La tejedora de grietas.

Ninguno de ellos.

El aire en el Castillo de Montelvar estaba cargado de una tensión palpable, como si incluso los muros de piedra, antiguos y solemnes, contuvieran la respiración. La luz de la mañana se filtraba por los ventanales altos, dibujando franjas doradas sobre el mármol frío del suelo, pero ni siquiera aquel brillo lograba aligerar el ambiente denso que se había instalado en el palacio desde hacía días.

Maristelle, princesa de Montelvar y segunda hija del rey anterior, avanzaba por los pasillos con paso firme, haciendo resonar la suela de corcho de sus zapatos contra el mármol. Cada pisada parecía un pequeño desafío lanzado al silencio reverencial de la corte.

No era la primera vez que la convocaban para hablar de matrimonio. Ya había escuchado nombres, ya había rechazado candidatos, ya había sostenido conversaciones tensas en salones demasiado iluminados. Pero esa mañana su humor era particularmente sombrío. La acumulación de propuestas, de comentarios velados, de miradas evaluadoras, había terminado por agotar su paciencia.

Era una muchacha bajita y delgada que acababa de cumplir diecinueve años, aunque su porte decidido le otorgaba una presencia mayor. Su piel blanca estaba salpicada de pecas color rosa oscuro que se intensificaban cuando se enfadaba, como ocurría en ese preciso momento. Sus grandes ojos color chocolate, normalmente vivaces y curiosos, brillaban ahora con una mezcla de irritación contenida y firme determinación. El rebelde cabello castaño que enmarcaba su rostro rara vez obedecía intento alguno de disciplina; mechones indomables escapaban siempre de cualquier trenza o peinado elaborado, como si reflejaran su propio estado de ánimo.

Vestía un sencillo vestido verde de terciopelo, cómodo y práctico, más pensado para la libertad de movimiento que para impresionar a los cortesanos. No había en él bordados ostentosos ni pedrería excesiva. Como única joya llevaba una gargantilla de plata con un delicado dije en forma de copo de nieve, antiguo símbolo de su linaje materno. El metal relucía suavemente contra su piel mientras caminaba, subiendo y bajando al ritmo ligeramente acelerado de su respiración.

Se dirigía al despacho del rey, soltando de vez en cuando algún bufido apenas disimulado y lanzando miradas poco indulgentes a quienes se cruzaban en su camino. Las sirvientas, al reconocer su expresión, inclinaban la cabeza y se apartaban con rapidez; los nobles, más prudentes, fingían una súbita fascinación por tapices o vitrales cercanos. Nadie deseaba convertirse en el blanco de su mal humor.

La noticia de nuevas propuestas de matrimonio había vuelto a extenderse por la corte como pólvora seca. No era un acontecimiento extraordinario, pero cada anuncio renovaba el murmullo constante de especulaciones. Era un secreto a voces que circulaba entre susurros y sonrisas calculadas.

Lo que realmente la alteraba no era la existencia de pretendientes —eso ya se había convertido en una rutina incómoda— sino el tono de la convocatoria. Magnus VII había solicitado verla con carácter urgente. No para una conversación informal en el jardín, ni para una discusión compartida durante la cena, sino en su despacho, de manera oficial.

Maristelle sabía que aquello significaba algo más que otro nombre sobre la mesa. Y en su estado de ánimo, cualquier “algo más” era suficiente para encender la chispa que ya ardía bajo la superficie.

Su corazón latía con fuerza, no solo por la irritación que arrastraba desde hacía horas, sino por algo mucho más vulnerable. Bajo la rabia y el orgullo se escondía una ansiedad punzante que se instalaba bajo sus costillas. La idea de que su futuro pudiera decidirse en una conversación formal la llenaba de una angustia casi insoportable… porque ese futuro tenía un rostro muy claro en su mente, y no era el de ninguno de los pretendientes.

Finalmente divisó las puertas del despacho real y a los guardias que custodiaban la entrada.

Aquella visión la obligó a detenerse en seco.

Inspiró hondo. Se alisó el vestido con ambas manos y trató, inútilmente, de ordenar su cabello. El cambio en su actitud fue inmediato y evidente. La furia no desapareció, pero se suavizó, se volvió más consciente, más delicada.

La razón tenía nombre propio.

Adrien.

El joven que su padre había acogido años atrás, cuando apenas era un niño huérfano, y que se había criado junto a Magnus y a ella entre los muros del castillo. El que había compartido juegos infantiles, lecciones de esgrima y secretos susurrados en los jardines al caer la tarde. El que conocía sus miedos antes de que ella supiera nombrarlos. El único ante quien nunca había sentido la necesidad de fingir firmeza.

Aquel de quien Maristelle estaba enamorada desde que tenía memoria suficiente para comprender que lo que sentía no era simple amistad.

No era una pasión reciente ni un impulso caprichoso. Era una raíz profunda. Había crecido con ella, se había entrelazado con cada recuerdo, con cada risa compartida, con cada discusión absurda que terminaba en reconciliación. Amar a Adrien era, para Maristelle, tan natural como respirar.

Adrien era alto y de complexión atlética, con la piel ligeramente bronceada por los entrenamientos al aire libre y el cabello negro azabache siempre recogido con sobriedad militar. Sus ojos color avellana poseían una serenidad inusual, una calma que contrastaba con el temperamento impetuoso de la princesa. Apenas un año mayor que ella, se había convertido con el tiempo en guardia del rey… y en su confidente. Permanecía cerca de Magnus en asuntos delicados, escuchaba más de lo que hablaba y elegía sus palabras con cuidado.

Pero cuando estaba frente a ella, esa contención adquiría otra textura.

Cuando él le sonrió al verla acercarse, el mundo pareció contraerse hasta ese simple gesto. El pasillo, las armaduras relucientes, las miradas curiosas de los cortesanos… todo se desdibujó. Las mariposas en su estómago desplazaron, por un instante, cualquier pensamiento sobre alianzas políticas o deberes reales. Incluso su mal humor se resquebrajó, incapaz de sostenerse ante la calidez que irradiaba aquella sonrisa.



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En el texto hay: princesa, diosas, fantasia mediaval

Editado: 23.03.2026

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