El espejo era nuevo.
Irma lo había comprado ella misma en una ferretería de barrio, lo había llevado a casa en el colectivo sosteniéndolo contra las piernas, lo había colgado ella misma sobre el lavatorio del baño con dos tornillos y el nivel de burbuja que el ferretero le había prestado para asegurarse de que quedara derecho.
Era un espejo ordinario.
Marco de metal, forma rectangular, el tipo que existe en miles de baños de la ciudad sin ninguna característica que lo hiciera memorable.
Esa noche, después del último control, Irma fue al baño.
Se paró frente al espejo.
Encendió la luz.
La cara que le devolvió el reflejo era la suya.
No la versión perfecta y simétrica que el doctor Lamas había construido con ocho horas de cirugía. No la cara de las fotos de prensa que el mundo había conocido como Mayra Solís. No la cara vendada de las primeras semanas en la clínica, ni la cara en proceso de las semanas de recuperación.
La suya.
Con la nariz que tenía la curva del hueso roto en el patio de la escuela primaria, tan pequeña que solo ella y Martín y su madre sabían que estaba ahí.
La doctora Reyes la había reconstruido con las fotos de referencia y con una precisión que Irma no había pedido expresamente pero que la doctora había aplicado igual, porque reconstruir bien significaba reconstruir todo, incluyendo las imperfecciones que hacían que una cara fuera de alguien y no de cualquiera.
Irma levantó el dedo índice.
Lo pasó despacio a lo largo del hueso de la nariz.
Encontró la curva.
Estaba ahí.
Pensó en Martín.
No como una decisión: como algo que llegó solo, de la manera en que llegan ciertas cosas cuando el contexto las convoca sin pedir permiso.
Pensó en el peso en el talón derecho antes que los demás.
En supe que eras tú, dicho en un campo abierto entre galpones en ruinas, en el segundo antes de que todo cambiara.
Lo pensó con el peso correcto: sin esquivarlo, sin aplastarlo, con la certeza de que iba a seguir doliendo y que el dolor era también la única prueba de que lo que había existido había existido de verdad.
Con eso no se podía hacer nada excepto cargarlo.
Irma lo cargaba.
Pensó en Mayra en el psiquiátrico.
En la promesa que había hecho en la puerta de la habitación, con la voz de quien encontró lo único que le quedaba: voy a salir de ahí.
No sabía si Mayra había salido.
No sabía si iba a salir.
El sistema que la había encerrado era el mismo sistema que seguía funcionando con otra persona con otra cara, el mismo sistema que había suspendido el expediente y que tenía dinero suficiente para seguir suspendiendo lo que necesitara suspender.
Pero Mayra había dicho voy a salir con una calma que no era el final de algo sino el principio.
Y los principios, a veces, llegaban a algún lado.
Pensó en Dana.
En nueve años sin mirar atrás y en una mañana en que miró.
En lo que costaba mirar después de nueve años sin hacerlo.
En lo que Dana había hecho igual, a pesar del costo.
Pensó en eso y no supo qué hacer con eso excepto guardarlo en el lugar donde se guardan las cosas que no tienen resolución pero que importan de todas formas.
Irma miró su reflejo durante un momento que no tenía duración precisa.
No el momento de alguien que busca algo en el espejo.
El de alguien que encontró lo que buscaba y que se permite mirarlo sin apuro, sin el vértigo de los primeros días en esa habitación sin espejo, sin la disociación de ver una cara que no era la suya moverse con sus movimientos.
Esta cara era la suya.
Con todo lo que eso significaba: la curva de la nariz, las semanas de encierro que no se veían pero que existían, los cuatro meses de recuperación, Martín, el dinero que no debería haber sido necesario robar pero que lo fue, el sistema que seguía y la justicia que no había llegado y que quizás llegaría y quizás no.
Todo eso era parte de la cara también, aunque no se viera.
Todo eso era ella.
Irma apagó la luz del baño.
Salió.
Cerró la puerta.
Y siguió.
FIN
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Pregunta para lectores:
¿Qué creen que nos define más?
¿Nuestro rostro?
¿Nuestros recuerdos?
¿O las personas que nos reconocen incluso cuando cambiamos?
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