La clínica antigua no estaba en el mapa.
Pablo la había encontrado por otro camino: buscando registros de alquiler de equipamiento médico a nombre de Servicios Integrales Sur en los últimos cinco años, había aparecido una dirección diferente a la del predio actual, en el mismo corredor sur pero tres kilómetros más cerca de la ciudad, con transacciones que se detenían abruptamente dieciocho meses atrás.
La fecha de la última transacción coincidía aproximadamente con la fecha de la carpeta de Sara Lindqvist.
Pablo se lo había dicho a Martín la noche anterior, por teléfono, mientras Martín esperaba en el borde de la ruta.
—¿Está abandonada? —había preguntado Martín.
—Los registros de servicios públicos muestran consumo mínimo. Luz pero no gas. Puede ser mantenimiento básico o puede ser que alguien entre ocasionalmente.
—¿Hay seguridad?
—No en los registros. Pero eso no significa nada.
Martín había anotado la dirección en el margen del mapa.
Esa mañana, mientras esperaba las cuarenta y ocho horas que Herrera había pedido para elevar la medida cautelar, había tomado una decisión que sabía que Pablo iba a objetar y que objetó efectivamente cuando se lo dijo.
—Es una clínica abandonada con registros de la misma empresa —dijo Martín—. Si hay documentación ahí que refuerza la denuncia, Herrera puede usarla.
—Si entras sin autorización, cualquier cosa que encuentres no es admisible —dijo Pablo.
—No voy a llevar nada. Voy a ver. Si hay algo, le digo a Herrera que busque ahí con la orden.
—Eso es hacer el trabajo de la fiscalía por ellos.
—Es hacer lo que puedo con lo que tengo.
Pablo había hecho el silencio de alguien que sabe que el argumento no va a cambiar el resultado.
—Mensajes cada hora —había dicho.
***
La dirección era un camino de tierra que salía de la ruta secundaria y terminaba en una construcción de una planta rodeada de vegetación que nadie había podido en dieciocho meses. El pasto llegaba a la rodilla en los bordes del camino. Los árboles que habían sido decorativos en algún momento habían crecido sin forma, empujando hacia la estructura con la indiferencia específica de lo vegetal frente a lo construido.
El edificio tenía las ventanas cubiertas con tablones de madera. La puerta principal tenía un candado nuevo, reluciente, que contrastaba con el deterioro general de la fachada.
Martín miró el candado.
Nuevo. Alguien lo había puesto recientemente. Lo cual significaba que el lugar no era completamente abandonado.
Rodeó el edificio.
En la parte trasera había una ventana que los tablones no cubrían del todo: el tablón inferior estaba suelto, sostenido por un solo clavo oxidado que cedió con una presión moderada.
Martín lo miró durante un momento.
Después empujó el tablón hacia adentro y entró.
El interior olía a cerrado y a algo más: un olor clínico residual que los meses no habían eliminado completamente, como si el espacio hubiera absorbido el desinfectante en las paredes y lo liberara despacio, en dosis que se volvían menos perceptibles con el tiempo pero que todavía existían.
Sacó el teléfono y encendió la linterna.
El haz iluminó un pasillo de las mismas dimensiones que el de la clínica actual: mismo porcelanato, misma distribución de puertas. Pero todo estaba vacío: sin muebles, sin equipamiento, con las marcas en el piso donde habían estado las camas y los monitores y los carros de limpieza.
Había prisa en ese vaciado.
Las marcas lo decían: no habían tomado el tiempo de limpiar el suelo antes de sacar las cosas, y las ruedas habían dejado trayectorias que el polvo acumulado en meses había preservado como un registro involuntario de lo último que había pasado en ese espacio.
Martín siguió el pasillo hacia el fondo.
La habitación del fondo era diferente.
No había sido vaciada con la misma prisa que el resto: todavía tenía un escritorio, una silla giratoria con el cuero agrietado, y un archivero metálico de cuatro cajones que habían dejado, probablemente porque pesaba demasiado para el tiempo que tenían o porque alguien había considerado que el contenido no era comprometedor.
El archivero no tenía llave.
Martín abrió el primer cajón.
Facturas, pedidos de insumos, correspondencia administrativa con proveedores. Nada que no pudiera existir en cualquier empresa médica.
Segundo cajón.
Más facturas. Registros de mantenimiento. Una carpeta con protocolos de seguridad escritos en lenguaje técnico que describían procedimientos de contención sin nombrar para qué.
Tercer cajón.
Estaba casi vacío. Solo había una carpeta fina, sin etiqueta en el exterior, colocada al fondo como si alguien la hubiera dejado por descuido o porque en el apuro del traslado había pasado inadvertida.
Martín la sacó.
La abrió.
El contenido eran ocho hojas.
Las primeras cuatro eran fotografías impresas en papel común, no en papel fotográfico: fotos de una mujer en distintas etapas de un proceso que Martín reconoció por lo que había aprendido en las últimas semanas. Fotos de antes y después, con una progresión que iba desde una cara que no conocía hasta una cara que reconoció en la tercera foto.
La cara de Mayra Solís.
O algo muy cercano a la cara de Mayra Solís.
No en la versión actual, la versión conocida, la versión de los pósters y las portadas de revistas. En una versión levemente anterior, con diferencias pequeñas que solo eran visibles en comparación: el ángulo de la nariz, el contorno del mentón, detalles que el ojo no registraba en una sola foto pero que aparecían cuando se tenían dos fotos del mismo tiempo y se miraban juntas.
La persona de la primera foto, antes del proceso, no era Mayra.
Era una mujer que Martín no había visto nunca.
Que había sido transformada en Mayra.
O en alguien suficientemente cercano a Mayra para que nadie notara la diferencia.