La tejedora de grietas.

Estudios y cartas.

Los dos meses siguientes transcurrieron con una quietud distinta en la vida de Maristelle.

No era una quietud vacía, sino una llena de pequeños cambios.

Desde la partida de Valeska, el palacio había adquirido una atmósfera diferente para ella. Los pasillos eran los mismos, los jardines seguían floreciendo al ritmo de las estaciones, las voces de los sirvientes y consejeros llenaban las salas como siempre... pero algo en su rutina había cambiado de manera sutil y persistente.

Maristelle comenzó a tomarse su posición con más seriedad.

No fue una transformación súbita ni dramática. Más bien ocurrió en gestos pequeños que, con el paso de las semanas, se volvieron habituales.

Pasaba más tiempo en la biblioteca del palacio, revisando crónicas del reino, tratados de leyes antiguas y registros de disputas territoriales. Al principio le resultaban pesados y lentos, pero poco a poco comenzó a encontrar cierta curiosidad en ellos: historias de decisiones tomadas siglos atrás que todavía influían en la vida del reino.

También empezó a asistir con mayor frecuencia a las reuniones del consejo real.

Al principio permanecía en silencio la mayor parte del tiempo, sentada un poco detrás de Magnus, escuchando las discusiones entre consejeros, comerciantes y enviados de las provincias. A veces se aburría. Otras veces le sorprendía descubrir lo complejas que podían ser decisiones que desde fuera parecían simples.

Magnus, para su sorpresa, no pareció incomodarse por su presencia.

De hecho, en más de una ocasión le pidió su opinión después de que los demás hubieran hablado, obligándola a ordenar sus ideas antes de responder.

No siempre acertaba, pero estaba aprendiendo.

También comenzó a pasar más tiempo con otras damas de la corte.

Eran mujeres educadas, refinadas, con las que podía conversar sobre política, música, literatura o los pequeños eventos sociales del reino. Algunas incluso le resultaban agradables.

Pero no era lo mismo.

Con ellas había cordialidad, respeto... incluso cierta amistad.

Lo que no había era la complicidad despreocupada que había compartido con Valeska y Susana. Nadie se reía con ella de la misma forma, ni la empujaba a alguna travesura improvisada en los jardines.

Había momentos en los que sentía ese vacío con claridad.

Y en esas ocasiones pensaba inevitablemente en la carta.

La pelea con Susana había ocurrido apenas una semana antes de que ella partiera, pero durante días el recuerdo había seguido pesándole.

Escribirle había sido mucho más difícil de lo que había imaginado.

Durante días evitó hacerlo.

Cada vez que intentaba comenzar, las palabras parecían equivocadas. O demasiado formales. O demasiado frías. O demasiado torpes.

Cuando finalmente se obligó a escribir, el resultado fue... caótico.

La carta terminó siendo casi una cadena interminable de disculpas.

Disculpas por lo que había dicho aquella noche.

Disculpas por no haber pensado antes de hablar.

Disculpas por haber dejado que su enojo y su frustración se desbordaran sobre alguien que no lo merecía.

Cuando finalmente la selló, Maristelle tuvo la incómoda sensación de que había quedado peor de lo que esperaba, aún así reunió el valor de enviarla.

La respuesta tardó mucho en llegar.

Tanto que, durante un tiempo, comenzó a pensar que quizás nunca lo haría.

Pero una tarde, varias semanas después, uno de los mensajeros del palacio le entregó una carta con un sello que reconoció de inmediato.

La abrió con una mezcla de nerviosismo y alivio.

La letra de Susana era tan ordenada y clara como siempre.

En la carta le contaba que, al principio, sus palabras sí la habían herido.

Había pasado varios días triste, preguntándose si tal vez Maristelle tenía razón y su matrimonio estaba condenado antes incluso de comenzar.

Pero con el paso del tiempo había comenzado a verlo de otra manera.

Le confesaba que, pensándolo con calma, muchas de las preocupaciones que Maristelle había mencionado no eran completamente absurdas.

Se conocían poco. Provenían de lugares distintos. Su unión había sido acordada con rapidez.

Todo eso era cierto.

Pero también le contaba algo que Maristelle no esperaba leer.

Cedric, pese a su carácter frío y su forma reservada de comportarse en público, había resultado ser muy distinto en privado.

No era un hombre de grandes demostraciones ni de palabras afectuosas. A veces incluso parecía distante durante el día, ocupado en asuntos del reino o perdido en sus propios pensamientos.

Pero demostraba su afecto de maneras pequeñas y constantes.

Recordaba qué flores prefería y hacía que aparecieran en sus habitaciones sin decir nada. Mandaba preparar platos que ella había mencionado una sola vez que le gustaban. Cuando las noches se volvían demasiado frías, hacía encender el fuego antes de que ella regresara.

No lo decía.

Simplemente lo hacía.

Susana escribía que al principio aquello la confundía, porque Cedric seguía pareciendo serio y casi inexpresivo ante los demás... pero que poco a poco había empezado a entender que esa era su forma de cuidarla.

Y que, sin darse cuenta, comenzaba a apreciarlo más de lo que había esperado.

Incluso, confesaba con cierta timidez en la carta, empezaba a pensar que tal vez estaba desarrollando sentimientos por él.

También le contaba que, por respeto al largo viaje que ella había hecho y al poco tiempo que aún llevaban conociéndose, ambos habían decidido esperar antes de celebrar la boda.

Querían conocerse mejor primero.

Aprender a convivir sin la presión inmediata de una ceremonia.

La última parte de la carta era más ligera.

Susana decía que todavía se estaba acostumbrando a la vida en Bastión Sombrío, que el tiempo allí era más frío de lo que imaginaba y que, para su sorpresa, Cedric tenía un sentido del humor bastante seco cuando se relajaba.



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En el texto hay: princesa, diosas, fantasia mediaval

Editado: 09.04.2026

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