La tejedora de grietas.

El peso del sello.

Maristelle había dicho aquello con total naturalidad, como si su partida a Bastión Sombrío ya fuese un hecho. Pero en realidad aún no tenía el permiso de Magnus... y tampoco el de llevar consigo a Filo Helado.

Sin embargo, por primera vez en muchos días, esa incertidumbre no lograba empañar su ánimo.

Aquella conversación con Adrien seguía dando vueltas en su mente, repitiéndose una y otra vez con pequeños detalles que su corazón insistía en revivir: la risa inesperada de él, la forma en que había dicho que habría aceptado su propuesta, la ligereza cálida que había sentido en el pecho al escucharlo.

Se dejó caer en la cama con una sonrisa que no conseguía disimular, aunque estuviera completamente sola.

Se acomodó entre las mantas y, casi sin pensarlo, abrazó la almohada contra su pecho.

—Cuando vuelva... —murmuró en voz baja, recordando lo que le había pedido.

El recuerdo de su propio nerviosismo la hizo esconder el rostro en la almohada, todavía sonrojada.

Adrien riendo.

Adrien mirándola con aquella familiaridad que creía perdida.

Adrien aceptando.

Su imaginación empezó a llenar los espacios que aún no existían.

Afuera, la noche avanzaba silenciosa sobre el castillo, pero dentro de su habitación Maristelle seguía aferrada a la almohada, con el corazón ligero y una calidez suave en el pecho.

Pensando en él.

Y sin darse cuenta del momento exacto, entre esos pensamientos, terminó quedándose dormida.

Maristelle dormía profundamente, todavía abrazada a la almohada, con una leve sonrisa en el rostro. Sus pensamientos, incluso en sueños, parecían seguir girando alrededor de Adrien y de la conversación que habían tenido en los jardines.

La habitación estaba en silencio.

De pronto, una luz apareció junto a la ventana.

Primero fue apenas un destello, pequeño y frío, como un copo de nieve suspendido en el aire. Luego comenzó a crecer, a concentrarse, a tomar forma.

Justo en ese momento Maristelle abrió los ojos.

Parpadeó, todavía medio dormida.

La luz frente a ella se expandió un poco más... y terminó de condensarse en una figura clara.

Maristelle se quedó rígida en la cama.

—...Ah.

Parpadeó una vez.

Luego otra.

—Oh... no.

La figura ya estaba completamente allí.

La diosa de las nieves.

Maristelle se incorporó un poco en la cama, con el cabello completamente desordenado, mientras la diosa permanecía de pie en medio de la habitación.

Durante unos segundos no dijo nada.

Solo miró alrededor.

Sus ojos recorrieron lentamente el cuarto.

La cama desordenada.

Ropa sobre una silla.

Un par de libros abiertos sobre la mesa.

Su expresión se torció en un gesto de absoluto disgusto.

—Esto es un chiquero.

El tono era de indignación pura, como si la habitación le resultara personalmente ofensiva.

Maristelle miró alrededor, algo avergonzada.

—No está tan—

—Es un chiquero —repitió la diosa con impaciencia, cortándola—. ¿Así vive una princesa?

Cruzó los brazos, claramente molesta.

Luego la miró con los ojos entrecerrados.

—Y aún no has llevado Filo Helado a Bastión Sombrío.

Maristelle suspiró.

—Aún no tengo permiso de Magnus —respondió, intentando mantener la calma—. No puedo simplemente tomar la espada y—

La diosa levantó una mano, interrumpiéndola con fastidio.

—Ya te lo dije una vez —dijo con tono irritado—. ¿No entendiste o qué?

Maristelle abrió la boca... y luego la cerró.

La diosa negó con la cabeza, como si estuviera tratando con alguien especialmente torpe.

—Tarada.

Maristelle la miró con incredulidad.

—¡Oye!

La diosa la ignoró por completo.

Comenzó a caminar por la habitación con pasos cortos y molestos, mirando las cosas con evidente desaprobación.

—De verdad... te doy una tarea simple y ¿qué haces? —murmuró—. Nada.

Se volvió hacia ella otra vez.

—Sigues aquí perdiendo el tiempo.

Luego entrecerró los ojos con expresión crítica.

—Abrazando almohadas y suspirando por ese chico.

El rostro de Maristelle se puso rojo al instante.

—¡Yo no estaba—!

Se detuvo a mitad de la frase, completamente avergonzada.

La diosa levantó apenas una ceja.

—Te vi.

Maristelle hundió la cara en la almohada por un segundo, antes de volver a levantarla, todavía sonrojada.

La diosa chasqueó la lengua.

—Tarada. De verdad.

Maristelle frunció el ceño, todavía con el rostro rojo.

—¡Deje de decirme eso!

La diosa la ignoró otra vez.

Seguía mirando la habitación con evidente molestia, como si todo en ella estuviera mal colocado. Finalmente suspiró con exageración y volvió a cruzarse de brazos.

—Esto no estaría pasando si no hubieras sido tan tonta hace dos meses.

Maristelle parpadeó.

—¿Qué?

La diosa la miró con fastidio.

—Si simplemente hubieras aceptado a Adrien cuando te lo propuso, todo estaría perfectamente bien ahora.

Maristelle se quedó inmóvil.

—...¿Qué?

—Pero no —continuó la diosa, moviendo una mano con gesto irritado—. Tenías que hacer una de tus estupideces y rechazarlo sin siquiera escuchar.

Maristelle abrió la boca, confundida.

—¡Yo no lo rechacé! ¡Ni siquiera sabía que—

—El resultado es el mismo —la interrumpió la diosa con absoluta indiferencia.

Caminó unos pasos por la habitación, claramente irritada.

—Y ahora, por tu tontería... lo que comenzó no se detendrá.

Maristelle frunció el ceño.

—¿Qué comenzó?

La diosa se detuvo.

La miró por un segundo.

Luego rodó los ojos.

—No es de tu incumbencia.

—¡Claro que es de mi incumbencia!

—No —respondió la diosa con tono tajante—. No lo es.

Hizo un gesto vago con la mano.

—Incluso si ahora aceptas a Adrien, no cambiará nada.

Maristelle se quedó en silencio.



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En el texto hay: princesa, diosas, fantasia mediaval

Editado: 16.04.2026

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