La tejedora de grietas.

En la mirada de la diosa.

No supo cuánto tiempo pasó.

Pero cuando volvió a abrir los ojos, la biblioteca estaba extrañamente silenciosa.

Las lámparas seguían encendidas, aunque la luz parecía más tenue, como si la habitación estuviera cubierta por una neblina muy fina.

Maristelle frunció ligeramente el ceño, incorporándose un poco.

Fue entonces cuando la vio.

Estaba de pie en medio de la biblioteca.

No había hecho ruido.

Simplemente estaba allí.

Era una mujer de piel bronceada, luminosa como si reflejara una luz propia, y su cabello caía libre por su espalda en una cascada plateada.

Pero no era un plateado común.

Entre los mechones brillaban reflejos azules y dorados, como si diminutos fragmentos de zafiro y oro estuvieran entrelazados en cada hebra.

El efecto era extraño y hermoso al mismo tiempo.

Como si la escarcha de un amanecer hubiera sido mezclada con joyas.

Vestía un vestido blanco.

Un blanco tan puro que parecía casi irreal.

La tela tenía el aspecto de nieve recién caída, pero salpicada con el brillo suave de perlas, diamantes y pequeños cristales que atrapaban la luz de las lámparas.

El corte era sencillo.

Sin capas exageradas ni adornos innecesarios.

Y aun así, Maristelle lo supo de inmediato:

Era, sin duda, el vestido más hermoso que había visto jamás.

Incluso habiendo pasado toda su vida en la corte.

Pero lo más extraño de todo no era su apariencia.

Era su expresión.

La mujer estaba visiblemente molesta.

Con los brazos cruzados y el ceño fruncido, tenía exactamente la misma expresión que un niño cuando hace una rabieta.

Antes de que Maristelle pudiera decir una sola palabra, la mujer habló.

—¡Ah, por fin despiertas!

Su tono no era solemne.

Ni majestuoso.

Ni siquiera particularmente digno.

Sonaba, más bien, como el de una niña caprichosa haciendo un berrinche a sus padres por no haberle comprado un dulce.

—¡Llevo rato esperando! —continuó, claramente irritada—. ¿Crees que no tengo cosas mejores que hacer?

Maristelle la observó en silencio unos segundos.

Su mente tardó un momento en acomodar lo que estaba viendo.

Pero cuando finalmente lo hizo, una certeza tranquila se asentó en su pensamiento.

No había duda posible.

Aquella mujer era la Diosa de las Nieves.

La antigua deidad protectora de Montelvar.

La misma cuyo templo se alzaba en las montañas del norte.

La misma a la que su dinastía había jurado fidelidad generaciones atrás.

Y, aparentemente...

estaba de mal humor.

La diosa la señaló con un dedo acusador.

—¡Todo esto es culpa tuya, por cierto!

Maristelle parpadeó.

—¿...mía?

—¡Claro que tuya! —respondió la diosa con indignación—. ¡Tu absurda negativa a casarte está causando problemas en mis planes!

La princesa tardó un momento en responder.

—No sabía que... mis decisiones personales formaban parte de sus planes.

La diosa frunció aún más el ceño, como si la obviedad de aquello fuese indiscutible.

—¡Por supuesto que sí!

Luego soltó un suspiro exagerado, llevándose una mano a la frente como si estuviera soportando una carga insoportable.

—De verdad... —murmuró—. Los humanos son imposibles.

Le lanzó otra mirada acusadora.

—¡Tu testarudez está desordenándolo todo!

Maristelle, aún sentada con un gran libro sobre tratados agrícolas, la observó con una mezcla extraña de incredulidad y curiosidad.

Porque, de todas las cosas que había esperado encontrar aquella noche en la biblioteca...

ser regañada por una diosa caprichosa por no querer casarse definitivamente no estaba entre ellas.

—¿Qué planes... exactamente he arruinado?

Maristelle lo preguntó con cautela, todavía intentando ordenar en su mente la extraña escena: una biblioteca silenciosa, una diosa vestida como si hubiera sido esculpida en nieve y joyas... y un regaño digno de una niña contrariada.

Pero la mujer, que un momento antes parecía tan dispuesta a quejarse, de pronto entrecerró los ojos con una expresión taimada.

—Eso no te incumbe.

La respuesta fue inmediata.

Y sospechosamente evasiva.

—Pero acaba de decir que—

—¡No importa! —la interrumpió la diosa con un gesto impaciente de la mano, como si estuviera espantando una mosca—. Son asuntos complicados.

Luego la observó de arriba abajo con una mirada evaluadora que no parecía demasiado impresionada.

—Además... —añadió con un pequeño bufido—. No estoy segura de que pudieras entenderlos.

Maristelle levantó una ceja.

La diosa suspiró de manera exagerada.

—Aunque seas una completa tarada.

La princesa parpadeó.

—...¿perdón?

Pero la diosa continuó como si no hubiese dicho nada fuera de lo común.

—Sigues teniendo la sangre de mi pequeño Leoric.

Lo dijo con una especie de orgullo distraído, como quien menciona a una mascota especialmente querida.

—Así que supongo que deberías servir para algo.

Maristelle tardó un momento en responder.

—Eso ha sido... sorprendentemente ofensivo para venir de un ser divino.

La diosa ignoró el comentario por completo.

—Si tu familia todavía recuerda la promesa que me hicieron —continuó, señalándola nuevamente con ese gesto acusador— entonces vas a hacer algo muy simple.

Se inclinó un poco hacia ella.

—Toma Filo Helado.

El nombre hizo que Maristelle se tensara apenas.

No era un objeto cualquiera.

Filo Helado era una gran espada, una de las armas más antiguas asociadas a la dinastía de Montelvar. Había pertenecido a Adrien I, el rey que derrotó al Cuervo en primer lugar, y desde entonces había sido conservada y guardada durante generaciones en las armerías reales.

No era una espada que se usara.

Era una que se preservaba.

La diosa continuó:

—Y llévala a Bastión Sombrío.



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En el texto hay: princesa, diosas, fantasia mediaval

Editado: 09.04.2026

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