La tejedora de grietas.

Herederos de la sombra.

Últimamente las noches se habían convertido en un territorio hostil.

Desde la pelea, Maristelle casi no salía de su habitación. Las cortinas permanecían corridas durante horas, el aire viciado, las bandejas de comida regresaban casi intactas. A veces mordía apenas un trozo de pan para acallar a las doncellas insistentes, pero el hambre se le había vuelto lejana, como si el cuerpo no supiera ya reclamar lo que la mente no podía sostener.

Susana se había marchado sin despedirse hacía una semana.
Valeska partiría al día siguiente.

Maristelle giraba una y otra vez entre las sábanas, incapaz de encontrar postura ni descanso. En la oscuridad, las escenas se repetían con una nitidez cruel: las lágrimas silenciosas de Susana rodando por sus mejillas; el sonido seco de la bofetada de Valeska; la mirada herida antes de darse la vuelta.

Y, mezclado con todo, el recuerdo de Adrien.

Su inclinación impecable.
Su voz firme y distante.

—Alteza.

No "Mari". No una mirada sostenida. No una grieta en la compostura.

Solo una palabra pronunciada con la precisión de una espada.

Había pensado muchas veces en disculparse.

Más de las que admitiría.

Había imaginado bajar a los jardines, encontrar a Susana antes de su partida, decirle que la rabia no era contra ella. Que nada de aquello era su culpa. Que había hablado desde el miedo.

Pero siempre, en el último instante, algo la detenía.

Orgullo.

Y un temor más profundo aún: ¿y si ya era demasiado tarde?

Con Valeska había ocurrido lo mismo. Varias veces se acercó a la puerta de sus aposentos. Varias veces levantó la mano para llamar. Pero la imagen de la bofetada —no el dolor físico, sino la decepción en sus ojos— la paralizaba. ¿Cómo reparar algo cuando no se sabía ni por dónde empezar?

Con Adrien era peor.

Había ensayado conversaciones enteras en su cabeza. Una explicación. Una pregunta. Un simple "no quiero que las cosas sean así".

Pero el miedo a que él respondiera con la misma frialdad que había mostrado en el patio la obligaba a retroceder. Prefería el silencio a la confirmación de que lo había perdido.

Así, noche tras noche, los pensamientos se amontonaban hasta el amanecer.

Cuando por fin lograba dormirse, el descanso era breve y frágil, lleno de imágenes inconexas y sensaciones de caída.

Esa mañana, el leve roce de unas manos apartando las cortinas la devolvió a la vigilia.

La luz grisácea del amanecer entró con suavidad, revelando el desorden contenido de la habitación: libros cerrados sin terminar, flores marchitas en un jarrón olvidado, una capa caída sobre una silla.

—Mari —susurró la reina viuda Magnara.

La voz fue firme, pero cálida.

Maristelle parpadeó, desorientada. No estaba acostumbrada a que nadie entrara sin anunciarse.

Magnara ya estaba vestida con sobriedad: un manto oscuro de luto que caía recto sobre sus hombros, sin joyas, salvo el antiguo broche con la montaña de Montelvar grabada en plata envejecida. Su porte no era severo, pero sí sereno. Era el tipo de serenidad que se construye a través del dolor y la experiencia.

—Levántate, hija —añadió con suavidad—. Hoy me acompañaras.

Maristelle se incorporó lentamente. El movimiento le produjo un leve mareo que intentó disimular.

—¿A dónde? —preguntó, con la voz aún cargada de sueño y agotamiento.

—A la tumba de la reina Alfisthenia.

El nombre despejó parte de la bruma en su mente.

Alfisthenia, esposa del rey Theobald I, pertenecía a la antigua dinastía Montelvar, mucho antes de que el Cuervo ensombreciera la historia y antes de que los Noctharel tomaran la corona. Era recordada como una reina firme en tiempos complicados, cuando el reino aún buscaba consolidarse entre alianzas frágiles y amenazas constantes.

—Se cumple un año —dijo Magnara, sin necesidad de explicar más.

Un año desde la muerte de Roderic II.

La tradición establecía que cada viuda debía acudir a la tumba de Alfisthenia en cada aniversario de luto. Allí dejaba flores y pedía fortaleza para sostener su dolor. No era un acto público ni ceremonial; era un gesto íntimo, casi confidencial entre generaciones de mujeres que habían llevado la corona.

Magnara observó a Maristelle con atención.

—No has estado comiendo bien —dijo sin reproche.

Maristelle bajó la mirada.

Por primera vez en días, sintió que alguien veía más allá de su orgullo.

Y eso, más que cualquier reproche, le dolió.

Maristelle observó el rostro sereno de su madre.

Bajo aquella compostura había tristeza, sí —una tristeza antigua, asentada con el peso del año de luto—, pero también una entereza que siempre le había parecido casi inhumana. Como si Magnara hubiera aprendido a convivir con el dolor sin permitirle deformarla.

—Pensé que irías sola —murmuró Maristelle.

—Podría —respondió Magnara, acercándose para apartarle un mechón rebelde del rostro—. Pero el aire de la mañana te hará bien.

La suavidad del gesto desarmó algo en el pecho de la princesa.

Abrió la boca.

—Madre, yo...

Quería hablar. De Susana. De Valeska. De la bofetada. De Adrien inclinándose con esa distancia impecable. Quería decir que no había querido llegar tan lejos, que no sabía cómo retroceder.

Pero al encontrarse con la mirada tranquila de Magnara comprendió algo incómodo: no necesitaba explicar demasiado.

Su madre ya sabía.

No cada palabra exacta, ni cada insulto pronunciado en el patio, pero sabía lo suficiente. La corte murmuraba, y la reina viuda siempre había sabido escuchar incluso lo que no se decía directamente.

Sabía que Susana se había marchado sin despedirse.
Sabía que Valeska partiría al día siguiente.
Sabía que Adrien había adoptado una formalidad fría y rígida.

Y sabía que su hija llevaba días encerrada, apenas comiendo, caminando en círculos dentro de su habitación como si el espacio se hubiera vuelto una jaula.



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En el texto hay: princesa, diosas, fantasia mediaval

Editado: 09.04.2026

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