La Sustituta

CAPÍTULO 26 — LO QUE SE FILTRA

La habitación sin ventanas tenía una particularidad que sus constructores probablemente no habían previsto como problema.

El sistema de ventilación.

Era un conducto de diez centímetros de diámetro que entraba por la pared norte, cerca del techo, y que conectaba con el sistema central del edificio. En condiciones normales no era más que un canal de aire. Pero el sistema central también conectaba con otras habitaciones, y en ciertas condiciones, cuando la temperatura exterior bajaba y el sistema forzaba más circulación, el conducto se convertía en algo parecido a un amplificador de baja fidelidad: las voces de los espacios adyacentes llegaban como murmullos, distorsionadas e incompletas, pero llegaban.

Irma lo había descubierto la segunda noche en esa habitación.

La primera noche había dormido mal por razones obvias. La segunda noche había dormido mal por la misma razón pero con más atención disponible para el entorno, y en algún momento de las dos de la mañana había escuchado, filtrado por el conducto, algo que no era el ruido del sistema sino dos voces.

No había podido entender nada esa noche: demasiado lejos, demasiado distorsionado.

Pero había aprendido el patrón.

Las voces llegaban mejor cuando la temperatura exterior bajaba de cierto punto y el sistema compensaba aumentando la circulación. Y llegaban desde el espacio que en el plano mental que Irma había construido del edificio correspondía a la sala de reuniones pequeña que había visto brevemente durante el primer traslado, dos puertas al norte de su habitación original.

Había pasado las noches anteriores calibrando: cuándo llegaban las voces, desde qué ángulo, con qué nivel de distorsión.

La noche del jueves al viernes, a las once menos cuarto, las voces volvieron.

Esta vez eran más claras.

Quizás porque la temperatura había bajado más. Quizás porque los que hablaban estaban más cerca del conducto. Quizás porque Irma llevaba tres días entrenando el oído para esto.

Reconoció una de las dos voces: Rodrigo.

La otra no la reconoció de inmediato. Era más grave, con una dicción más cuidada, el tipo de voz de alguien que había aprendido a modular lo que decía antes de decirlo.

Escuchó.

Llegaban fragmentos. No oraciones completas: palabras, frases cortas, silencios que eran parte de la conversación pero que el conducto no transmitía porque no tenían sonido.

“...el fiscal elevó la orden...”

Eso llegó claro, sin distorsión.

Después algo que no pudo entender, tres o cuatro palabras que el sistema comió.

“...adelantamos el traslado...”

Otro fragmento perdido.

“...la chica lista para...”

Más ruido.

“...antes del amanecer si...”

Irma se sentó en la cama.

Antes del amanecer.

El traslado era antes del amanecer.

Miró el techo con la luz artificial que no variaba con la hora.

No tenía manera de saber qué hora era exactamente, pero había desarrollado un sentido aproximado basado en los turnos del personal y los sonidos del edificio. El cambio de turno había sido hace rato. Las comidas habían terminado. El edificio estaba en el ritmo de la noche, que era diferente al del día: menos pasos, menos voces, los sonidos más espaciados.

Eran las once, quizás las doce.

Antes del amanecer eran seis o siete horas.

Siguió escuchando.

Las voces continuaron durante varios minutos más, con la misma calidad irregular, llegando en fragmentos entre silencios.

“...el proceso anterior...”

“...si el juez...”

“...Claudio dice que...”

Y después, más claro que todo lo anterior, porque quien lo dijo lo dijo más alto o más cerca del conducto o simplemente porque el sistema decidió en ese momento transmitir con menos interferencia:

“...no es la primera Mayra y tampoco va a ser la última...”

Irma se quedó quieta.

No es la primera Mayra.

La frase llegó completa y se instaló en el silencio de la habitación con el peso de algo que no puede desinstalarse una vez que existe.

No es la primera Mayra.

Irma había llegado a esa conclusión por fragmentos, en los días anteriores: los archivos de la computadora, la etiqueta del cajón, los silencios de Dana, el nombre de la empresa que aparecía en distintos contextos. Había tenido las piezas separadas y las había mantenido separadas porque conectarlas requería confirmar algo que hacía que el tamaño del problema fuera diferente.

Ahora las piezas se conectaban solas, sin que ella eligiera hacerlo.

Mayra Solís no era el origen.

Mayra Solís era una versión anterior del proceso.

La estrella, la cara conocida, los seis años de carrera: todo construido sobre el mismo sistema que ahora la estaba usando a ella.

Lo cual significaba que en algún lugar había una persona cuyo nombre no era Mayra Solís, cuya cara original no era la que el mundo conocía, que había pasado por exactamente lo mismo que Irma estaba pasando ahora y había terminado siendo la estrella que firmaba contratos y llenaba estadios.

O no había terminado así.

Esa era la otra posibilidad, la que las carpetas sin firma insinuaban: que no todas las versiones anteriores habían terminado siendo estrellas. Que algunas habían terminado de otra manera, en el cajón de los archivos, en la etiqueta que decía inactiva.

Las voces en el conducto se habían apagado.

El sistema de ventilación seguía circulando con su ruido de fondo constante.

Irma se acostó en la cama con los ojos abiertos.

***

Dana llegó a las siete de la mañana.

Entró con el bolso, con la tablet, con la grabadora: la sesión normal. Pero había algo diferente en cómo entró: más rápida que de costumbre, con los movimientos del alguien que tiene más cosas en la cabeza que las que muestra.

Irma la miró desde la cama.

—Buenos días —dijo Dana.

—Buenos días —dijo Irma.

Dana dejó el bolso y sacó la grabadora sin mirarla. Empezó a revisar los niveles de audio con la atención puesta en los números, no en Irma.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.