La teoría de lo inevitable ( La teoría del invierno 2)

Una cama no puede ser tan pequeña.

Justin.

Emma había salido temprano a ver al rarito. Miré la hora en el teléfono, eran cerca de las diez de la mañana, y Anna aún no se había levantado a desayunar, me pareció bastante raro.

Me acerqué hasta la puerta de su habitación y apoyé la oreja en la madera. Toqué tres veces con suavidad y esperé una respuesta. Nada.

Joder, empezaba a preocuparme.

Suspiré y abrí de golpe. Sonreí al ver a Anna de espaldas a mí, bailando con los auriculares puestos, mientras metía varias cosas en su mochila. Llevaba un pijama rosa que se ajustaba demasiado a lugares que yo no debería estar mirando, pero que, de todas formas, iba a mirar.

Cerré la puerta y me crucé de brazos observando el espectáculo.

De repente Anna se giró y en un acto reflejo, me lanzó con fuerza una de sus botas blancas, que logré esquivar por poco, agachándome a tiempo.

— ¡Me has asustado! — exclamó, llevando una mano a su pecho — ¿Qué demonios hacías espiándome?

Reí y ella frunció el ceño.

— ¿Y perderme el espectáculo? Debes estar de broma.

Me acerqué a la cama y de un salto me tumbé.

— Fuera Justin.

Me moví ligeramente sobre el colchón.

— ¿Cómo una cama puede ser tan pequeña?.

Anna intentó moverme, sin mucho resultado. La sostuve por uno de sus brazos y tiré de ella con fuerza, haciendo que cayera sobre mí. Ella se movió y cayó justo a mi lado.

— ¿Lo ves? Apenas cabemos.

Anna me dedicó una mirada iracunda y se levantó de mala gana. Yo la observé el trasero con descaro y sonreí.

— Has estado haciendo sentadillas — dije.

— Fuera de mi habitación, Justin — exclamó abriendo la puerta para que me marchase.

— Sólo si me respondes a una pregunta.

— Lo que sea, con tal de que te largues.

— Aún conservas a Rigger, me dijiste que ya no lo tenías. ¿Por qué me mentiste?

Había ganado el peluche en una feria ambulante a la que acudí con Anna y sus padres. Era un puesto de tiro, si daba en la diana, el premio sería mío. Lo intenté en varias ocasiones hasta que lo gané, sólo porque la había escuchado decir que le gustaba.

Y ella aún lo conservaba. No iba a negar que eso me hacía feliz.

Anna miró al tigre de peluche y sonrió.

— Me trae recuerdos de aquella noche. No lo sé, me gusta tenerle cerca.

¿Por qué sentía que aquellas palabras eran casi una confesión silenciosa?

«No te emociones demasiado»

Anna me señaló la puerta con el dedo y se cruzó de brazos esperando a que me marchase.

— Voy a cambiarme — soltó con impaciencia.

— ¿No necesitas una segunda opinión?

— Justin...

— Vale, vale ya me voy.

Salí a regañadientes y me giré antes de que cerrase.

— Te he hecho café.

Anna cerró de un portazo, mientras gritaba un "gracias", desde el interior de su habitación.

Un par de horas después...

— No tiene ningún sentido — exclamó Emma. — ¿Por qué el tipo le dice a ella que le gusta y después se acuesta con otra?

«Eso suena a indirecta»

Anna, Emma y yo, estábamos viendo una película de bajo presupuesto, que emitían en la cadena nacional, justo a la hora de la cena.

— Porque es un gilipollas — soltó Anna.

— Algunos hombres son inseguros, tal vez ella le envía las señales equivocadas y no quiere joderlo.

Emma estaba sentada entre Anna y yo, cosa que en aquel momento agradecí, porque no deseaba que ella viera mi expresión.

— ¿Señales equivocadas? — preguntó Anna.

— Define señales equivocadas — respondió Emma.

Estaba claro, que dijese lo que dijese, iba a terminar en la hoguera. Carraspeé incómodo.

— Prefiero no responder.

— ¿Eres un cobarde? — me retó Emma.

— No, sólo aprecio mi vida — sonreí.

— Yo quiero escucharlo — exclamó Anna, mirándome con seriedad.

Suspiré. Tenía la ligera impresión de que iba a joder más lo que fuera que no pasaba entre nosotros.

— Lo que quiero decir, es que a veces, una mujer te da ciertas pistas o señales, sobre si le interesas o no. Sin embargo, si crees que le gustas, pero sus acciones muestran lo contrario, un hombre jamás se lanzará por temor a ser rechazado, por lo que, con toda probabilidad, terminará acostándose con otra. Y en otras ocasiones, es simplemente por diversión.

— ¿En cuál de los dos grupos entras tú? — preguntó Emma sonriendo.

Iba a matarla.

— En ninguno.

— Yo diría que en el segundo — exclamó Anna.

Me incorporé para observarla y enarqué una ceja.

— ¿Te parezco un mujeriego Annita?

— Sin lugar a duda.

— ¿En qué te basas? — pregunté.

— En Alice, Vanessa, Rebecca, Kimberly...

— Tania... ¿Cómo se llamaba esa chica que era italiana?— -preguntó Emma riendo.

-— ¿Paola? — rio Anna.

Resoplé.

— Visto así, supongo que sí que lo soy — reí.

— Pero nunca te atas a nadie — exclamó Emma.

No deseaba hablar de ello y mucho menos, delante de Anna.

— Porque todavía conservo la esperanza.

— ¿De qué? -preguntó Emma.

¿De verdad me estaba preguntando esto ahora? Emma sabía de sobra lo que sentía y por quién.

— De irme a la cama temprano, que mañana comienza la competición — dije, poniéndome en pie. — Y vosotras deberíais hacer lo mismo, par de víboras.

Me marché a mi habitación, evitando hablar de temas que me resultaban incómodos.

Lo que había dicho era verdad. Jamás me había atrevido a confesarle a Anna lo que sentía, por temor a que nuestra amistad terminara o todo, se volviese demasiado raro e incómodo. Pero mientras ella, salía con algún que otro imbécil, yo saltaba de cama en cama, intentando que no me afectara.

Sabía que eso no dejaba una buena imagen de mí, pero ¿a quién le importaba a estas alturas?. Ya me había hecho a la idea, de que jamás me vería como algo más que a un amigo.

Me puse mis auriculares y cerré los ojos. Sabía que me costaría dormir, pero quería descansar lo máximo posible antes de la competición. Me sentía un tanto nervioso, por estar tantos días a solas, con Anna.




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