Los diez días siguientes Irma los usó para prepararse.
No de manera visible: de la misma manera invisible con que había hecho todo en ese lugar, por acumulación de pequeñas cosas que individualmente no significaban nada y que juntas formaban algo.
El miércoles de la primera semana, durante una visita al baño de noche, encontró el teléfono de prepago en el cajón de la sala de descanso exactamente donde Dana había dicho.
Lo encendió en el baño, con el cuerpo cubriendo la pantalla.
Tenía batería.
Tenía crédito.
Guardó un número de memoria: el de Pablo, que Irma se sabía de los meses anteriores porque había marcado ese número varias veces en los días en que Martín y Pablo trabajaban juntos rastreando su ubicación.
Mandó un mensaje de texto con tres palabras: Soy Irma. Espera.
Apagó el teléfono.
Lo guardó en el elástico de la ropa interior.
El jueves de la segunda semana, durante el período libre que Dana había negociado como parte del protocolo de entrenamiento intensivo, Irma fue al guardarropa del personal con la excusa de buscar una manta adicional que Rodrigo había autorizado.
Encontró lo que buscaba colgado en el tercer gancho desde la izquierda: un abrigo de mujer, talla mediana, azul oscuro, sin ninguna característica memorable.
Lo dejó donde estaba.
Pero lo ubicó.
El viernes a las seis de la mañana, con la clínica en el ritmo del cambio de turno, Irma encendió el teléfono prepago.
Mandó un mensaje a Pablo: Mañana sábado. 8 AM. Ruta provincial kilómetro 12. Auto estacionado lado norte.
Esperó.
La respuesta llegó en cuatro minutos.
Ahí voy a estar.
Apagó el teléfono.
Lo guardó.
El sábado amaneció despejado.
Irma lo supo por la línea de luz diferente bajo la cortina: no el blanco plano de los días nublados sino algo más definido, más dorado, la luz de un día que había decidido qué quería ser.
Se levantó.
Se vistió con la ropa del entrenamiento, la que usaba siempre, la que nadie notaría porque era la que se esperaba.
Esperó al guardia del turno.
A las siete menos cuarto llamó desde adentro.
El guardia abrió.
Lo que Irma había aprendido en semanas de entrenamiento era esto: con la cara de Mayra Solís y la postura de Mayra Solís y la voz de Mayra Solís, había personas en ese edificio que no sabían distinguir entre la instrucción de retener a Irma Vargas y la presencia de Mayra Solís pidiendo algo.
No todos.
Rodrigo sabía. Los guardias veteranos sabían. La enfermera jefe sabía.
Pero el guardia del turno de la mañana del sábado era uno de los que Rodrigo había incorporado en las últimas dos semanas después del ajuste de protocolos, el personal nuevo que no había estado en la clínica cuando llegó Irma, el que no tenía el contexto completo sino solo las instrucciones de superficie.
Irma lo había observado durante cuatro días.
Sabía exactamente cuánto sabía.
—Necesito ir a la sala de reuniones —dijo Irma—. Rodrigo me pidió que revisara el material de la evaluación antes de la sesión de hoy.
El guardia la miró.
Vio la cara de Mayra Solís.
Escuchó la voz de Mayra Solís.
Vio la postura de Mayra Solís.
— ¿Rodrigo lo autorizó? —dijo.
—Llámalo si quieres —dijo Irma, con el tono específico de Mayra cuando alguien cuestionaba algo que ella consideraba obvio: no enojo, solo la leve impaciencia de quien no entiende por qué hay que explicar cosas que son evidentes.
El guardia consideró llamar a Rodrigo.
Consideró despertar a Rodrigo un sábado a las siete de la mañana para verificar una instrucción que la persona que estaba frente a él tenía toda la apariencia de haber recibido.
Decidió no hacerlo.
—Voy con usted —dijo.
—Por supuesto —dijo Irma.
El camino hasta la sala de reuniones pasaba por el corredor lateral.
El corredor lateral pasaba frente al guardarropa del personal.
Irma se detuvo frente a la puerta del guardarropa.
—Un segundo —dijo—. Dejé algo acá el otro día.
Entró antes de que el guardia pudiera responder.
El abrigo azul oscuro estaba en el tercer gancho desde la izquierda.
Irma lo tomó.
Se lo puso.
Salió.
El guardia la miró con el abrigo puesto.
—Hace frío en la sala de reuniones —dijo Irma.
El guardia asintió.
La sala de reuniones estaba en el ala este.
La sala de enfermería estaba en el camino hacia el ala este.
Irma se detuvo frente al tablero de la sala de enfermería.
La credencial estaba donde Dana había dicho: colgada en el tercer gancho del tablero, con una etiqueta que decía ACC-07 y que correspondía, según lo que Dana le había descrito, a la credencial de apertura del portón principal.
La enfermera del turno entrante estaba en el pasillo del fondo hablando con la del turno saliente.
El guardia estaba dos pasos detrás de Irma.
Irma entró a la sala de enfermería.
—Rodrigo me dijo que tomara la llave de la sala de reuniones —dijo, con la naturalidad de quien repite una instrucción recibida.
El guardia miró el tablero.
Irma tomó ACC-07.
La cerró en el puño.
Salió de la sala de enfermería y siguió caminando hacia el ala este con el guardia detrás y la credencial en la mano y el teléfono prepago en el elástico y el abrigo azul oscuro encima de la ropa del entrenamiento.
El portón principal estaba en la planta baja, al final de la escalera que bajaba desde el ala este.
Irma había pasado por esa escalera dos veces en semanas de clínica: una vez cuando la trajeron y una vez cuando la llevaron a la sala de reuniones con los productores.
Sabía que existía.
Sabía que el portón estaba al final.
No sabía qué había entre la escalera y el portón que no fuera corredor y puertas.
Lo descubrió caminando: un corredor de doce metros, dos puertas cerradas a los lados, el portón al fondo con el lector de credenciales a la derecha.