Anna.
Tenía que pensar en algo rápido. Sabía que Justin no lo dejaría estar, y yo estaba retrasando aquella charla de manera intencional.
—Anna, ¿todo en orden? —preguntó desde el otro lado de la puerta.
—Ya voy —respondí con nerviosismo.
No deseaba tener aquella conversación en esa cabaña, alejada de todo rastro humano y sin haberme preparado mentalmente, para cualquier cosa.
Salí con mi pijama blanco, arrastrando los pies. Justin, permanecía curioseando un viejo tomo tan antiguo, que pensaba que iba a caerse en pedazos.
El chico levantó la cabeza cuando me escuchó entrar y me recorrió con la mirada de manera descarada, acto seguido sonrió.
—Deja de mirarme así —exclamé.
—Así, ¿cómo?.
—Como un pervertido.
Justin se río, sabía que era una risa nerviosa.
—¿Qué quieres que te diga? Hace apenas diez minutos te he visto en pelotas.
—Cosa que jamás volverá a suceder.
Él me miró con algo que no supe descifrar y golpeó varias veces el sofá, justo a su lado, indicándome que me sentara.
¿Y si me atrincheraba en el baño?
—Ven aquí pequeña, vamos a tener una charla como dos adultos funcionales.
—Las palabras adulto y funcional nunca van de la mano en una misma frase, sobre todo si esa frase va referida a ti.
Me senté en el sofá, lo más alejada posible de él. Justin sonrió y se acercó a mí, hasta rozar su pierna con la mía.
—¿Podrías echarte hacia un lado?.
—No.
Joder.
Justin iba a abrir la boca, justo, cuando le interrumpí.
—Cuéntame por qué te marchas.
Justin cerró la boca y cogió aire. En contadas ocasiones le había visto tan serio.
—Es complicado, Anna. Principalmente, porque mi entrenador me ofreció acompañarle durante un año, para poder practicar in situ, ya que piensa que puedo llegar lejos. Los mejores instructores se encuentran en Tailandia.
—Espera, ¿te marchas un año a Tailandia?.
—En principio, si las cosas me van bien, puede que me quede.
El corazón me dio un vuelco. No podía creer que Justin fuera a marcharse.
—Emma y Rachel van a flipar.
—No tengo nada que me ate aquí, de momento.
Sus palabras fueron como una caricia amarga. ¿Estaría dispuesto a quedarse si yo le confesara...? No, no podía hacerlo, no ahora que estaba tan cerca de lograr su sueño.
—¿Tienes algo que decirme, Anna? —preguntó, apoyando su brazo en el sofá por detrás de mí.
¿Era mi impresión, o estaba hiperventilando?.
—No.
— Entonces, ¿por qué dijiste que tenías miedo a joder una amistad?
Observé a Justin, quien esperaba mi respuesta de manera tensa. No se había percatado de que, sujetaba el viejo libro con fuerza.
—Yo...
—¿Sí?
—Me gusta un amigo —solté. —Un amigo del trabajo.
Justin pareció desinflarse por completo, algo similar al dolor, pareció recorrer su rostro. Me moría de ganas de decirle lo que sentía, pero después de contarme la razón por la que deseaba ir a Tailandia, me sentí incapaz.
—¿Quién? —preguntó con desinterés, observando la portada del libro.
—No es de tu incumbencia.
—¿Estás segura de que no deseas decir algo más? —preguntó.
Sus ojos buscaron los míos.
«Por favor, deja de preguntar»
—Si.
—Vale —respondió levantándose del sofá y estirándose como un gato. —Creo que me voy a la cama, estoy agotado.
—Está bien, creo que me quedaré un rato más.
Justin me dedicó una última mirada, antes de entrar a la habitación y cerrar la puerta tras de él.
La había cagado. Debí ser honesta, pero le conocía lo suficientemente bien, para saber que renunciaría a su objetivo, como pasó con su padre.
El padre de Justin sufrió un aparatoso accidente de tráfico, cuando el chico tenía dieciocho. Justin tuvo que ocuparse de traer los ingresos a casa, ya que, a su padre, le echaron del trabajo, renunciando a su sueño de entrar en la escuela superior deportiva.
Suspiré cansada, y me tumbé en el sofá, esperando a que llegara el sueño.
A la mañana siguiente...
No había dormido una mierda y se notaba, mi mal humor iba in crescendo. Miré a Justin, quien no había parecido tener mejor noche que yo.
No tenía ganas de caminar, por lo que iba parándome a propósito contemplando el paisaje, o eso decía.
—Deja de perder el tiempo Anna, nos van a tomar la delantera —se quejó Justin, tirando de mi brazo.
—Hoy no me apetece caminar —confesé.
—Tendrás tiempo de sobra para descansar, después de la competición.
—Buff —resoplé.
Avanzamos unas tres horas más, hasta que, agotada, me tumbé en el suelo negándome a dar un paso.
—Vale, descansaremos un rato.
—Una hora.
—Ya veremos —respondió Justin.
El sol se encontraba en su punto más álgido e iluminaba el valle de manera hermosa. Observé a Justin de soslayo, mientras se quitaba la mochila y la lanzaba a un lado. Había estado a punto de cometer una estupidez, ¿realmente me habría atrevido a confesarle lo que sentía?
Justin se sentó a mi lado, yo me incorporé.
—No quiero ser pesado, pero ¿quién es el tipo del trabajo que te gusta?.
—¿Por qué quieres saberlo?.
Ambos mirábamos hacia el horizonte.
—¿Por qué siempre respondes a mis preguntas con otras preguntas?.
— Es Robin.
Justin giró el rostro para observarme con la ceja levantada.
—¿Te gusta Robin Tawford? No me jodas.
—Sí, ¿Cuál es el problema?.
—Pensaba que era gay.
Mierda. Se suponía que Justin no debería saber eso.
—Pues acabas de descubrir que no lo es —mentí.
Justin me observó con el ceño fruncido.
—¿Qué? —pregunté.
—¿Qué ves en él?, no digo que sea mal tipo, es solo que no lo comprendo...
—Según tú, ¿debo tener un prototipo de hombre que deba gustarme?
—Todos tenemos un prototipo.
—Eres un mentiroso —reí. —Tú te acuestas con cualquiera.