La evaluación final estaba programada para las diez de la mañana.
Rodrigo llegó a las nueve y cuarenta y cinco con el hombre de traje que Irma había visto en la reunión con Claudio y Víctor, más un tercero que no había visto antes: una mujer de unos cuarenta años con el pelo recogido y una tablet, que tomó posición junto a la pared con la actitud de quien está ahí para registrar y no para participar.
Dana llegó también, con el equipo habitual, y se instaló en el rincón con la grabadora y el trípode sin mirar a Irma más de lo necesario.
Irma los miró a todos desde el centro de la habitación, de pie, con la postura que había aprendido en semanas de entrenamiento: el peso distribuido de la manera correcta, los hombros en el ángulo correcto, la cabeza en la inclinación que Mayra usaba cuando esperaba que algo comenzara.
Era la postura de Mayra.
Perfecta.
Rodrigo lo notó. La mujer de la tablet lo notó. El hombre de traje lo notó.
Dana miró el piso.
La evaluación duró noventa minutos.
Rodrigo hacía preguntas. Irma respondía. La mujer de la tablet grababa y comparaba en tiempo real con el material de referencia, señalando desviaciones, confirmando coincidencias.
Irma respondió todo bien.
Perfectamente bien durante los primeros sesenta minutos: la voz, los gestos, los patrones de entonación, las pausas de tres segundos antes de las respuestas difíciles, la risa que no estaba en la boca sino en los hombros que se relajaban un segundo antes.
Noventa por ciento de coincidencia, marcó el software.
Noventa y dos.
Noventa y cuatro.
En el minuto sesenta y uno, Irma cometió un error.
Rodrigo preguntó sobre el recital de dos años atrás en el estadio norte, el que había sido el primero con más de quince mil personas. Era una pregunta específica, con detalles que Irma había memorizado perfectamente porque Dana había trabajado esa parte con particular atención.
Irma respondió.
Pero al final de la respuesta, en la última frase, usó una entonación que era suya y no de Mayra: la caída al final de la frase que el software había marcado como el error más persistente en las primeras semanas y que en las últimas semanas había corregido casi completamente.
Casi.
El software lo marcó.
La mujer de la tablet hizo una anotación.
Rodrigo repitió la pregunta.
Irma respondió otra vez.
Esta vez el error estaba en la manera de cruzar las manos antes de empezar a hablar: el gesto de Irma, no el de Mayra.
El software lo marcó.
Los errores que siguieron eran pequeños.
Individualmente insignificantes. Juntos formaban un patrón que el software de comparación identificaba como inconsistencia: no el patrón de alguien que no sabe sino el de alguien que sabe y que en ciertos momentos específicos produce algo diferente.
Rodrigo frunció el ceño levemente.
La mujer de la tablet siguió anotando.
A los ochenta minutos, Rodrigo levantó una mano.
—Paremos acá —dijo.
Salió de la habitación con la mujer de la tablet.
El hombre de traje los siguió.
Dana se quedó.
Guardó la grabadora con los movimientos de siempre, sin apuro, sin comentario. Cuando los pasos de Rodrigo se alejaron por el pasillo y el sonido fue suficientemente distante, Dana dijo, sin levantar la vista del bolso:
—Ochenta y siete por ciento.
— ¿Es suficiente para la evaluación? —dijo Irma.
—No —dijo Dana—. Necesitan noventa y cinco para el trabajo público. —Pausa—. Rodrigo va a informar que el proceso necesita dos semanas adicionales de entrenamiento intensivo.
— ¿Y eso qué significa?
—Que tienes dos semanas más.
Irma asintió.
Dos semanas más no era una victoria. Era tiempo.
El tiempo que necesitaba para que la transferencia de esa mañana procesara completamente y quedara fuera del alcance del sistema de la empresa antes de que alguien la detectara.
Los sistemas bancarios corporativos tenían protocolos de revisión que se activaban en las primeras cuarenta y ocho horas después de una transacción inusual. Si nadie revisaba la cuenta de Servicios Integrales Sur en las próximas dos semanas, la transferencia estaría fuera del período de reversión automática.
Dos semanas era exactamente lo que necesitaba.
Dana recogió el bolso.
Fue hacia la puerta.
Se detuvo.
—Irma —dijo, sin darse vuelta.
— ¿Qué?
—Lo que planeas hacer después de las dos semanas.
Irma esperó.
—No sé lo que planeás —dijo Dana—. No lo quiero saber.
—Lo sé.
—Pero si hay algo que necesitas de este edificio antes de que llegue ese momento, esta semana es mejor que la siguiente. —Pausa—. La semana que viene Rodrigo va a ajustar los protocolos después del informe de hoy.
Irma procesó eso.
Esta semana.
— ¿Qué cosas hay en este edificio que podrían servirme? —dijo Irma.
Dana pensó durante un segundo.
—En el guardarropa del personal hay ropa de calle de los empleados que hacen turno doble. —Pausa—. Hay un teléfono de prepago en el cajón del escritorio de la sala de descanso que alguien olvidó hace semanas y que nunca reclamó. —Otra pausa—. Y hay una credencial de acceso al sistema de apertura del portón principal colgada en el tablero de la sala de enfermería que corresponde a una empleada que fue dada de baja hace un mes y que nadie desactivó del sistema.
Irma lo guardó todo.
— ¿Por qué me decís esto? —dijo.
Dana abrió la puerta.
—Porque llevo nueve años aquí —dijo— y esta mañana vi a Mayra salir esposada hacia un psiquiátrico y entendí que en algún momento eso iba a ser yo también.
La puerta se cerró.