La Sustituta

CAPÍTULO 20 — VIGILADO

El sicario se llamaba, o usaba el nombre de, Keller.

No era un nombre local y nadie que lo conociera pensaba que era el suyo, pero tampoco nadie que lo conociera hacía preguntas sobre ese tipo de cosas porque la gente que trabajaba con Keller entendía, por selección natural, que había preguntas que no se hacían.

Tenía unos cuarenta años, complexión mediana, el tipo de cara que no dejaba rastro en la memoria de quien la veía: sin rasgos memorables, sin cicatrices visibles, sin nada que lo distinguiera en una foto de grupo o en la descripción que alguien daría a la policía después de haberlo visto una vez. Era una característica que había cultivado con el mismo cuidado con que otros cultivaban la visibilidad, y que en su trabajo valía más que cualquier otra habilidad técnica.

Gerardo lo había contactado un jueves.

El encargo original era claro: localizar a una persona en una clínica privada en la zona sur y resolver la situación. Dos personas, en realidad, aunque Gerardo lo había presentado como una situación con dos componentes, que era diferente en el lenguaje aunque no en los hechos.

Keller había escuchado, había hecho tres preguntas específicas sobre el perímetro de seguridad del lugar, había pedido la mitad del pago por adelantado, y había dicho que necesitaba cinco días para la preparación.

Lo que Gerardo no le había dicho, porque Gerardo no lo sabía con certeza aunque lo sospechaba, era que los productores ya lo conocían.

No directamente. A través de la misma red de contactos que conectaba todo en ese mundo donde los servicios discretos circulaban entre personas que tenían dinero suficiente para pagarlos y razones suficientes para necesitarlos. Keller había trabajado antes para personas en la órbita de Claudio y Víctor, en otro tipo de encargos, y había dejado la clase de reputación que en ese mundo funcionaba como currículum.

Cuando Víctor activó la búsqueda de un contacto operativo después de detectar los movimientos de Gerardo, el nombre de Keller apareció en menos de cuarenta y ocho horas.

Víctor lo llamó.

La conversación fue breve.

Keller ya tenía el encargo de Mayra. Víctor le ofreció el doble para reorientarlo.

Keller hizo una pausa de tres segundos, que era el tiempo que necesitaba para calcular las implicaciones.

—El encargo original no se cancela —dijo—. Se modifica.

—¿Cómo?

—Voy al lugar. Hago suficiente para que haya algo documentable. La persona del lugar no la toco. El otro componente tampoco.

—¿Y la persona que me contrató originalmente?

—No sabe nada. Sigue pensando que el encargo avanza.

—¿Puedes garantizar eso?

—Puedo garantizar que no la llamo. Lo que ella asuma es su problema.

Víctor consideró eso.

Era suficiente. Mayra iba a esperar resultados que no llegaban, o iba a recibir información parcial que Keller manejara para mantenerla en la ilusión de que el proceso avanzaba. Para cuando entendiera que algo había salido mal, el contexto ya habría cambiado suficientemente.

—Hay una variable nueva —dijo Víctor—. El novio de la chica.

—¿Qué tiene?

—Está rondando el perímetro. Tiene información suficiente para ser un problema.

—¿Quieres que lo resuelva?

—No. Quiero que lo incorpores.

Silencio.

—¿Incorporar cómo?

—Que esté en el cuadro en el momento correcto —dijo Víctor—. Lo que pase después depende de cómo se desarrolle la situación.

Keller procesó eso.

Era una instrucción ambigua, del tipo que le dejaba margen de acción sin dejarle responsabilidad clara. Ese tipo de instrucciones él las conocía bien: eran las que usaban las personas que querían resultados específicos sin querer saber los detalles de cómo se conseguían.

—¿Tienes información sobre los movimientos del novio?

—Tenemos footage. Aparece en la ruta frente al acceso. Tiene un auto rojo, modelo viejo. Va acompañado de alguien.

—¿Quién es el otro?

—Contacto tecnológico. Sin historial relevante. No es el foco.

—¿El novio tiene experiencia en este tipo de situaciones?

—Ninguna —dijo Víctor—. Es un civil completo. Trabaja en logística.

Keller asintió, aunque Víctor no podía verlo.

Un civil sin experiencia que había llegado a una ubicación aproximada siguiendo rastros digitales. Motivado, inteligente dentro de su rango, pero sin entrenamiento y sin apoyo institucional real.

Era el tipo de variable que podía ser útil o problemática dependiendo exactamente de cuándo aparecía y en qué condiciones.

—Necesito acceso al footage de la cámara de los eucaliptos —dijo Keller.

—Te lo mando en una hora.

—Y necesito saber si el novio va a la policía.

—Lo estamos monitoreando.

—Si va a la policía, todo cambia.

—Lo sé. Por eso te lo digo.

***

Keller recibió el footage esa tarde.

Lo vio dos veces, con la atención específica con que miraba cualquier material operativo: no el contenido narrativo sino los detalles técnicos. El ángulo de aproximación del hombre. El tiempo que había permanecido en los árboles. La manera en que había salido: sin apuro, sin mirar hacia atrás, con la calma de alguien que había obtenido lo que buscaba.

Ese último detalle era el más informativo.

Un hombre que sale sin mirar hacia atrás es un hombre que cree que logró algo. Un hombre que cree que logró algo va a actuar sobre ese algo. Lo que significa que el tiempo entre ese momento y la acción siguiente era predecible: no demasiado largo, no demasiado corto.

Veinticuatro horas, calculó Keller. Cuarenta y ocho como máximo.

El novio iba a moverse en ese rango.

***

Esa noche Keller condujo hasta la zona sur.

No al acceso de la clínica: a la ruta provincial, al punto donde el Gol rojo había estado estacionado las últimas veces. Pasó de largo una vez para calibrar el ángulo y la visibilidad desde distintos puntos. Identificó dos lugares donde un auto podía estacionarse sin ser visible desde la ruta ni desde el acceso.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.