La tejedora de grietas.

Lo que la libertad cuesta.

A la mañana siguiente, el sol entró por las ventanas altas como si nada hubiese ocurrido. La luz dorada avanzó por los muros de piedra y se deslizó sobre los tapices, indiferente a las lágrimas de la noche anterior. El castillo retomó su ritmo habitual: sirvientes cruzando pasillos con bandejas y mensajes, lecciones anunciadas con campanillas discretas, el murmullo lejano del patio de armas marcando el compás del acero contra el acero.

Maristelle despertó con los ojos enrojecidos y la garganta aún sensible, pero con una ligereza nueva en el pecho. No todo estaba resuelto —sus dudas seguían allí, y también sus sentimientos confusos, más vivos que nunca—, pero al menos ya no se sentía prisionera de una decisión ajena. Había recuperado algo esencial: la certeza de que su voz importaba.

Decidió hacer lo que siempre hacía cuando necesitaba claridad: buscar a sus amigas y entregarse a alguna travesura inocente que desafiara discretamente el protocolo, como si el simple acto de reírse de las normas pudiera devolverle el equilibrio.

Susana la recibió con abrazos efusivos y conspiraciones susurradas al oído, como si el mundo entero fuera un escenario preparado para sus pequeñas rebeliones.

Valeska, en cambio, lucía más contenida. Sonreía, sí; incluso participó en la planificación con su habitual ingenio. Pero había en ella una rigidez apenas perceptible: los hombros un poco más tensos, la risa un segundo más breve de lo habitual, la mirada desviándose cuando el tema rozaba lo ocurrido el día anterior.

Se esforzaba por parecer la misma de siempre.

Y eso, más que cualquier silencio, afligió a Maristelle.

Porque comprendía que su rechazo no solo había agitado al consejo ni incomodado a la corte: también había alcanzado a Valeska, cuyo linaje y futuro estaban inevitablemente ligados a esas mismas negociaciones que ella había desafiado. La tensión de su amiga no era reproche, pero tampoco era indiferencia. Era preocupación contenida.

Maristelle sintió una punzada de culpa. No se arrepentía de haber hablado; no podía traicionarse a sí misma. Pero dolía advertir que su decisión proyectaba sombras sobre quienes más quería.

Aun así, siguieron adelante con sus planes: intercambiar cintas en los estandartes del jardín sur para confundir a los heraldos, colarse en la biblioteca privada del rey —una sala vasta y solemne, repleta de estanterías altas hasta el techo, manuscritos encuadernados en cuero oscuro, reliquias antiguas y pinturas que habían pertenecido a los reyes de Montelvar— para “rescatar” algún volumen injustamente olvidado, y quizá, si la suerte las acompañaba, observar el entrenamiento de esgrima desde el balcón superior.

Fue allí, en el patio de armas, donde Maristelle lo vio.

Adrien.

El mundo pareció reducirse a un único punto en movimiento: la línea firme de su postura, la precisión con que desviaba un ataque, la concentración que endurecía suavemente sus facciones. La luz de la mañana arrancaba destellos breves de su espada y dibujaba sombras nítidas en su perfil.

Maristelle sintió cómo el aire se le detenía un instante.

No era una emoción nueva, pero esa mañana ardía con mayor claridad. Lo que sentía por él ya no podía confundirse con simple admiración ni con la ilusión pasajera de la juventud. Había algo más hondo: una mezcla de respeto, ternura y una inquietud dulce que la desarmaba.

Pensó en la noche anterior, en su negativa firme a aceptar un matrimonio sin amor. Y comprendió, con una certeza que la asustó tanto como la reconfortó, que su corazón ya había elegido sin pedir permiso.

A su lado, Valeska guardó silencio, observando el mismo punto en el patio. Su expresión seguía compuesta, casi neutral. Pero Maristelle, sensible a los matices, percibió nuevamente aquella tensión sutil, como un hilo invisible que ninguna de las dos se atrevía a nombrar.

Y mientras el sonido de las espadas resonaba bajo el cielo claro, Maristelle sintió que sus sentimientos por Adrien no solo eran su refugio… sino también el origen de nuevas y delicadas tormentas.

Adrien estaba entrenando, como siempre, con precisión impecable. El acero brillaba bajo el El sol de la mañana caía oblicuo sobre el patio de entrenamiento, dibujando destellos dorados en el acero de las espadas. Adrien se movía bajo esa luz con precisión impecable. Su postura era perfecta; la espalda recta, el mentón firme, los pies deslizándose con seguridad sobre la piedra. Cada avance y cada retroceso parecían medidos con una exactitud casi matemática.

No había rastro de descuido juvenil en él. Solo disciplina.

El choque de los aceros resonó una última vez. Con un giro limpio desarmó a su oponente y dio por terminado el asalto. Entonces se quitó el guante con movimientos tranquilos, controlados.

Fue en ese instante cuando sus miradas se encontraron.

Desde la galería, algunas muchachas que habían observado el entrenamiento descendieron apresuradamente al patio, con risas contenidas y excusas transparentes para acercarse a él. Adrien siempre atraía miradas; no solo por su habilidad, sino por esa mezcla de firmeza y serenidad que lo rodeaba.

Por un instante, Maristelle creyó que todo seguiría igual. Que él alzaría una ceja con complicidad. Que habría una sonrisa apenas insinuada, esa que precedía a alguna broma privada sobre la rigidez del maestro de armas o sobre las veces que ella misma había intentado —sin éxito— imitar sus movimientos.

Esperó el gesto.

No llegó.

Adrien inclinó levemente la cabeza.

—Alteza —dijo con una voz serena y distante.

Alteza.

La palabra cayó entre ellos como una puerta que se cierra con suavidad, pero con firmeza. No “Mari”. No el diminutivo que solo él se atrevía a usar cuando eran niños. No aquella media sonrisa cómplice. No el brillo travieso que tantas veces había encendido conversaciones secretas en los pasillos del palacio.

Maristelle sintió un leve vacío en el estómago, una sensación breve pero punzante.



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En el texto hay: princesa, diosas, fantasia mediaval

Editado: 23.03.2026

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