La Sustituta

CAPÍTULO 24 — CONVERGENCIA

El fiscal se llamaba Herrera y tenía la costumbre de escuchar con los codos sobre el escritorio y los dedos entrelazados frente a la boca, una postura que hacía imposible leer si lo que estaba pensando era escepticismo o concentración.

Martín y Pablo llevaban cuarenta minutos sentados frente a él.

La carpeta de treinta páginas estaba sobre el escritorio, abierta en la sección del escaneo de red, que era la que Herrera había pedido que le explicaran con más detalle y que Pablo había explicado con una precisión que iba más allá de lo que Herrera podía verificar en el momento pero que tenía la solidez técnica suficiente para que no resultara fácil de desestimar.

—El nombre de la empresa —dijo Herrera, sin cambiar la postura—. Servicios Integrales Sur. ¿Tienen algún antecedente de actividad ilegal registrada?

—No —dijo Pablo—. La empresa es limpia en los registros públicos. Lo que no existe públicamente es cualquier referencia a su actividad real. Sin página web, sin clientes declarados, sin personal registrado más allá de los mínimos legales.

—Eso no es un delito.

—No. Pero combinado con el distribuidor de insumos médicos que entrega ahí, con el predio sin identificación, con el mensaje de la persona retenida adentro...

—El mensaje —dijo Herrera—. Una nota escrita a mano, pasada por dos personas, transcripta por una tercera, llegada al denunciante. —Hizo una pausa—. No es exactamente evidencia directa.

—Es consistente con todo lo demás —dijo Martín.

Herrera lo miró.

Era la primera vez en cuarenta minutos que miraba directamente a Martín y no a Pablo o a los documentos. Había algo evaluativo en esa mirada, el tipo de mirada que usan las personas que pasan los días midiendo la credibilidad de lo que la gente les dice.

—¿Cuánto tiempo hace que no tiene contacto con la señorita Vargas? —preguntó.

—Veintinueve días.

—¿Y en ningún momento consideró que podría ser una decisión voluntaria de su parte?

—El mensaje de ruptura no era de ella —dijo Martín—. La forma en que escribe, las palabras que usa, la estructura de las frases. No es ella.

—¿Tiene manera de probarlo?

—Tengo dos años de mensajes suyos para comparar.

Herrera miró la carpeta.

Pasó una página. Después otra.

Se detuvo en el mapa con todos los puntos geolocalizados.

—¿Este círculo —dijo, señalando— es el radio de origen del mensaje?

—Sí. Dos kilómetros aproximados sobre el punto de la torre de celular.

—¿Y el predio está dentro del círculo?

—Sí.

Herrera cerró la carpeta.

Se recostó en la silla, cambiando por primera vez la postura con los codos.

—Voy a pedir una verificación de identidad del predio —dijo—. Si la empresa existe como figura y el predio está registrado a su nombre, hay base para solicitar una orden de inspección. Eso tarda entre cuarenta y ocho y setenta y dos horas en condiciones normales.

—¿Y en condiciones no normales? —dijo Martín.

Herrera lo miró.

—En condiciones donde la evidencia de privación de libertad es suficientemente sólida, puedo pedir una medida cautelar que acelera el proceso a veinticuatro horas.

—¿Es suficientemente sólida?

Una pausa.

—Está en el límite —dijo Herrera—. No es lo más sólido que he visto, pero tampoco es lo más débil. —Miró la carpeta—. Voy a elevarla hoy.

—¿Hoy?

—Hoy. No le prometo el resultado, le prometo el movimiento.

Martín asintió.

Era la primera respuesta institucional en veintinueve días que no era “espere” o “no es suficiente” o el silencio de alguien que ya decidió antes de que terminara de hablar.

—Una cosa más —dijo Herrera, cuando Pablo y Martín ya se levantaban—. No se acerquen al predio. Si esto avanza como corresponde, cualquier movimiento previo de los denunciantes puede complicar la admisibilidad de la evidencia. —Los miró a los dos—. ¿Entendido?

—Entendido —dijo Pablo.

—Entendido —dijo Martín.

Salieron.

***

En el pasillo del edificio de la fiscalía, Pablo dijo:

—Cuarenta y ocho horas mínimo.

—Lo sé.

—¿Vas a quedarte quieto cuarenta y ocho horas?

Martín miró el pasillo vacío.

—No —dijo.

Pablo asintió como si eso fuera exactamente lo que esperaba.

—Entonces necesito que entiendas algo —dijo—. Si vuelves al predio y te ven, no es solo que complicas la evidencia. Es que les avisas que el proceso legal está en movimiento y tienen tiempo para mover a Irma antes de que llegue la orden.

—Lo sé.

—¿Lo sabes de verdad?

—Sí.

Pablo lo miró durante un momento.

—De acuerdo —dijo—. ¿Qué vas a hacer?

Martín pensó.

—Esperar cerca —dijo—. No adentro del perímetro. Cerca.

—¿Cuánto es cerca?

—Lo suficiente para saber si algo cambia antes de que llegue la orden.

Era una respuesta que Pablo no podía refutar completamente porque la lógica era real: si los productores decidían mover a Irma en las próximas cuarenta y ocho horas, saberlo con tiempo era la diferencia entre poder hacer algo y llegar tarde.

—Mensajes cada hora —dijo Pablo.

—Cada hora —confirmó Martín.

***

Mayra pasó la mañana del jueves en el apart-hotel.

Había dormido mal, no por el lugar sino por lo que seguía sin poder resolver: la conversación con Gerardo y el peso adicional de ciertas frases que seguían volviendo.

“Está siendo monitoreado.”

Lo había dicho con demasiada facilidad.

Mayra había pasado seis años en una industria donde la información era moneda y había aprendido a leer cuándo alguien sabía algo de primera mano y cuándo lo sabía de segunda. Gerardo había dicho *está siendo monitoreado* de la manera en que se dice algo que se sabe directamente, no algo que se averiguó.

Lo cual significaba que Gerardo tenía acceso a la información del monitoreo.

Lo cual significaba que Gerardo estaba conectado a quienes monitoreaban.




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