La Sustituta

CAPITULO 31 — El dinero y la cara

El banco abrió a las nueve.

Pablo entró solo: Irma en el auto, con el abrigo azul y la cara de Mayra Solís, no era alguien que pudiera entrar a un banco un sábado a la mañana sin que alguien sacara un teléfono.

Entró con el acceso a la cuenta de Martín y salió veinte minutos después con una transferencia completada a una cuenta nueva que habían abierto a nombre de Irma en el sistema digital desde el teléfono de Pablo mientras esperaba en la fila.

Una cuenta a nombre de Irma Vargas.

El nombre existía en el sistema.

El nombre todavía era suyo.

Pablo volvió al auto.

Le mostró la pantalla del teléfono.

Irma miró el saldo de la cuenta nueva.

Era suficiente.

Más que suficiente para lo que necesitaba.

Suficiente también para lo que venía después: el departamento, los meses de recuperación, el tiempo que iba a necesitar para reconstruir algo que no sabía todavía qué forma iba a tener.

— ¿De dónde salió esto? —dijo Pablo, finalmente.

—De donde debería haber estado siempre —dijo Irma.

Pablo la miró.

Asintió.

No preguntó más.

***

La clínica de reconstrucción estaba en el barrio norte.

No era una clínica pública ni una clínica privada de las que existen en los márgenes del sistema: era una clínica real, con registro, con médicos con nombre en placas en las puertas, con una recepcionista que preguntó el nombre de la paciente y lo anotó en un sistema sin ninguna instrucción de guardar silencio a cambio de nada.

Irma Vargas.

La recepcionista lo escribió.

Irma lo escuchó escrito y pensó en cuánto tiempo había pasado desde que ese nombre había existido en un sistema sin costo.

La médica se llamaba doctora Reyes y no tenía ninguna relación con Claudio Reyes excepto el apellido, que en este país era común y que Irma procesó con la incomodidad breve de una coincidencia sin significado.

La doctora Reyes revisó la cara de Irma con la atención de quien está evaluando un trabajo ajeno: no con juicio sino con la objetividad técnica de quien necesita entender qué hay antes de decidir qué hacer.

Pidió fotos de referencia.

Pablo las tenía: rescatadas del teléfono de Martín semanas atrás, guardadas en la nube con la previsión de alguien que entendía que podían servir para algo aunque no supiera todavía para qué.

La doctora las miró.

Miró la cara de Irma.

Comparó.

—La estructura ósea no fue modificada —dijo—. El procedimiento fue de tejidos blandos principalmente. Eso hace la reversión más viable. —Hizo una pausa—. No puedo garantizarle que va a quedar exactamente como en las fotos. Puedo garantizarle que va a quedar como usted.

Como usted.

Irma guardó esa frase.

— ¿Cuándo empezamos? —dijo.

—La semana que viene —dijo la doctora Reyes— si los análisis previos están bien.

— ¿Y si quiero empezar antes?

La doctora la miró.

Vio algo en la manera en que Irma preguntó que hizo que no preguntara por qué.

—Martes —dijo.

El proceso duró cuatro meses.

Dos cirugías principales, una menor, períodos de recuperación entre cada una, controles semanales, el tiempo específico que requieren los tejidos para cicatrizar de una manera que no deje rastros de lo que fueron antes de cicatrizar.

Irma los vivió en el departamento que alquiló con el dinero de la cuenta, en un barrio que no era el suyo pero que con el tiempo fue siendo suyo de la manera en que los lugares se vuelven propios: por acumulación de mañanas y ruidos y la manera en que la luz entra por la ventana a cierta hora.

Pablo la visitaba dos o tres veces por semana.

No siempre hablaban. A veces él llegaba con comida y se sentaban en la mesa pequeña del comedor y comían sin llenar el silencio con nada, con la comodidad específica de las personas que han estado en situaciones límite juntas y que por eso no necesitan hablar para estar presentes.

A veces hablaban de Martín.

No siempre: cuando llegaba, cuando había algo que decir que no hubiera sido dicho todavía y que necesitaba salir.

Pablo había guardado todo: los documentos, las patentes, las fotos de la clínica vieja que Martín había fotografiado antes de que todo pasara. Los tenía en un disco externo y en una copia en la nube y en una tercera copia impresa en una carpeta de cartón en el cajón de su escritorio.

— ¿Para qué los guardas? —le preguntó Irma una vez.

—Porque existen —dijo Pablo—. Y las cosas que existen no deberían poder desaparecer solo porque alguien con dinero quiere que desaparezcan.

Irma pensó en eso.

Pensó en el expediente suspendido y en Herrera que había cedido y en los productores que seguían funcionando con otra chica y en el sistema que seguía siendo el sistema.

— ¿Alguna vez van a servir para algo? —dijo.

Pablo la miró.

—No sé —dijo—. Pero si algún día sirven, van a estar.

Era una respuesta que no prometía nada y que por eso era la única honesta.

El último control fue un martes de abril.

La doctora Reyes tomó las fotos de referencia y las comparó con la cara frente a ella con la misma atención de la primera consulta.

Después bajó las fotos.

Miró a Irma.

—Terminamos —dijo.

Irma asintió.

Salió de la clínica.

El sol de abril era más cálido que el de los meses anteriores, con esa calidad específica del sol después del invierno que hace que las cosas tengan sombra definida en lugar del aplastamiento de los días nublados.

Caminó hacia el colectivo.

Sin auriculares.

Con la vista en la calle, en las personas que pasaban, en la ciudad que seguía siendo la misma ciudad de siempre y que no sabía lo que había pasado y que no iba a saber a menos que alguien se lo dijera.

Pensó en Pablo con su carpeta de cartón en el cajón del escritorio.

En algún momento, quizás, eso iba a ser el momento.

Pero no hoy.




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