A la mañana siguiente, Maristelle seguía sin haber decidido si lo ocurrido en la biblioteca había sido un sueño... o algo más.
Pero sí había decidido una cosa.
Necesitaba respuestas.
Y si había un lugar donde al menos podía empezar a buscarlas, ese era el monasterio.
No el verdadero Monasterio Azul, el que se alzaba en las montañas del norte, rodeado de nieves eternas y largos caminos de peregrinación. Subir hasta allí habría significado varios días de viaje, ceremonias interminables y demasiadas miradas curiosas.
No.
Por ahora no necesitaba tanto.
En la capital existía un monasterio menor, una sede citadina fundada siglos atrás para atender a los fieles que no podían emprender la peregrinación completa. Era más pequeño, más modesto... pero sus monjes pertenecían a la misma orden.
Para lo que Maristelle quería preguntar, bastaría.
Cuando Magnus supo de su intención de visitarlo, la reacción del rey fue curiosa.
Primero la miró con una sorpresa evidente.
—¿El monasterio? —había repetido, como si no estuviera seguro de haber oído bien.
Maristelle se encogió ligeramente de hombros.
—Solo una visita.
Magnus no hizo más preguntas.
Pero sonrió.
Una sonrisa genuina, incluso un poco satisfecha.
Y antes de que ella pudiera salir del castillo, había ordenado que la escoltaran.
No con una guardia numerosa.
Solo con dos caballeros.
El primero era Ser Lymir.
Un hombre enorme, de hombros anchos como puertas de fortaleza y rostro endurecido por demasiadas batallas. Le faltaba un ojo, reemplazado por una cicatriz gruesa que cruzaba parte de su cara.
Cuando caminaba por los pasillos del palacio, los sirvientes solían apartarse instintivamente.
No era un hombre cruel.
Pero tenía la apariencia exacta de alguien que podía serlo.
El segundo era Ser Dalton Lunebral, que la acompañó como siempre con su sonrisa fácil y su aire relajado, como si aquella salida fuera poco más que un paseo agradable.
A media mañana, los tres montaban a caballo en el patio oriental del castillo.
El sol ya estaba alto y el aire se había vuelto más templado. Las torres del palacio proyectaban sombras más cortas sobre las losas del patio mientras los sirvientes abrían las grandes puertas.
Cuando estas terminaron de abrirse, salieron por la puerta este de la fortaleza.
La ciudad ya estaba plenamente despierta.
Las calles cercanas al castillo formaban el barrio acomodado de la capital: avenidas amplias, casas de piedra con balcones ornamentados, jardines amurallados y pequeñas plazas con fuentes.
Los comerciantes atendían a los primeros clientes.
Carruajes de nobles circulaban con tranquilidad por las calles pavimentadas.
Y más de una persona se detenía discretamente al reconocer a la princesa cabalgando por la calle.
Ser Lymir avanzaba unos pasos por delante, con la postura rígida y la mano siempre cerca de la empuñadura de su espada.
Su sola presencia bastaba para mantener a los curiosos a una distancia prudente.
Ser Dalton cabalgaba al otro lado de Maristelle, manteniendo un ritmo tranquilo, aunque apretaba con fuerza el mango de su espada y miraba atentamente en todas direcciones, Mari se preguntó si de verdad era un paseo tan peligroso.
El pequeño grupo avanzó por las calles del barrio noble, dejando atrás las residencias más lujosas.
A lo lejos, entre los tejados de la ciudad, ya comenzaba a verse la silueta del monasterio menor.
Sus muros blancos y su campanario sencillo destacaban entre las construcciones circundantes.
Maristelle lo observó en silencio mientras cabalgaban.
No estaba segura de lo que iba a encontrar allí.
Ni siquiera estaba completamente segura de qué iba a preguntar.
Pero si la Diosa de las Nieves realmente había decidido aparecer en sus sueños para regañarla como a una niña...
entonces alguien, en ese monasterio, tendría que saber algo al respecto.
Cuando finalmente llegaron al monasterio menor, el ritmo de la ciudad quedó atrás casi de inmediato.
El edificio no era grande, pero tenía una presencia tranquila que lo separaba del bullicio de las calles cercanas. Sus muros blancos estaban ligeramente desgastados por los años, y el pequeño campanario proyectaba una sombra corta sobre el patio delantero.
Un par de novicios barrían las losas cuando los tres jinetes se acercaron.
Al reconocer a la princesa, uno de ellos casi dejó caer la escoba.
Maristelle desmontó con calma.
—Esperaré aquí, alteza —dijo Ser Dalton con su habitual sonrisa despreocupada.
Antes de que ella pudiera decir nada más, él ya había tomado posición cerca de la entrada, con una naturalidad casi perezosa que hacía parecer que simplemente estaba descansando... aunque su mirada seguía atenta a todo lo que ocurría en la calle.
Ser Lymir, en cambio, desmontó al mismo tiempo que ella.
—La acompaño —dijo con voz grave.
Maristelle lo miró un momento, algo sorprendida.
Había asumido que ambos caballeros se quedarían afuera.
Mientras caminaban hacia la entrada del monasterio, la princesa no pudo evitar preguntarse por qué Magnus había organizado la escolta de esa manera.
Pero la respuesta se volvió evidente apenas cruzaron el umbral.
Ser Lymir hizo una pequeña inclinación de cabeza hacia la estatua de la Diosa de las Nieves que se alzaba en el vestíbulo.
Luego otra, más profunda, frente a un pequeño altar lateral.
Y cuando un monje pasó junto a ellos, el enorme caballero se apartó con una reverencia breve pero respetuosa.
Maristelle alzó ligeramente una ceja.
Así que era eso.
Ser Lymir era devoto.
Mucho más de lo que su aspecto feroz sugería.
Un novicio desapareció rápidamente por un pasillo interior, seguramente para avisar de su llegada. Apenas unos momentos después, varios monjes y dos sacerdotisas salieron a recibirla.
Editado: 09.04.2026