Justin.
Subí el volumen de la música mientras arrancaba el motor. Rachel y Emma se sentaron estratégicamente en el asiento trasero del coche, dejando a Anna, en el asiento del copiloto.
—¿Por qué tengo que sentarme con él? —preguntó resoplando.
Mis amigas pensaban que no era plenamente consciente, de sus intentos por dejarme a solas con ella. No era algo que me molestara, ya estaba más que acostumbrado, pero desde cierto punto de vista, forzarnos a estar a solas, tampoco mejoraba la situación, ya de por sí un poco tensa.
Anna y yo, nos conocíamos desde la infancia, cuando a su madre le pareció una excelente idea, que invitara a jugar a su hija en el parque del vecindario, ya que eran nuevas en la ciudad.
—Yo voy primero —dijo aquella niña repelente, lanzándose por el tobogán.
—Eso ya lo veremos —respondí interceptándola por el brazo, y cayendo junto a ella, en un césped mal cortado y reseco.
Jamás nadie se había atrevido a retarme de esa manera. Era el dueño del parque, hasta que ella llegó, con su risa escandalosa y su sentido del humor retorcido. Lo que Anna desconocía, era que, en ocasiones, la dejaba llegar primero al tobogán o mentía sobre lo cansado que estaba, para que ella pudiese columpiarse primero.
Estaba convencido de que, ese día, justo en ese momento, todo comenzó.
—¿Te quejas del placer de mi compañía?
—Estoy más que harta de tu compañía.
—¿Y por esa razón sueñas a escondidas conmigo Annita?
—Detesto que me llames así, y para tu información esa noche había bebido.
—Claro, y por eso gritaste mi nombre "Justin, oh, Justin..." —reí.
Miré a través del espejo retrovisor, para ver cómo Emma y Rachel sonreían.
—Que más quisieras... —gruñó.
—Eres un fantasma Justin, sabes de sobra que eso no fue así —exclamó Emma sin evitar, reírse.
—A lo mejor es que fantasea con ello —exclamó Anna.
—Todas las putas noches —respondí.
El viaje a Aelston fue una mezcla de canciones random de los ochenta, metal sinfónico y canciones country.
—¡Voilà, sanas y salvas señoritas!
—Creo que me he mareado —exclamó Rachel, con gesto dramático.
—¿Dudas de mis divinas dotes de conducción?
—De eso y de todo lo demás, Justin —exclamó Emma riendo.
—Panda de harpías —exclamé, poniéndome mis lentes de sol.
—Hay nieve por todas partes —dijo Anna, maravillada.
La observé durante unos segundos, su cabello suelto, se perdía entre los pliegues de su abrigo y la luz del sol, parecía reflejarse en sus grandes ojos color cielo. En ocasiones, fantaseaba con decirle la verdad sobre lo que sentía, pero el temor a perderla era mucho más ruidoso. De repente, Anna me miró y me dedicó una sonrisa genuina, la primera de todo el día. Pensé que iba a mearme encima de la felicidad.
Recibí una bola de nieve en el brazo. Levanté la cabeza y sonreí con maldad.
—¿A traición, Garello?
—Con los años estás perdiendo facultades —respondió.
—Ya veremos.
—Ya están como siempre —exclamó Rachel, rodando los ojos.
Caminamos varios metros, mientras Anna y Emma charlaban sin percatarse, de que me había detenido. Me agaché y reuní toda la nieve posible, haciendo una bola lo bastante contundente, y sin pensarlo dos veces, se la lancé a Emma.
—¡Bola! —grité con diversión.
Le di de lleno en la nariz, haciendo que cayese hacia atrás, mientras agitaba las manos en el aire, de forma cómica.
—¡Cada día eres más imbécil, Justin! —gritó Anna, mientras corría hacia ella.
Rachel me miró sin poder contener la risa, y para qué negarlo, yo tampoco podía.
—Perdona Emma, pensaba que me habías visto —exclamé bromeando.
Emma intentó devolvérmela, pero terminó por estampársela a un tipo que justo, cruzaba entre nosotros.
—Siempre cagándola —exclamé, con una sonrisa.
Ambos, comenzaron a debatir sobre la inteligencia de un niño de cinco años, la fuerza de una anémona y la mala puntería de Emma.
—Ha dado en la diana —exclamé.
Después de varios minutos más, en los que, con honestidad, me disocié de su conversación, el chico se marchó calle abajo a grandes zancadas.
—Vaya tipo más raro —dijo Anna enarcando una ceja.
—No se puede negar que ha calado a Emma en dos segundos —reí.
—Muy gracioso —exclamó la aludida, observando al chico alejarse.
—¡Vamos a comer, me muero de hambre! —se quejó Rachel, frotándose las manos con desesperación.
Movimos el trasero directos, al Aelston's café, una enorme cafetería ochentera, y mi lugar favorito de todo Aelston. Este lugar me recordaba a mi infancia, ya que solía venir con papá, mamá y Amanda, a pasar las vacaciones de invierno, al finalizar las clases. Con el paso de los años, logré convencerles, de que Anna, Emma y Rachel nos acompañaran.
Las camareras, llevaban un uniforme rosa y blanco con peinados de los ochenta, con grandes aretes de colores y flequillos ridículos.
—Bienvenidos chicos, ¿qué queréis tomar?
Amber Cinzillatti, una de las camareras del local, nos sonreía con esa hilera de dientes perfectos. Conocía a Amber, desde que era adolescente, de hecho, la conocí muy bien, en la parte trasera de la furgoneta de su padre, hacía ya cuatro años atrás.
Tenía el cabello dorado, y tan corto como un chico. Llevaba un flequillo cortado de manera desigual y un vestido rosa.
—Lo de siempre —respondió Emma.
—¿Es cierto que vais a competir este año? —Preguntó, mascando una bola de chicle de forma ruidosa. No pude evitar fijar la mirada en esos dientes tan blancos, que estaba seguro de que, si uno se lo proponía, podría reflejarse en ellos. Daba un poco de miedo.
La camarera me dedicó una media sonrisa traviesa. Miré a Anna de soslayo, que me observaba con disimulo. Sonreí satisfecho.
—Cuando gane ese millón de dólares, pienso invitarte a cenar —exclamé, guiñándole un ojo. Anna puso los ojos en blanco y Rachel se rio.