijo, con el tono de quien ya estaba pensando en la solución mientras señalaba el problema—. Sin el auto.
—¿A pie?
—Los eucaliptos empiezan en el borde de la ruta. Si estacionamos antes del acceso y entramos por entre los árboles en lugar de por el camino, las cámaras del acceso no nos ven. Depende de si tienen cámaras perimetrales también, pero eso no lo sabemos.
—¿Puedes detectar las cámaras desde afuera?
—Si tienen señal wifi activa y no está encriptada, sí. Si está encriptada, necesito más tiempo.
—¿Cuánto tiempo?
—Desde el auto, con el equipo que tengo, veinte minutos para el escaneo básico. Después depende de lo que encuentre.
Martín asintió.
Ese era un plan. Modesto, lleno de condicionales, pero era un plan.
***
Llegaron a las cinco menos cuarto.
La luz de la tarde era lateral y anaranjada, del tipo que hace largas las sombras y achata los contornos. Estacionaron trescientos metros antes del acceso, en el borde opuesto de la ruta, donde el Gol rojo quedaba parcialmente oculto por la curva del camino.
Pablo sacó el portátil.
Martín miró el acceso desde el parabrisas.
Los eucaliptos eran altos y apretados, con la corteza desprendiéndose en tiras pálidas que la luz de la tarde volvía casi luminosas. El camino entraba entre ellos y desaparecía a los veinte metros, curveando suavemente hacia la derecha.
—Empiezo el escaneo —dijo Pablo, sin levantar la vista del portátil.
Martín asintió.
Esperaron.
A los doce minutos, Pablo dijo:
—Hay cuatro redes wifi activas en el rango. Dos están encriptadas con protocolo estándar, una con protocolo más robusto, y una está abierta.