El reino de Montelvar nació a la sombra de la montaña que le dio nombre: una mole imponente cuya cima nevada se divisa desde cualquier rincón de la capital. No importa cuán lejos uno camine entre los mercados, las murallas o los patios del palacio, siempre hay un ángulo desde el cual la cumbre blanca se impone en el horizonte, silenciosa y eterna. Incluso en los veranos más abrasadores, cuando los campos dorados parecen arder bajo el sol y el aire vibra sobre los caminos de piedra, la cima permanece cubierta de nieve, intacta, como si el invierno se negara a abandonarla.
Los antiguos sostenían que aquella nieve perpetua no era fruto del clima ni de la altura, sino de la presencia de la Diosa de las Nieves, deidad protectora del reino, quien desde el principio de los tiempos había elegido ese lugar como su morada. Decían que la montaña respiraba, lenta y profunda, y que su aliento era el frío que jamás se derretía. Algunos afirmaban que, en noches despejadas, podía oírse un murmullo que ascendía desde sus entrañas, como si algo aguardara el momento propicio para despertar.
A los pies de esa montaña se levantó la ciudad, primero como una fortaleza áspera de piedra gris, erigida para resistir invasiones del norte. Con el tiempo se transformó en corte, y luego en capital de un reino orgulloso, forjado en la resistencia y en la obstinación de su gente. Las murallas se ampliaron, los salones se adornaron con tapices y vitrales, y la plaza central se convirtió en escenario de proclamaciones, celebraciones y juicios públicos.
Durante siglos, la Casa Montelvar gobernó con relativa estabilidad. No fueron reyes perfectos, pero sí firmes. Defendieron las fronteras, consolidaron alianzas con casas vecinas y aprendieron a negociar tanto con acero como con diplomacia. Bajo su estandarte, el reino desarrolló una identidad marcada por el frío del norte y una determinación casi pétrea: Montelvar no se doblegaba con facilidad.
Todo cambió con Gustav II de Montelvar.
Apodado más tarde “el Cuervo de Montelvar”, Gustav II no comenzó como tirano. Las crónicas más antiguas lo describen como un príncipe brillante, reservado y ambicioso, dotado de una inteligencia aguda y una memoria prodigiosa. Amaba los libros, la astronomía y las antiguas leyendas que hablaban de poderes olvidados. Era admirado por su porte sereno y su capacidad de prever movimientos políticos con precisión casi profética.
Sin embargo, en algún punto —los relatos difieren y las versiones se contradicen— buscó poder más allá de los límites humanos. Algunos textos hablan de pactos prohibidos sellados en cámaras ocultas bajo la montaña. Otros mencionan grimorios encuadernados en piel antigua, rescatados de criptas olvidadas. Hay quienes juran que participó en rituales celebrados durante eclipses totales, cuando la sombra de la luna convertía el día en un crepúsculo antinatural.
Lo cierto es que Gustav II adquirió un conocimiento oscuro que transformó su reinado.
Se volvió implacable. Desconfiado. Cruel.
El pueblo comenzó a susurrar que los cuervos se posaban en los balcones del palacio y que sus ojos eran los del propio rey, observándolo todo. Sus enemigos desaparecían sin juicio ni explicación. Las disidencias eran castigadas con maleficios extraños que no dejaban marca visible, pero vaciaban la voluntad y apagaban el ánimo. Familias enteras despertaban con la certeza de haber sido vigiladas durante la noche.
Y lo más aterrador: Gustav II dejó de envejecer.
Afirmaba que la muerte no era más que una superstición inventada por los débiles para justificar su miedo. Reinó más de cien años sin que su rostro cambiara, sin que una sola arruga marcara su piel. Las generaciones crecían y morían bajo el mismo monarca inmutable, como si el tiempo mismo estuviera encadenado a su voluntad.
Aquello quebró algo profundo en el espíritu del reino.
Fue entonces cuando surgió la resistencia.
Adrien Noctharel, en aquel entonces el joven señor de Puerto Emeric —el único puerto del reino y puerta indispensable hacia el comercio y las alianzas marítimas— comenzó a reunirse en secreto con casas menores, clérigos disidentes y antiguos comandantes relegados por el tirano. Desde los muelles azotados por la bruma y el olor a sal, Adrien había aprendido a negociar con extranjeros, a leer las corrientes y a comprender que ningún reino sobrevive aislado.
No era el más poderoso ni el más antiguo de los nobles, pero poseía algo que Montelvar había olvidado: visión. Lo apodaron “el Héroe” incluso antes de la victoria, por su capacidad de encender esperanza en tiempos donde parecía extinguida.
Adrien comprendió pronto que Montelvar sola no bastaría.
Gracias a su posición en Puerto Emeric, estableció contactos discretos con emisarios de Varemir y Aurethia, al este, inquietos ante el creciente poder arcano de Gustav II. También logró atraer la atención del Imperio Dralmoria, al norte, cuya frontera ya había sufrido incursiones de criaturas invocadas por el Cuervo. La guerra que siguió no fue únicamente militar: fue una lucha contra hechicerías que desafiaban la razón, contra sombras que no proyectaban sombra y contra juramentos rotos por fuerzas invisibles.
Finalmente, tras años de asedio y sangre, Adrien Noctharel enfrentó a Gustav II en la falda misma de la montaña. Blandía Filo Helado, una espada forjada siglos antes por Arnold Durnvha, cuyo acero oscuro había atravesado generaciones antes de llegar a sus manos.
El duelo fue feroz y desigual. Gustav II dominaba artes prohibidas; la tierra misma parecía retorcerse a su favor. El viento se arremolinaba como si obedeciera su voluntad. Sin embargo, Filo Helado logró herirlo, algo que nadie había conseguido en un siglo. El acero negro abrió una grieta en la aparente invulnerabilidad del tirano.
Derrotado físicamente pero incapaz de aceptar la muerte, Gustav II lanzó un último hechizo sobre sí mismo.
Su cuerpo se convirtió en una estatua de piedra negra, más dura que el diamante, imposible de quebrar por medios conocidos. Antes de que la transformación se completara, su voz resonó como un eco cavernoso entre la nieve y la roca:
Editado: 23.03.2026