Empujó la puerta con más fuerza de la necesaria y la cerró tras de sí con un golpe seco que hizo vibrar los candelabros de las paredes. El sonido resonó en la habitación amplia y elegante, decorada con tapices de tonos verdes y plateados, con un gran ventanal que daba a los jardines del castillo. La luz del atardecer teñía el cielo de naranja y violeta, pero ella no se percató.
Cruzó la estancia a pasos rápidos y, al llegar junto a la cama con dosel, dejó escapar el aire que había estado conteniendo desde que salió del despacho.
La furia se desmoronó primero.
Después vino el dolor.
Se dejó caer sobre el colchón y hundió el rostro entre las manos. El temblor que había contenido frente a Magnus finalmente la alcanzó. Sus hombros comenzaron a sacudirse en silencio, y pronto las lágrimas escaparon sin permiso, calientes y persistentes, deslizándose por sus mejillas hasta empapar la tela de su vestido.
No lloraba solo por el matrimonio.
Lloraba por la palabra egoísta.
Por la naturalidad con la que su hermano hablaba de morir, como si fuera un asunto administrativo más. Por la idea insoportable de perderlo. Por la sombra del Cuervo, que parecía extenderse sobre todo lo que amaba y convertir cada decisión en una cuenta regresiva.
Pero también lloraba por otra cosa, más íntima y más confusa.
Porque, en el fondo, sabía que no aceptaría casarse sin amor. Sabía que no podría soportar una vida compartida con alguien al que no eligiera con el corazón. La sola idea de despertar cada mañana junto a un hombre que no fuera Adrien le producía un vacío frío en el estómago. Se negaba a renunciar a eso. Se negaba a fingir.
Y sin embargo…
¿A qué precio?
Se incorporó lentamente y dejó las piernas colgando al borde de la cama. Sus manos, aún temblorosas, apretaron la tela del vestido.
Montelvar no era solo un palacio ni una corona. Era su gente. Era la responsabilidad que Magnus cargaba sobre los hombros desde que su padre murió. Era el reino que pronto enfrentaría nuevamente al Cuervo.
Y ella acababa de gritar que prefería morir antes que casarse con cualquiera de los candidatos.
La frase regresó a su mente con un peso devastador.
¿Había sido injusta? ¿Había hecho más difícil la tarea de su hermano? Mientras él se preparaba para arriesgar la vida por el reino, ella se aferraba a su derecho a amar.
Caminó hasta el espejo alto junto al armario y observó su reflejo. Sus ojos estaban enrojecidos, las pecas resaltaban contra la palidez de su piel, y su cabello castaño caía desordenado sobre los hombros. No parecía una princesa segura de su destino. Parecía una joven asustada.
—No soy egoísta… —susurró, como si necesitara convencerse a sí misma.
Pero la duda se filtraba entre sus pensamientos.
Porque amar no era egoísmo.
Pero tampoco lo era proteger un reino.
Y por primera vez, Maristelle sintió que su corazón y su deber caminaban en direcciones opuestas, arrastrándola entre ambos con una fuerza que la dejaba exhausta.
Unos golpes suaves interrumpieron su desconsuelo.
—¿Maristelle? —se oyó la voz familiar de Valeska al otro lado de la puerta—. Sabemos que estás ahí.
La princesa tardó unos segundos en reaccionar. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano, respiró hondo e intentó recomponerse, aunque el temblor en su pecho seguía allí, persistente.
—Si no abres, entraremos de todos modos —añadió Susana, con esa mezcla suya de dulzura y determinación.
Finalmente, Maristelle cruzó la habitación y abrió la puerta.
Valeska entró primero. La luz del corredor se reflejó en su cabello rubio, y sus ojos azules, siempre vivaces, se llenaron de preocupación al ver el rostro enrojecido de su amiga. Dio un paso más hacia ella, examinándola como si buscara una herida invisible.
Susana la siguió, más contenida, pero no menos inquieta.
—Oh, Mari… —murmuró Valeska, llevándose una mano al pecho.
Maristelle se apartó y volvió hacia la cama. No necesitó invitarlas; ambas la siguieron con naturalidad, como habían hecho tantas veces desde niñas.
—Es por lo de las propuestas, ¿verdad? —preguntó Susana con cuidado.
Maristelle dejó escapar una risa breve, quebrada.
—Claro que es por eso. ¿Qué más podría ser? Al parecer soy una alianza diplomática con piernas.
El intento de sarcasmo no logró sostenerse. Sus hombros cayeron, vencidos.
Valeska se sentó a su lado y tomó su mano entre las suyas. Su tacto era cálido, familiar. Pero Maristelle notó algo distinto: una ligera tensión en sus dedos.
—No todos los matrimonios arreglados son terribles —dijo Valeska con suavidad—. A veces pueden traer… estabilidad.
Había elegido la palabra con cuidado.
Maristelle levantó la mirada. La duda le ardía detrás de los ojos.
—Tu hermano fue uno de los nombres —confesó en voz baja.
Valeska parpadeó.
El gesto fue mínimo, casi imperceptible, pero Maristelle lo vio: la sorpresa que atravesó su expresión, la rigidez momentánea en la espalda, la manera en que sus dedos se aferraron un poco más antes de soltarse con aparente naturalidad.
—¿Armand? —preguntó, intentando mantener el tono sereno.
—Lo rechacé.
Esta vez el silencio fue más denso.
Por un instante, algo pasó por el rostro de Valeska: incredulidad, quizá una punzada de orgullo herido, tal vez la rápida conciencia de lo que ese rechazo podía significar para su familia. Pero lo cubrió casi de inmediato con una sonrisa tenue, esforzada.
—Entiendo —dijo, aunque su voz perdió una fracción de su habitual ligereza—. No… no tienes por qué aceptar nada que no quieras.
Maristelle sintió cómo el miedo se apoderaba de ella.
—No fue por ti —añadió con urgencia—. Ni para ofenderlo. Yo… simplemente no puedo casarme sin amor.
Sus palabras salieron más frágiles de lo que pretendía.
—Pero si eso te duele… si sientes que desprecié a tu familia… no era mi intención. No quiero que esto cambie lo nuestro.
Editado: 23.03.2026