Salió por la escotilla a las once y cuatro minutos.
Irma lo sabía porque había escuchado el reloj del corredor de servicio en el momento en que empujó la chapa hacia afuera: un reloj analógico colgado en la pared junto al tablero eléctrico, el único reloj visible en toda la clínica, que marcaba las once y cuatro con la indiferencia de los objetos que no saben lo que pasa a su alrededor.
Once y cuatro.
Lo guardó como si importara.
El muro tenía cuatro metros.
La tubería tenía los soportes donde Dana había dicho que los tendría: cada metro y medio, anclados en la pared con tornillos de expansión que no cedieron cuando Irma puso el peso. Subió con los brazos y las piernas trabajando juntos, sin pensar en la altura ni en el tobillo que todavía recordaba el escape anterior, solo en el soporte siguiente, el siguiente, el borde.
Llegó arriba.
Se sentó en el borde un segundo.
Del otro lado había tierra y vegetación baja y a veinte metros la línea de la ruta provincial, el asfalto visible bajo el cielo cubierto de nubes que aplastaban cualquier luz.
Saltó.
El impacto fue mejor que la vez anterior: esta vez había calculado el ángulo, esta vez dobló las rodillas antes de tocar, esta vez el terreno era más plano.
Se levantó.
Caminó hacia la ruta.
El Gol rojo estaba ahí.
Trescientos metros hacia la derecha, en el borde exacto donde Martín lo había estacionado las últimas noches, con las luces apagadas y el motor apagado y la silueta familiar del techo levemente hundido en el centro que Irma había visto estacionado frente a su edificio suficientes veces como para reconocerlo en la oscuridad a trescientos metros.
Corrió.
No con elegancia: con la urgencia específica de quien sabe que tiene un margen y que el margen se mide en segundos.
A los cien metros vio que la puerta del conductor se abría.
Martín bajó del auto.
Caminó hacia ella.
Se encontraron a cincuenta metros del auto.
Martín la miró.
La cara era la que había visto en los recortes de revistas y en el video del recital y en las fotos que los productores habían publicado. Era técnicamente la cara de Mayra Solís. Sus ojos lo sabían.
El resto de él supo que era Irma antes de que procesara cómo lo sabía.
—Irma —dijo.
Era la primera vez que alguien la llamaba por ese nombre en treinta días.
Irma no respondió de inmediato.
Se quedó parada frente a él, a un metro de distancia, mirándolo con una expresión que Martín no había visto antes y que tardó un segundo en identificar: no alivio, no emoción del reencuentro. Algo más complicado. La expresión de alguien que lleva treinta días siendo otra persona y que todavía está en el proceso de recordar quién era antes.
—Hola —dijo Irma.
Martín extendió la mano.
No para tocarla: para ofrecerla. El gesto de alguien que dice “estoy acá” sin asumir lo que el otro necesita que pase después.
Irma miró la mano.
La tomó.
Empezaron a caminar hacia el auto.
Irma abrió la boca para decir algo que no llegó a decir porque en ese momento las luces aparecieron.
No eran los faros del camino de acceso.
Eran luces laterales, de un auto que había estado estacionado sin luces en el borde opuesto de la ruta, a doscientos metros, en el punto exacto donde la curva de la ruta creaba un ángulo muerto desde el acceso de la clínica.
Keller había estado ahí todo el tiempo.
No esperando que fallara la fuga: esperando que tuviera éxito.
Porque una fuga fallida se resuelve adentro, con los guardias, con el protocolo de la clínica. Una fuga exitosa que llega a la ruta llega a un espacio abierto sin testigos y sin cámaras y sin nada que no sea la oscuridad y el asfalto y el tiempo que tarda en llegar alguien.
El auto cruzó la ruta.
Frenó entre el Gol rojo y donde estaban ellos dos.
Keller bajó.
Martín lo vio antes de que Irma terminara de procesarlo.
Se movió hacia la izquierda, interponiéndose, con el instinto de quien no tiene recursos técnicos pero tiene un cuerpo y la disposición de usarlo como lo único disponible.
Keller lo miró.
No con evaluación esta vez.
Con algo diferente.
La instrucción que Víctor había dado esa noche no era la misma de las semanas anteriores. Las semanas anteriores la instrucción había sido contener, devolver, mantener el activo en condiciones. Esta noche la instrucción había cambiado porque el novio había llegado a la fiscalía, porque había documentación en el sistema, porque el margen de maniobra se había achicado y en los márgenes achicados ciertas variables dejaban de ser complicaciones y se convertían en problemas que tenían solución.
El novio era un problema con solución.
Irma escuchó el primer disparo antes de ver nada.
El sonido en campo abierto era diferente al sonido de las películas: más seco, más corto, sin el eco dramático. Solo el sonido y después el silencio y después Martín en el suelo.
No cayó de manera cinematográfica.
Se dobló hacia adelante primero, como alguien que recibe un golpe en el centro del cuerpo y que tarda un segundo en entender lo que recibió, y después las rodillas cedieron y el suelo lo recibió sin protocolo, sin posición correcta, simplemente el suelo y el cuerpo encima.
Irma dio un paso hacia él.
El segundo disparo sonó al lado de su cabeza, tan cerca que el aire se movió.
No hacia ella: a su lado. Una advertencia con la precisión de alguien que sabe exactamente adónde apunta y elige no apuntar ahí todavía.
Irma se detuvo.
Keller caminó hacia ella.
Irma miraba a Martín en el suelo.
No podía ver bien desde el ángulo, con la oscuridad y la distancia de tres metros, pero veía suficiente: la posición del cuerpo, la quietud específica que no era el descanso ni el sueño sino la otra quietud, la que no tiene nombre que la gente use cotidianamente porque si tuviera nombre habitual sería insoportable.