La evaluación final estaba programada para el viernes.
Era martes.
Tres días.
Irma los contó de la misma manera en que había contado todo en esa clínica: por las comidas, por los cambios de turno, por los sonidos del edificio que había aprendido a leer como un idioma secundario que el encierro le había enseñado sin pedirle permiso.
Tres días para que el proceso se cerrara de una manera que no tenía vuelta atrás.
Tres días para encontrar la manera de que eso no ocurriera.
El miércoles por la mañana Dana llegó con el material habitual.
Trabajaron dos horas: voz, gestualidad, los patrones de entonación que el software de comparación seguía marcando como casi perfectos pero no perfectamente perfectos todavía.
Casi perfectos era suficiente para lo que Irma necesitaba.
No para la evaluación final.
Para otra cosa.
A media mañana, durante el descanso, Dana fue al baño del pasillo.
La puerta de la habitación quedó entreabierta.
Irma miró la puerta.
Miró la cámara en el ángulo del techo.
Miró sus manos.
No era el momento para lo que estaba pensando. El momento era después, cuando tuviera más información, cuando Dana le diera lo que necesitaba. Pero había una cosa que podía hacer ahora, con la puerta entreabierta y Dana afuera y la cámara grabando desde el ángulo que no cubría completamente el ángulo de la cómoda.
Fue hasta la cómoda.
Abrió el cajón superior.
Entre la ropa había cosas del kit de maquillaje que formaba parte del proceso de transformación en Mayra: base, corrector, lápiz de ojos. Lo que buscaba no era eso.
Debajo del kit había algo que Dana había dejado ahí tres días atrás sin comentario: un papel doblado en cuatro, pequeño, del tamaño de algo que puede guardarse en el elástico de la ropa interior.
Irma lo agarró.
Lo abrió.
Era un plano del edificio. No profesional: dibujado a mano, con la letra pequeña y precisa de Dana, con las habitaciones marcadas y los corredores y dos cruces en rojo.
El primero marcaba la habitación de Irma.
El segundo marcaba algo en el ala oeste del edificio que Irma nunca había podido ver desde su habitación.
Al lado del segundo cruce Dana había escrito dos palabras:
Oficina principal.
Irma lo memorizó.
Dobló el papel de vuelta.
Lo guardó donde había estado.
Cerró el cajón.
Volvió a la cama antes de que Dana regresara del baño.
El jueves llegó con lluvia.
Irma lo escuchó antes de verlo: el repiqueteo sobre el techo, más intenso que la primera vez que lo había escuchado desde esa habitación, la lluvia de otoño que no pide permiso y que cubre otros sonidos con la indiferencia de los fenómenos naturales.
Dana llegó a las nueve.
Trabajaron.
A las once, durante el segundo descanso, Dana estaba guardando la grabadora cuando Irma dijo:
—Dana.
Dana se detuvo.
—Necesito que me escuches —dijo Irma.
—Siempre te escucho.
—No como entrenadora. Como la persona que dibujó ese plano.
El silencio de Dana fue breve y completo.
No negó el plano.
Se sentó en el borde de la cama, como había hecho otras veces, con las manos sobre las rodillas y la vista en el piso.
— ¿Qué necesitas saber? —dijo.
—La oficina principal —dijo Irma—. ¿Qué hay ahí?
—Los sistemas de administración. Las computadoras del área financiera. —Pausa—. El acceso remoto a las cuentas operativas de la empresa.
Irma procesó eso.
— ¿Hay momentos en que esa oficina está sola?
—El viernes a la mañana —dijo Dana—. Rodrigo tiene reunión externa. Los administrativos no entran hasta las diez. Entre las siete y las diez la oficina está sin personal.
— ¿Hay cámara?
—En el pasillo exterior sí. Adentro no.
— ¿Por qué no adentro?
Dana la miró.
—Porque hay cosas en esa oficina que Claudio y Víctor prefieren que no queden grabadas —dijo.
Irma asintió.
— ¿Las computadoras tienen contraseña?
—Sí. Pero hay una que no la tiene: la de la impresora de red, que está conectada al sistema financiero para los reportes automáticos. El técnico la dejó sin contraseña hace tres meses porque se olvidó y nadie lo corrigió porque nadie pensó que importaba.
Irma miró sus manos.
— ¿Cuánto tiempo tendría en esa oficina?
—Si salís de acá a las siete y cuatro, después del cambio de turno, y no activan la alarma del pasillo oeste—
— ¿Por qué no activarían la alarma del pasillo oeste?
Dana miró el piso.
—Porque el sensor del pasillo oeste tiene una falla de calibración que el técnico viene a revisar el viernes a las once. Antes de las once el sensor no está activo.
El silencio que siguió era del tipo que ocurre cuando dos personas que han estado hablando en código durante semanas finalmente hablan sin código y las dos saben que están hablando sin código y ninguna lo dice en voz alta porque decirlo en voz alta cambia lo que es.
—Dana —dijo Irma.
—No me digas lo que vas a hacer —dijo Dana—. Si no sé lo que vas a hacer, no puedo haberlo permitido.
—Está bien.
—Y si alguien pregunta, esta conversación fue sobre el registro bajo de la voz de Mayra en las canciones lentas.
—Está bien.
Dana recogió la grabadora.
Fue hacia la puerta.
En el umbral, sin darse vuelta:
—Mañana es la evaluación final —dijo—. Si no estás acá para la evaluación final, Rodrigo va a entender que algo pasó. Va a revisar las cámaras del pasillo oeste. Va a encontrar la falla del sensor.
—Lo sé.
—Y va a encontrar otras cosas también.
—Lo sé —repitió Irma.
—Entonces sabes que tienes una sola oportunidad.
—Lo sé.
Dana salió.
La puerta se cerró.
Irma miró el techo.
Una sola oportunidad.
El viernes a las siete y cuatro.
Diecinueve horas.
El jueves a las tres de la tarde la puerta de su habitación se abrió sin llamar.