La tejedora de grietas.

Disculpas y despedidas.

Atravesó los pasillos del palacio con pasos cada vez más rápidos. Los sirvientes se apartaban a su paso, inclinándose, pero ella apenas los veía. El peso de la conversación con su madre aún estaba en su pecho, mezclado con algo nuevo.

Una decisión.

Cuando llegó al corredor donde estaban las habitaciones de las damas de compañía, su paso se volvió más lento.

La puerta de Valeska estaba allí.

Cerrada.

Maristelle se detuvo frente a ella.

Durante un momento que pareció interminable, simplemente la miró.

Su corazón latía con fuerza. De pronto, todas las palabras que había pensado durante días parecían desaparecer. ¿Y si era demasiado tarde? ¿Y si Valeska no quería verla? ¿Y si abría la puerta solo para despedirse con frialdad?

Su mano se elevó... y volvió a bajar.

Respiró hondo.

Recordó las palabras de su madre. Recordó también a Susana marchándose sin despedirse.

No quería que aquello se repitiera.

Cerró los ojos un instante, reuniendo el valor que le había faltado durante toda la semana.

Luego levantó la mano nuevamente.

Y golpeó suavemente la puerta de su amiga.

La puerta no se abrió de inmediato.

Durante unos segundos solo hubo silencio al otro lado, roto apenas por algún movimiento apagado: el roce de madera, el sonido de algo pesado siendo movido.

Maristelle sintió cómo la tensión le apretaba el pecho.

Entonces el cerrojo giró.

La puerta se abrió lo justo para dejar ver a Valeska.

Su aspecto era distinto al habitual. El cabello, normalmente bien trenzado, caía ahora en mechones sueltos alrededor de su rostro. Llevaba las mangas arremangadas y pequeñas gotas de sudor brillaban en su frente. Detrás de ella, Maristelle alcanzó a ver cofres abiertos, telas dobladas a medias, libros apilados con prisa. El aire de la habitación tenía ese desorden propio de una partida inminente.

Valeska la miró.

Primero con sorpresa.

Luego con un desagrado evidente que endureció sus facciones.

—¿Qué quieres, Mari? —preguntó sin apartarse de la puerta.

No hubo saludo.

No hubo sonrisa.

La frialdad de su voz golpeó a Maristelle más fuerte de lo que esperaba.

Durante un instante intentó hablar con la compostura que había imaginado en su cabeza durante todo el camino de regreso.

Pero no lo logró.

Las palabras se rompieron antes de salir.

—Yo... —empezó.

Y entonces las lágrimas llegaron.

No una lágrima discreta, como la que había dejado caer en la tumba de Alfisthenia, sino un llanto repentino, torpe, que parecía haber estado esperando demasiado tiempo.

—Lo siento... —dijo entrecortadamente—. Lo siento tanto, Valeska.

La expresión de Valeska no cambió de inmediato. Seguía mirándola con el ceño fruncido, los brazos cruzados contra el marco de la puerta.

Maristelle intentó continuar, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano sin mucho éxito.

—Yo... estaba furiosa —balbuceó—. Adrien estaba tan frío conmigo... como si yo fuera una extraña... y luego Susana... y tú también te ibas... y sentí que todo se estaba rompiendo y...

Su voz volvió a quebrarse.

—Nunca pensé lo que dije —añadió, sacudiendo la cabeza—. No de verdad. Solo quería herir... quería que alguien sintiera lo mal que me sentía.

El silencio cayó entre ambas.

—Fue cruel —continuó Maristelle, casi en un susurro desesperado—. Lo sé. Lo sé. Y me arrepiento todos los días desde entonces.

Sus hombros temblaban ahora.

—No quería que te fueras pensando que... que no me importabas.

Valeska exhaló lentamente.

Durante un largo momento no dijo nada. Solo observó a su amiga llorando frente a ella, con el orgullo finalmente derrumbado.

Luego habló.

—Eres increíblemente tonta, ¿lo sabes?

Maristelle levantó la vista, sorprendida por el tono.

Valeska seguía frunciendo el ceño.

—No porque te enojaras —continuó—. Todos nos enojamos. Pero porque elegiste las palabras más crueles que pudiste encontrar.

Se apartó un poco de la puerta, aunque aún no parecía completamente dispuesta a ceder.

—Susana lloró durante horas, Mari. Horas.

Maristelle cerró los ojos, como si cada palabra fuera un golpe.

—Y lo de Cedric... —Valeska negó con la cabeza—. ¿Decirle eso justo antes de su boda? ¿En serio pensaste que algo bueno podía salir de ahí?

—No —susurró Maristelle—. No pensé.

—Exacto.

Valeska se apoyó contra el marco, cruzando los brazos otra vez.

—A veces eres brillante. Otras veces eres tan tonta que parece que tu cerebro decide tomarse el día libre.

Maristelle dejó escapar un pequeño sollozo, avergonzada.

El silencio volvió.

Esta vez más corto.

Valeska la observó un instante más... y finalmente su expresión comenzó a suavizarse.

—Y además —añadió con un suspiro—, lloras de una forma terrible. Es imposible mantener el enojo cuando haces esa cara.

Maristelle parpadeó, confundida.

Valeska negó con la cabeza otra vez, aunque ahora había un atisbo de la vieja calidez en su mirada.

—Entra antes de que alguien vea a la princesa de Montelvar llorando en el pasillo.

Maristelle tardó un segundo en reaccionar.

—¿Eso significa...?

—Significa —dijo Valeska, rodando los ojos— que quizás te perdono.

Luego levantó un dedo.

—Pero solo después de que termines de escuchar mi sermón completo.

Maristelle soltó una risa entre lágrimas, la tensión de toda la semana rompiéndose de golpe.

Valeska se hizo a un lado para dejarla pasar.

Cuando Maristelle cruzó el umbral, su amiga añadió con tono severo:

—Y si vuelves a decir algo así de cruel delante de mí, te daré una bofetada peor que la anterior.

Pero esta vez había una sonrisa pequeña, inevitable, escondida en la comisura de sus labios.

Valeska cerró la puerta con el pie cuando Maristelle entró en la habitación. El sonido seco del pestillo marcó el final de la escena en el pasillo y el inicio de otra muy distinta.



#1551 en Fantasía
#1951 en Otros
#122 en Aventura

En el texto hay: princesa, diosas, fantasia mediaval

Editado: 09.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.