Justin.
Abrí los ojos mientras la luz, se colaba por la ventana abierta de la habitación. De repente, fui consciente del frío gélido que me envolvía y me estiré como un gato. La manta que me cubría hasta la cintura se cayó al suelo, y me di cuenta de que estaba desnudo.
Joder. Ahora recordaba lo que sucedió anoche.
Anna salió del baño evitando mirarme, como una exhalación, y entró en la habitación.
—¿Qué hora es? —pregunté.
Me levanté y envolví la manta alrededor de mi cintura. El refugio estaba demasiado silencioso, seguramente, las otras competidoras se habían marchado ya.
—Más de las diez —respondió con sequedad.
Vale, ahora no me quedaba ninguna duda de que anoche nos escuchó.
—Anna... —comencé.
Ella se giró para mirarme con el ceño fruncido. Carraspeé.
—¿Dónde están ...?
—Si te refieres a tu amiguita, se ha marchado al amanecer
—No es mi amiguita —me defendí. —Sólo ha sido un entretenimiento pasajero.
—Como todos, Justin.
—¿Estás enfadada? —pregunté con cautela.
—Lo que me cabrea, es que hayamos perdido tres horas de ruta. Nos llevan bastante delantera.
—Me doy una ducha rápida y nos vamos —exclamé dirigiéndome hacia el baño.
—Más te vale que sea rápida o me iré sin ti.
Dos horas más tarde...
Anna no me hablaba, era oficial. La chica se había pasado dos horas ignorándome por completo y respondiendo con monosílabos. La había cagado, otra vez.
A lo lejos, un hombre enorme y robusto con una barba larga, que le llegaba hasta las rodillas nos observaba desde mitad del camino.
—Ya empiezan las cosas raras —exclamó Anna.
El hombre vestía un mono de color rojizo y unas botas marrones. Parecía sacado de un circo.
—¡Acercaos competidores del Yetghram! —gritó desde la distancia.
—No sé por qué, cada vez que una de esas cosas dice algo similar, sé que lo siguiente no va a gustarme —exclamé.
Anna y yo, caminamos con cautela hasta su posición. De cerca no parecía humano, ya que sus pupilas eran de un gris casi blanco y pequeñas manchas rojizas, se extendían por su rostro y por sus brazos musculados.
Anna me golpeó el brazo en repetidas ocasiones llamando mi atención. Dirigí mi mirada en su dirección y me quedé petrificado, Kiara y Selma estaban maniatadas, con unas sogas que parecían hechas de luz blanca en la lejanía. Ambas chicas se revolvieron cuando las miré.
—¿Qué les has hecho? —pregunté.
—No han pasado la prueba, deben abandonar la competición.
—¿Y es necesario que estén atadas? —preguntó Anna.
—Es solo por precaución...
—¿Precaución? —pregunté.
—Silencio, basta de tonterías.
El hombre de apariencia extraña sacó tres cartas de su bolsillo y nos las mostró con una sonrisa que no me gustó en absoluto.
—Si no pasáis la prueba, estáis fuera.
Anna y yo asentimos.
—Cada carta simboliza una cosa. No hay manera de que sepáis, qué carta representa qué. Cada uno, escogerá una al azar y deberá responder acorde a lo que se os pide. Si mentís una sola vez u os negáis a responder, se acabó. ¿Entendido?
—¿Disfrutáis haciendo esto a la gente? —preguntó Anna con ira.
El hombre se río, mientras barajaba las tres cartas.
—La eternidad es muy aburrida, querida.
—¿Qué clase de preguntas pueden salir en las cartas? —pregunté.
—Cualquier cosa. ¿Y bien, quién será el primero?
—Yo —respondió Anna.
—Muy valiente —exclamó el hombre ofreciéndole las tres cartas.
Parecían vacías, simples cartas blancas, pero si algo había aprendido estos días, era que nada era lo que parecía en el Valle. Anna sopesó qué carta coger, decantándose por la de la derecha. Unas letras doradas comenzaron a aparecer de la nada en el reverso de la carta.
Anna me miró con una expresión que no supe descifrar.
—Léela en voz alta —ordenó el hombre.
—Tu miedo más profundo has de enfrentar, si pasas la prueba, adelante podrás continuar —leyó.
Como si lo hubiese invocado al leerlo en voz alta, a escasos metros de nosotros, una plaga de insectos se materializó en forma de remolino. Había arañas, escorpiones, abejas, moscas, cucarachas, y otros muchos que no supe identificar.
—Tranquila —le dije.
Anna respiraba de manera acelerada, escondiéndose tras de mí. Una fuerza invisible, me apartó de ella, dejándola sola, ante aquel enjambre. Intenté acercarme, pero fue imposible.
—Quiero que te acerques y los toques —exclamó el hombre, con diversión.
—No puedo hacerlo... —susurró.
—¿Te estás negando?
—Cierra los ojos —exclamé. —Será más sencillo.
Una lágrima rodó por su mejilla, lo estaba pasando mal y yo no podía ayudarla. Por un momento, quise girarme y golpear a ese hijo de puta.
Anna cogió aire y dio un paso, luego otro y otro después de ese, hasta quedar frente al enjambre que no paraba de girar.
—¡Cierra los ojos y extiende tu mano! —grité. —¡Puedes hacerlo!
Anna cerró los ojos, pero retiró inmediatamente la mano, cuando una cucaracha saltó sobre ella.
—¡Inténtalo de nuevo Anna, confío en ti!
—Tienes treinta segundos humana. Decide.
Anna cerró los ojos de nuevo y directamente dio un paso al frente, metiéndose por completo entre los insectos. De repente, todos ellos, saltaron sobre ella, cubriéndola.
—¡No! —grité. Empujé la barrera invisible con todas mis fuerzas, hasta que cedió.
Corrí hasta ella, justo, cuando los insectos desaparecieron. Anna lloraba desconsolada, con los ojos cerrados y apretando los puños. La atraje hacia mi pecho y la abracé.
—Estoy aquí, estás a salvo —susurré.
Ella se refugió entre mis brazos y yo sonreí.
—Has sido muy valiente, Annita. Me siento orgulloso de ti —dije. Anna levantó la cabeza y me dedicó una sonrisa genuina.
—Enhorabuena, prueba superada. Ahora tú —exclamó el hombre mostrándome las dos cartas restantes.