Pasaron varios días.
El otoño ya había comenzado.
Las hojas de los árboles del patio interior comenzaban a tornarse doradas y rojizas, y el aire que corría por los corredores del castillo tenía ese frío suave que anunciaba que el invierno no estaba demasiado lejos.
Durante ese tiempo, Maristelle no volvió a mencionar el asunto.
Ni a los caballeros.
Ni a sus amigas por correspondencia.
Y, sobre todo, no a Magnus.
Sin embargo, la idea seguía allí.
Persistente.
Cada mañana se decía que ese sería el día en que reuniría el valor para hablar con su hermano.
Y cada noche terminaba posponiéndolo para el día siguiente.
No era miedo exactamente.
Pero tampoco era algo que pudiera pedir con ligereza.
Más de una vez se sorprendió lamentando en silencio que Filo Helado estuviera guardada precisamente allí.
Porque si la espada hubiera estado en cualquier otra parte del castillo, las cosas habrían sido mucho más sencillas.
Magnus le había dado acceso prácticamente libre a la mayoría de los espacios importantes del palacio.
Maristelle podía entrar sin problemas en la sala del trono, en la cámara del consejo e incluso en el despacho real.
A veces entraba allí solo para conversar con él.
O para discutir asuntos menores del reino.
Pero la biblioteca privada...
esa era otra historia.
Había estado allí algunas veces, claro.
Pero siempre acompañada.
La biblioteca privada del rey era, en cierto modo, territorio personal.
Un lugar donde Magnus guardaba textos antiguos, correspondencia diplomática, crónicas históricas y una buena cantidad de documentos que no estaban destinados a circular libremente por el castillo.
Por esa razón solía mantenerse cerrada con llave.
No era un sitio al que cualquiera pudiera entrar simplemente empujando la puerta.
Ni siquiera ella.
Si quería acceder a la biblioteca... necesitaba pedirle permiso a su hermano.
Y por alguna razón que ni siquiera terminaba de entender del todo, le estaba costando hacerlo.
Quizás porque no sabía cómo explicarlo.
¿Cómo se suponía que debía decirle algo así?
Magnus, ¿podrías abrirme tu biblioteca privada?
Necesito tomar una espada centenaria porque la Diosa de las Nieves me lo pidió en un sueño.
Maristelle suspiró para sí misma mientras caminaba por uno de los corredores del castillo.
No.
Definitivamente necesitaba pensar una mejor explicación.
Finalmente, la oportunidad llegó de la forma más simple posible.
Al terminar una reunión del consejo.
Habían pasado casi dos horas discutiendo asuntos tediosos: impuestos de las ciudades del sur, disputas menores entre nobles de frontera y la reparación de un puente que, según parecía, llevaba diez años "a punto de derrumbarse".
Cuando los consejeros comenzaron a retirarse, el gran salón fue quedando en silencio poco a poco.
Magnus se levantó de su asiento al final de la mesa, estirándose ligeramente como quien acaba de terminar una tarea larga y poco interesante.
Maristelle caminó a su lado mientras salían del salón.
Durante varios pasos no dijo nada.
Sintió ese pequeño nudo en el estómago que había estado evitando durante días.
Pero si no lo decía ahora... probablemente volvería a posponerlo.
Así que respiró hondo.
—Magnus.
El rey la miró de reojo.
—¿Sí?
Maristelle fingió un tono casual.
—Quería preguntarte algo.
—Eso suena peligroso —Maristelle no supo si era un chiste o no, porque su rostro permaneció serio.
Ella lo ignoró.
—¿Podría entrar un momento a tu biblioteca?
Magnus levantó una ceja.
—¿A mi biblioteca privada?
—Sí.
Caminaron unos pasos más por el corredor antes de que él preguntara con naturalidad:
—¿Qué libro buscas?
Maristelle abrió la boca.
Y se quedó en blanco.
No había pensado en esa parte.
Durante un segundo su mente intentó desesperadamente recordar el nombre de cualquier libro que hubiera visto allí alguna vez.
Pero lo único que encontró fue un vacío incómodo.
—Eh...
Magnus se detuvo.
La miró.
No con sospecha exactamente.
Más bien con una curiosidad tranquila.
—¿Qué libro, Maris?
Ella sintió que el silencio se alargaba demasiado.
—Uno... sobre historia.
Magnus inclinó ligeramente la cabeza.
—Eso no reduce demasiado las opciones.
Maristelle apartó la mirada con una expresión que mezclaba incomodidad y una ligera frustración consigo misma.
Por un momento pareció considerar retirarse con alguna excusa torpe.
Pero Magnus soltó una pequeña risa por la nariz.
—Ven.
Reanudó la marcha.
—Te llevaré.
Atravesaron un par de corredores más hasta llegar a una puerta de madera oscura reforzada con bandas de hierro.
Magnus sacó una llave de su cinturón y abrió la cerradura.
La puerta se abrió con un suave crujido.
La biblioteca privada del rey era amplia, silenciosa y cálida. Las paredes estaban cubiertas de estanterías altas repletas de libros, mapas enrollados y cajas de documentos antiguos. Un par de ventanales dejaban entrar la luz grisácea de la tarde.
Magnus entró primero.
Luego se dirigió con total naturalidad hacia uno de los sofás que había cerca de la chimenea.
Se dejó caer en él como quien se instala cómodamente.
—Bien —dijo.
Maristelle lo miró.
—¿Bien?
Magnus señaló las estanterías con un gesto amplio.
—Busca tu libro.
Maristelle parpadeó.
—¿Te quedarás aquí?
—Claro.
Se acomodó un poco más en el sofá, cruzando una pierna sobre la otra.
—Cuando lo encuentres me avisas.
Maristelle se quedó inmóvil un segundo.
Había imaginado muchas posibilidades.
Pero definitivamente no esta.
Porque Magnus no le había entregado la llave.
Editado: 16.04.2026