La tejedora de grietas.

El mausoleo de Alfisthenia.

Entraron finalmente en la necrópolis de la ciudad.

No era un cementerio pequeño ni reciente.
La necrópolis de la capital se extendía ampliamente más allá de lo que Maristelle recordaba de sus visitas de infancia.

Cubría dos colinas completas, la suave depresión que se formaba entre ellas y una franja considerable del campo circundante. Senderos de grava y tierra serpenteaban entre lápidas antiguas, criptas familiares y pequeños mausoleos levantados por generaciones de nobles y ciudadanos acomodados. Más allá, donde el terreno se abría hacia la pradera, sencillas piedras talladas, estelas de madera oscura y pequeños montículos marcaban las tumbas más humildes.

Incluso a esa hora temprana, el lugar tenía una presencia profunda, casi solemne, como si el peso de siglos de memoria reposara bajo aquella extensión de tierra ondulada.

La colina más alta dominaba todo el conjunto. En su cúspide se alzaba el gran mausoleo del rey Leoric I, visible incluso desde partes de la ciudad. Era una tumba muy antigua, erigida siglos antes que muchas de las construcciones que ahora la rodeaban, y su presencia había terminado por convertir aquella altura en el punto más reconocible de la necrópolis. Desde allí, según se decía, el viejo rey continuaba vigilando la ciudad que había ayudado a consolidar.

Pero su destino estaba en la otra.

En la colina más baja, más sobria y serena, se alzaba el mausoleo que resguardaba los restos de la reina Alfisthenia.

El monumento no era grandioso en tamaño, pero sí en presencia. Sus muros, construidos con bloques de caliza clara, habían sido suavizados por siglos de viento, lluvia y nieve. Columnas sencillas sostenían un frontón triangular donde el antiguo escudo de Montelvar apenas se distinguía ya, desgastado por el tiempo hasta convertirse casi en una sombra en la piedra.

A medida que se acercaban, Maristelle distinguió figuras ya reunidas frente a la entrada.

No estaban solas.

Varias mujeres vestidas de luto se encontraban allí. Algunas llevaban vestidos finos, de telas oscuras y bien cortadas que delataban su origen noble. Otras vestían prendas más sencillas, capas gruesas y pañuelos negros atados sobre el cabello, propios de comerciantes o artesanos de la ciudad.

Ninguna hablaba en voz alta.

Se movían con una lentitud casi ceremonial, como si el lugar mismo impusiera un ritmo distinto al del mundo exterior. Una tras otra se acercaban a la base del mausoleo y depositaban flores blancas antes de retirarse unos pasos, inclinando la cabeza por un instante.

No había escoltas ostentosos.

No había proclamaciones.

Solo silencio.

Un silencio compartido, espeso y respetuoso.

Las flores blancas cubrían parcialmente la base del mausoleo: lirios largos de tallo delicado, azucenas abiertas como pequeñas estrellas pálidas, ramos de campanillas invernales que apenas asomaban entre hojas verdes.

Algunas flores estaban frescas, todavía húmedas por el rocío de la mañana. Otras comenzaban ya a inclinarse lentamente donde habían sido dejadas días antes.

La piedra del monumento, erosionada por siglos de viento y estaciones, parecía absorber aquel gesto repetido generación tras generación.

Como si cada ramo añadido no fuera solo una ofrenda, sino una conversación silenciosa entre mujeres separadas por el tiempo.

Maristelle desmontó en silencio junto a su madre.

Por un instante, al posar los pies en la grava húmeda del sendero, se sintió extrañamente pequeña entre las mujeres reunidas allí. No era solo la princesa del reino; en aquel lugar era también una hija que había perdido a su padre, como tantas otras habían perdido a los suyos.

Observó los rostros a su alrededor.

Había viudas que habían perdido a sus esposos en las guerras de la frontera, hombres que jamás regresaron de campañas largas y lejanas. Otras habían visto a sus maridos apagarse lentamente por enfermedades que ningún médico pudo detener. Algunas, simplemente, habían sobrevivido al lento desgaste de los años.

Algunas de las mujeres eran jóvenes, con rostros aún suaves y ojos demasiado serios para su edad. Otras tenían el cabello completamente plateado, recogido con sencillos broches de madera o metal oscuro. Pero en todas había una misma expresión contenida: no el desconsuelo abierto de un llanto reciente, sino el duelo asentado, profundo, aprendido con el tiempo.

Un silencio que parecía haberse convertido en parte de ellas.

Magnara avanzó con paso firme hacia el mausoleo. No reclamó atención, ni nadie pareció sentirse obligado a ofrecérsela. Varias mujeres inclinaron la cabeza al reconocerla, pero no hubo ceremonias ni anuncios.

Era reina viuda, sí.
Pero allí no había jerarquías rígidas.

Solo mujeres unidas por la experiencia común de la pérdida.

Maristelle sostuvo su ramo con ambas manos mientras caminaba tras su madre. El aire era frío y limpio, cargado con el tenue aroma de las flores blancas acumuladas frente al monumento.

Al acercarse al mausoleo, pudo observar con más detalle el relieve tallado en la piedra.

La figura estilizada de Alfisthenia estaba representada de pie, sosteniendo un ramo muy parecido al que ahora ellas llevaban. Detrás de la reina, grabada con líneas suaves, se alzaba la silueta de la montaña de Montelvar.

El rostro esculpido no era idealizado.
No era el rostro distante de una diosa ni de una figura legendaria.

Había serenidad en sus facciones, pero también determinación. Una firmeza tranquila que parecía sostenerse incluso después de siglos.

Magnara fue la primera en inclinarse.

Depositó las flores con un gesto pausado y deliberado, acomodando los tallos entre los otros ramos con un cuidado casi reverente, como si cada uno mereciera un lugar exacto entre los demás.

Luego dio un paso atrás.

Inclinó ligeramente la cabeza.

Maristelle avanzó entonces.



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En el texto hay: princesa, diosas, fantasia mediaval

Editado: 09.04.2026

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