La Sustituta

CAPÍTULO 23 — EL PRIMER ESCAPE

El jueves amaneció con lluvia.

Irma lo supo por el sonido: un repiqueteo suave pero continuo sobre algo que no podía ver desde la habitación porque las cortinas seguían cerradas, pero que identificó como techo o chapa o alguna superficie exterior que convertía la lluvia en algo audible. No era un sonido que hubiera escuchado antes en esa habitación, lo cual significaba que la lluvia era suficientemente intensa para traspasar el aislamiento habitual del edificio.

Bueno, pensó.

La lluvia era buena.

La lluvia hacía ruido. El ruido cubría otros ruidos. El ruido cubierto era una ventaja pequeña, pero era una ventaja.

Repasó el plan por última vez mientras esperaba que llegara el turno de la mañana.

El plan era simple porque los planes simples fallaban por menos razones que los planes complejos. Dana llegaría a las siete. El cambio de turno era a las siete. El traslado a la sala de equipamiento era el pretexto. El intervalo de ocho minutos con cobertura mínima era la ventana.

Lo que haría en esa ventana dependía de lo que encontrara en el pasillo.

Esa era la parte que no podía planear completamente porque no tenía información suficiente: no sabía qué había después del pasillo, no sabía dónde estaba la salida al jardín, no sabía si el jardín tenía una salida al exterior además del muro que había visto desde la ventana.

Lo que sí sabía era que quedarse no era una opción indefinida.

Las carpetas lo habían dicho con suficiente claridad.

Y la foto de la chica sin nombre en la carpeta de iniciación pendiente lo había dicho de una manera diferente, más urgente: el sistema seguía, con o sin ella, y lo que le pasara a esa chica en tres semanas dependía en alguna medida de lo que Irma hiciera ahora.

No era responsabilidad suya. Se lo había dicho a sí misma varias veces.

Pero lo pensaba igual.

***

Dana llegó a las siete menos cuatro.

Entró con el bolso del equipamiento y dejó el trípode en el rincón sin montarlo, lo cual confirmaba que la sesión de hoy era efectivamente en la sala de equipamiento y no en la habitación.

—Lista —dijo, más como confirmación que como pregunta.

—Lista —dijo Irma.

Dana miró la habitación con un barrido rápido, el tipo de revisión que había vuelto automática en semanas de entrar y salir del mismo espacio. Después fue hasta la puerta y la abrió.

—Vamos —dijo.

El pasillo estaba vacío.

No completamente: al fondo, en el cruce con el corredor lateral, había una enfermera de espaldas que estaba transfiriendo información al turno que entraba. Era el procedimiento estándar del cambio: el turno saliente le pasaba el estado de los pacientes al turno entrante, en el puesto de enfermería, con los papeles y la pantalla y la rutina de quince minutos que Irma había escuchado desde adentro de la habitación suficientes veces como para conocer su duración aproximada.

Quince minutos.

No ocho como había dicho Dana.

Quince era mejor.

Irma salió de la habitación detrás de Dana.

El pasillo olía diferente a la habitación: más clínico, más circulado, con algo de café y desinfectante mezclados en la proporción específica de los lugares donde la gente trabaja de noche y de día sin interrupción.

Dana giró a la izquierda.

La sala de equipamiento estaba en esa dirección, según lo que Irma había calculado.

Irma giró a la izquierda también, un paso detrás de Dana.

Y entonces miró hacia la derecha.

El pasillo a la derecha era el que no había podido ver desde la cama.

Era más largo que el de la izquierda. Tenía tres puertas a los lados, todas cerradas, y al fondo una puerta diferente a las demás: más ancha, con una barra horizontal en lugar de picaporte, del tipo que se empuja.

Salida de emergencia.

Irma lo supo antes de pensarlo, de la misma manera en que se saben algunas cosas: sin razonamiento, por acumulación de detalles que el cerebro procesa más rápido que la conciencia.

Las puertas con barra horizontal y sin picaporte eran salidas de emergencia.

Las salidas de emergencia daban al exterior.

Dana seguía caminando hacia la izquierda.

Irma se detuvo.

Lo que siguió duró exactamente cuarenta segundos.

Irma giró y caminó hacia la derecha con pasos normales, ni rápidos ni lentos, la velocidad de alguien que va a algún lado y sabe adónde.

Pasó la primera puerta cerrada.

Pasó la segunda.

Pasó la tercera.

Llegó a la puerta con la barra horizontal.

La empujó.

La alarma era sonora y era inmediata.

No el pitido suave de un sistema de advertencia sino algo más directo, más funcional: una señal que decía “esto pasó” sin dramatismo, con la eficiencia de un sistema diseñado para producir respuesta rápida

Irma ya estaba afuera cuando sonó.

Afuera era un espacio de servicio: no el jardín que había visto desde la ventana sino el lado opuesto del edificio, con un pasillo de hormigón sin techo, contenedores de basura, y al fondo una reja metálica de dos metros y medio que separaba ese espacio del exterior.

La reja tenía una cadena con candado.

Irma llegó a la reja en cuatro segundos.

La cadena era gruesa, el candado era sólido, y no había manera de abrirlos sin una llave o sin tiempo suficiente para intentar otra cosa.

No tenía la llave.

No tenía tiempo.

Escuchó pasos detrás antes de que pudiera procesar qué hacer con la reja.

Dos personas, por el sonido: pasos pesados y rápidos, el sonido de alguien que corre con la certeza de adónde va.

Irma no corrió.

Había aprendido en las semanas anteriores que correr hacia algo que no tenía salida era peor que quedarse quieta: era gastar la única energía que le quedaba en un gesto que confirmaba el problema sin resolverlo.

Se dio vuelta.

Eran dos hombres que no había visto antes: seguridad, por la ropa y la manera de moverse, no enfermeros. Llegaron al espacio de servicio y se detuvieron a tres metros. No corrieron hacia ella. Solo se posicionaron de manera que la reja quedaba detrás de Irma y ellos delante.




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