El lunes de la semana que Dana había mencionado, Irma se despertó antes de que llegara el turno de la mañana y se quedó en la cama mirando el techo en la oscuridad, haciendo el inventario que hacía cada mañana desde hacía semanas.
Lo que sabía.
Lo que no sabía.
Lo que podía usar.
Lo que sabía:
Martín había recibido el mensaje. O Teresa lo había mandado y Martín lo había recibido, que no era exactamente lo mismo, pero era lo más cercano a certeza que podía tener. El nombre de la empresa estaba en ese mensaje. Si Martín era Martín, y Martín era Martín, ya había hecho algo con eso.
Las carpetas de la computadora existían. Cinco mujeres antes que ella con finales que el sistema llamaba cierre y que en cuatro de los cinco casos no habían producido una firma. Una sexta carpeta sin nombre con la foto de una chica que todavía no sabía que existía.
Dana había dicho algo sobre una puerta sin llave. Esta semana. A primera hora, durante el cambio de turno.
Keller existía, aunque Irma no sabía ese nombre ni sabía nada sobre él. Esa era una variable completamente fuera de su mapa.
Lo que no sabía:
Si Martín había actuado sobre la información. Si la policía o alguien similar estaba en movimiento. Cuánto tiempo le quedaba antes de que la evaluación final la convirtiera en la versión definitiva de Mayra y perdiera el margen que todavía tenía entre ser Irma-fingiendo-ser-Mayra y ser simplemente Mayra.
Lo que podía usar:
La puerta sin llave que Dana había insinuado.
El entrenamiento que había acumulado sin querer.
Y algo que había estado pensando desde que vio las carpetas: que la única persona en esta clínica que tenía una grieta visible era Dana.
No Rodrigo. Rodrigo era impermeable de una manera que no era crueldad sino convicción profesional: creía en lo que hacía o había decidido creer para poder seguir haciéndolo, que producía el mismo resultado.
No la enfermera. La enfermera era leal por miedo o por dinero o por las dos cosas, que eran motivaciones que no dejaban grietas del tipo que se podían trabajar.
Dana era diferente.
Dana sabía los nombres de las anteriores.
Dana había respondido al nombre de Daniela Ferretti con algo que duró menos de un segundo en su cara pero que Irma había visto.
Dana había dicho *hay cosas que no puedo decirte de maneras distintas* y después había descrito una puerta sin llave.
Eso no era la conducta de alguien sin grietas.
***
La sesión de ese lunes empezó a las nueve.
Dana llegó con el material habitual: tablet, teléfono en trípode, pero también, por primera vez, un micrófono pequeño conectado a una grabadora portátil.
—Trabajo de voz —dijo Dana—. Como te adelanté.
—¿Qué hacemos?
—Primero escuchas. Después repetís. Después comparamos.
Puso un audio: Mayra en una entrevista de radio, respondiendo preguntas. No la voz de los recitales, amplificada y trabajada, sino la voz de conversación, con sus patrones naturales, sus muletillas, la manera específica en que subía la entonación al final de las frases que no eran preguntas, pero sonaban como si lo fueran.
Irma escuchó con atención real.
No fingida: real. Porque necesitaba hacerlo bien.
Ese era el cambio de estrategia.
No la cooperación en sí: la calidad de la cooperación
Las semanas anteriores había cooperado de manera visible, suficiente para que Dana no escalara la situación, pero sin excelencia deliberada. Ahora iba a cooperar con excelencia porque la excelencia producía dos cosas que necesitaba.
La primera: confianza. Si Dana creía que el proceso avanzaba sin resistencia, bajaba la guardia. La guardia baja producía descuidos. Los descuidos producían oportunidades.
La segunda: acceso. Una persona que progresaba bien en el entrenamiento tenía razones para salir de la habitación: sala de equipamiento, espacios de práctica, desplazamientos que requerían más libertad de movimiento. Eso era lo que Dana había insinuado con la mención de la puerta sin llave: que el acceso ampliado era parte del proceso cuando el proceso avanzaba.
Irma necesitaba ese acceso.
Para lo que venía.
Escuchó el audio tres veces.
Después habló.
Repitió las frases de Mayra con la entonación que había aprendido a identificar en semanas de trabajo: el punto donde la voz subía, donde se sostenía, donde dejaba caer el final. No perfectamente, no todavía, pero con una aproximación que era notablemente mejor que lo que hubiera logrado la semana anterior.
Dana la miró.
Puso el micrófono.
—Otra vez —dijo.
Irma lo hizo otra vez.
Dana reprodujo la grabación y la comparó con el audio de referencia en la tablet, con el software de análisis de voz que mostraba las ondas de sonido superpuestas.
—El tercer patrón —dijo Dana, señalando un punto en la pantalla—. La caída al final es tuya, no de Mayra. Mayra sostiene medio segundo más antes de soltar.
Irma lo intentó con el ajuste.
—Mejor —dijo Dana. Y anotó.
Trabajaron durante tres horas.
Irma cometió errores reales, que eran inevitables y que Dana identificaba con precisión técnica. Pero los errores eran menos de los que hubiera cometido intencionalmente, y la curva de mejora era visible en tiempo real en el software de comparación.
Dana lo notó.
A las doce, durante el descanso, dijo:
—Algo cambió.
—¿En qué? —dijo Irma.
—En cómo trabajas.
—Estoy cansada de resistir —dijo Irma. Y era verdad, aunque no de la manera que Dana probablemente entendería.
Dana la miró durante un momento.
—¿Es eso?
—¿Qué otra cosa sería?
Dana no respondió.
Recogió la grabadora y revisó los niveles del audio con la atención puesta en la pantalla, pero Irma notó que no estaba realmente mirando los niveles sino pensando en algo que los niveles le servían de excusa para no mirarla mientras pensaba.