La teoría de lo inevitable ( La teoría del invierno 2)

Aquí pasa algo raro.

Anna.

Nos arrastramos a través del túnel, lo que pareció una eternidad. A menudo, intentaba girar la cabeza para ver si alguien o algo, nos seguía, aunque sabía que estábamos solos en aquel agujero, mejor asegurarse.

— ¿Por qué tenías una foto de ambos? — pregunté.

Justin se paró en seco, y por poco me como una de sus botas.

— ¿Te parece el momento más apropiado para preguntarme eso? — respondió, arrastrándose de nuevo.

— Es un momento como cualquier otro.

Justin no respondió durante varios minutos, en los que continuamos arrastrándonos hacia la salida. En la distancia, pude distinguir a duras penas, una luz.

— Siempre llevo fotos de las personas que quiero — soltó.

Aquellas palabras me descolocaron, sin embargo, no tuve tiempo de meditarlo demasiado, ya que una de mis botas se quedó enganchada en una pequeña hendidura del túnel.

— Justin...

— ¿Qué?

— No puedo continuar.

— ¿Qué sucede? Ya te he dicho que no hay ratas ni...

— Para — insistí. — Mi bota se ha enganchado a una especie de grieta o agujero y no puedo sacarla.

— Agárrate a mis pies, voy a intentar arrastrarte. ¿Puedes girarte y quitarte la bota?

— No.

— Vale, plan A. Sujétate con todas tus fuerzas a mí e intenta mover tu pie para sacarlo de donde sea que lo hayas metido.

Me sostuve a sus pies lo más fuerte que pude, mientras Justin intentaba arrastrarnos hacia delante. Lo intentamos un montón de veces, mientras el sudor me empapaba la frente, y comenzaba a sentir claustrofobia.

— Esto no funciona — se quejó. — Vale, puedo salir y regresar a la inversa, de modo que te sostendré por ambas manos y tiraré de ti.

— Lo que sea.

Justin se alejó de mí con toda la rapidez posible, dejándome sola, en aquel silencioso agujero oscuro. Mi mala suerte empeoró, ya que mi linterna comenzó a titilar, apagándose por completo y quedándome, totalmente a oscuras.

Moví la pierna con fuerza y para mi sorpresa mi pie se desencajó.

— ¡Menudas vistas! — exclamó Justin desde la lejanía.

No podía ver nada más, que la luz al final del túnel, por lo que me arrastré a ciegas mientras Justin, se metía de nuevo y se arrastraba hacia mí.

— ¡Ya voy no es necesario! — grité

Demasiado tarde. El haz de luz me iluminó el rostro, mientras Justin enarcaba una ceja.

— ¿Por qué no me lo has dicho antes?

— Estabas demasiado embobado con el paisaje — me defendí.

Justin comenzó a arrastrarse de nuevo hacia atrás, cegándome con su maravillosa linterna, mientras yo intentaba contener la risa.

— Voy a cobrarme esto también, Annita.

— Vete a la mierda.

Cuando por fin logramos salir, una brisa gélida me alborotó el cabello, lo que agradecí. Permanecí tumbada en el suelo con los ojos cerrados, mientras los tenues rayos de sol me iluminaban. Poco duró mi dicha, una sombra se cernió sobre mí, tapando la luz que me envolvía.

Abrí un ojo con pereza. Justin me observaba con una media sonrisa desde arriba.

— Mueve el trasero, estamos en una competición.

— Dame unos minutos, pensé que me quedaría atrapada ahí dentro en tu compañía. Fue horrible.

Justin me tendió la mano para ayudar a ponerme en pie, pero me levanté por mi cuenta.

— Intento ser un caballero — dijo.

— Eso no hay quien se lo trague.

El idiota tenía razón, las vistas eran maravillosas. Un valle enorme se abría paso ante nosotros, verde y repleto de vida. Sonreí.

Nos pusimos en marcha a paso rápido, por fortuna, Justin y yo solíamos tener buen fondo físico. Me preguntaba qué tal les iría a Emma y al rarito.

Durante más de dos horas, no nos cruzamos con ningún otro competidor, lo que era una buena señal. Justin y yo habíamos estado charlando acerca de nuestras próximas vacaciones de verano en el lago Wistock.

— Veo algo — exclamé, señalando en la lejanía.

Algo se movía en la distancia, con lentitud.

— ¿Qué demonios es eso? — preguntó Justin, sacando los prismáticos de su mochila.

Esperé a su respuesta. Justin frunció el ceño y volvió a mirar extrañado.

— ¿Qué es? — pregunté con impaciencia.

Justin no respondió, en su lugar, me tendió los prismáticos, para que lo observara por mí misma.

— Creo que estoy alucinando. — Dijo por fin.

Miré a través de las lentes, intrigada, y me topé con algo que rallaba lo absurdo, aquello no era posible. Un árbol enorme se arrastraba por el valle, agitando sus ramas y dejando un sendero de hojas tras de sí.

— Creo que yo también — respondí.

— Voto por acercarnos a ver qué es esa cosa.

— Y yo voto, por esperar a que eso se marche — dije.

— Bien, la suerte decidirá.

— No pienso echarlo a suertes, Justin.

Justin me ignoró, sacando del bolsillo pequeño de su mochila, una moneda.

— ¿Cara o cruz?

— No voy a ...

— Cara o cruz. — Insistió.

— Cara — respondí con resignación.

Justin lanzó al aire la moneda, que cayó al suelo, rodando hasta chocar con una roca pequeña.

No hizo falta saber qué había "decidido la suerte", cuando me miró con una sonrisa que abarcaba, prácticamente, toda su cara.

— Si esa cosa me asesina, regresaré de entre los muertos para atormentarte — exclamé molesta, caminando en dirección al árbol.

— Ya me atormentas en vida, ¿qué te hace pensar que estaría aterrorizado por esa idea?

— ¿Alguna vez te tomas algo en serio?

— Lo cierto es que no.

Cuando llegamos a escasos metros del árbol, me quedé boquiabierta. En realidad, este si se estaba moviendo, levantando la hierba y pequeñas rocas a su paso, mientras sus raíces giraban y se deslizaban, como si nada, por el suelo.

De pronto, el árbol se detuvo al notar nuestra presencia, y realizó un giro sobre sí mismo, hasta que unas pequeñas hendiduras en su tronco, que se asemejaban a ojos, quedaron frente a nosotros.

— ¿Quiénes sois?




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