La Sustituta

CAPÍTULO 22 — LA ESTRELLA DESFIGURADA

El alta médica llegó un miércoles.

No fue una decisión del doctor Suárez sino de Claudio, que se la comunicó a Suárez como una fecha y Suárez la transformó en un documento médico con el lenguaje correcto. Así funcionaban las cosas en ese hospital desde hacía semanas y Suárez había dejado de pretender que funcionaban de otra manera.

Mayra no sabía que el alta era de Claudio.

Mayra pensó que era del doctor.

Lo cual era exactamente lo que Claudio quería que pensara, porque una Mayra que creía tener el alta médica legítima era una Mayra que salía del hospital con la sensación de control, y una Mayra con sensación de control era más predecible que una Mayra que sospechaba que hasta el momento de salir había sido manejada.

El miércoles a las diez de la mañana Suárez entró a la habitación con una carpeta.

Le explicó el estado actual: las costillas habían cicatrizado, el traumatismo de cráneo no había dejado secuelas neurológicas detectables, la movilidad general era completa. Lo que quedaba era el proceso facial, que requería cirugías adicionales en un plazo a determinar y que podía manejarse en forma ambulatoria desde una clínica especializada.

—¿Qué clínica? —preguntó Mayra.

—El doctor Lamas va a continuar el seguimiento —dijo Suárez, con la neutralidad de quien lee de un guión que no escribió.

Mayra no dijo nada.

Lamas era el cirujano que había operado a la otra chica. Eso lo sabía desde la conversación con Romina semanas atrás. Lo cual significaba que Claudio estaba poniendo a la misma persona a cargo de los dos procesos, lo cual era eficiente y también era una manera de tenerlos a los dos bajo el mismo paraguas de control.

Firmó los papeles.

La ropa que le habían traído no era la que llevaba la noche del recital.

Esa había quedado en el auto del accidente y nadie la había recuperado, o la habían recuperado y no se la habían devuelto, que producía el mismo resultado.

La ropa era nueva, comprada por alguien del equipo de los productores: ropa comoda, sin marca visible, con un sombrero de ala ancha y anteojos oscuros que completaban el kit de anonimato con la misma practicidad con que el equipo de Dana había completado el kit de transformación de Irma.

Mayra lo miró sobre la cama.

Después se levantó, fue hasta el baño, y se miró en el espejo por primera vez desde el accidente.

No había pedido el espejo antes.

No porque tuviera miedo de lo que iba a ver sino porque había calculado que verlo antes del alta no le daba ninguna ventaja y sí le quitaba energía que necesitaba para otras cosas.

Ahora lo necesitaba ver para saber con qué estaba trabajando.

Lo vio.

No era tan malo como le habían dejado imaginar.

Tampoco era lo que había sido.

El lado izquierdo estaba bien: la estructura ósea intacta, la piel recuperada, el ojo funcionando con normalidad. El lado derecho era otra historia: había cicatrices que el tiempo y las cirugías iban a reducir, pero no a eliminar, una asimetría en el pómulo que cambiaba el ángulo de la cara, y algo en el borde de la mandíbula que hacía que la línea completa del perfil derecho fuera diferente a lo que había sido.

No era la cara de un monstruo de película.

Era la cara de alguien que tuvo un accidente grave y sobrevivió.

Pero no era la cara de Mayra Solís.

No era la cara que las cámaras de alta definición necesitaban, que los contratos de marca habían firmado, que los fans esperaban ver en el escenario.

Mayra miró su reflejo durante un minuto exacto.

Después se puso el sombrero. Se puso los anteojos.

La cara desapareció detrás del ala y los vidrios oscuros.

Salió del baño.

Se vistió.

Y salió del hospital por primera vez en casi cinco semanas.

***

La ciudad le pegó en la cara como algo físico.

No el frío, aunque también hacía frío. Sino la escala: después de semanas en una habitación de tamaño controlado, el espacio abierto de la calle tenía una dimensión que el cuerpo tardaba en procesar. Los autos pasaban demasiado cerca, los sonidos llegaban de demasiados ángulos, la gente caminaba con la indiferencia específica de la gente en las ciudades grandes que no mira a los demás porque si mirara a todos no podría seguir moviéndose.

Nadie la miró.

El sombrero y los anteojos hacían su trabajo, pero la verdad era que nadie la hubiera mirado de todas formas porque la cara que habría reconocido como Mayra Solís ya no estaba ahí con la misma nitidez.

Eso era una victoria pequeña y amarga.

Caminó media cuadra y paró un taxi.

Le dio una dirección que no era la suya.

El departamento era de Gerardo.

No su departamento principal sino un segundo lugar que mantenía por razones que Mayra nunca había preguntado y que ahora le resultaban retrospectivamente lógicas: Gerardo era un hombre que mantenía opciones abiertas, que era exactamente la característica que lo hacía útil y que también, aunque Mayra no lo sabía, era la característica que lo había llevado a tener la conversación con el intermediario de Víctor.

Gerardo la esperaba.

La miró cuando entró, un segundo más de lo que hubiera mirado a cualquier otra persona, procesando la cara nueva con la atención de quien había conocido la anterior durante dos años.

—¿Cómo estás? —dijo.

—Mejor de lo que parezco —dijo Mayra.

Era una mentira conveniente y los dos lo sabían y ninguno de los dos lo dijo.

Se sentaron.

—Tengo la confirmación del contacto —dijo Gerardo.

—¿Keller?

—Ese es el nombre que usa. Tiene el acceso al predio, tiene el plan de movimiento, tiene la ventana de tiempo.

—¿Cuándo?

—Esta semana. Depende de algunas variables del interior que está monitoreando.

—¿Qué variables?

Gerardo hizo una pausa que duró exactamente lo que tardaba en decidir qué parte de la verdad era útil y qué parte no.

—Hay actividad interna que cambia el timing —dijo—. Alguien de adentro podría intentar moverse antes. Si eso pasa, la ventana de Keller se acorta.




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