La teoría de lo inevitable ( La teoría del invierno 2)

La bella durmiente y el oso.

Justin.

Esa bruja me había lanzado al suelo, como si fuese su juguetito. Sacudí la cabeza, que me daba bastantes vueltas y miré a Anna. La chica se encontraba dentro de una urna de cristal, en lo alto de unas escaleras, inmóvil.

Me levanté como pude, vestido con esa ropa ridícula e intenté correr hasta ella en vano. Una fuerza invisible me impidió el paso.

—¿Qué le has hecho? —exigí, mirando a esa cosa de ojos blancos.

—Seguirte el juego.

—Haz que se despierte, y por el amor de dios, devuélveme mi ropa.

—No puedo hacer eso, antes debes superar la prueba.

—¿Qué prueba?

La mujer alzó la mano y un pequeño remolino oscuro creció hasta dar forma a una criatura de ojos rojos en forma de oso. Sus garras enormes y afiladas podrían matarme de un sólo zarpazo y su pelaje oscuro bailaba como si estuviese formado por sombras.

Aether se enroscó en mi pierna, agitando su cola con nerviosismo.

—¿No crees que te has emocionado un poco? —le preguntó a Valenka.

Ella rio.

—En absoluto, vamos a ver de qué material está hecho el príncipe azul .

Aether saltó sobre mi hombro y se enroscó alrededor de mi cuello. En otra ocasión, le hubiese apartado de un manotazo, pero toda mi atención se la llevaba esa monstruosidad, formada por sombras.

—¿En qué consiste la prueba? —pregunté.

—En evitar que te coman.

—¿Qué?

No me dio tiempo a indagar, ya que el enorme oso se lanzó a la carrera hacia mí. Me giré y corrí lo más rápido posible entre las rocas y ramas retorcidas.

—¡Hay un conducto subterráneo no muy lejos de aquí! —me dijo Aether, quien había saltado al suelo, y corría junto a mí. —¡Sígueme!.

No dudé ni un segundo en obedecerle. Intenté no mirar tras de mí, ya que escuchaba los gruñidos y el sonido de las patas enormes del oso, a escasa distancia.

—¡Por aquí! —gritó Aether girando de repente hacia la derecha.

Tuve que frenar en seco y casi me estampo contra el tronco de uno de esos árboles horribles. El oso, me lanzó un zarpazo que logré esquivar, atravesando parte del tronco con sus garras.

Aproveché la situación para seguir corriendo hasta llegar a una pequeña abertura semiescondida en el suelo. Retiré las ramas y hojas y entré, siguiendo al zorro.

El animal de sombras llegó hasta la abertura y entró siguiéndonos con las fauces abiertas. Si no lograba arrastrarme con mayor rapidez, me daría alcance en pocos minutos.

El túnel se iba estrechando cada vez más, mientras restos de piedras afiladas como cuchillas, se me clavaban en las piernas y el estómago. Un gruñido aterrador sonó a escasos metros de mí.

—¡Rápido Justin! —exclamó Aether, ya al otro lado del túnel.

—No me presiones, me muevo lo más rápido posible —me quejé.

Ya casi rozaba la salida cuando sentí unas zarpas enormes, clavándose en mis tobillos. Grité de dolor, clavando las uñas en el suelo del túnel. El animal me arrastró hacia él, mientras Aether me sostenía por la camisa con su boca, tirando de mi hacia el otro lado.

De pronto, el zorrito me soltó y ante mi asombro, una luz blanca inundó el túnel, cegándome por completo. El oso rugió y me soltó intentando taparse los ojos, con sus patas.

Dos manos firmes tiraron de mi hacia fuera, alejándome de un destino bastante macabro.

El animal intentó salir al exterior, pero era enorme, y varios pedazos de piedra y tierra cayeron sobre él, atrapándolo.

Intenté coger aire de rodillas, sobre un montón de tierra y piedras. Miré de soslayo mis pies ensangrentados, esperaba poder caminar.

Alcé la mirada para encontrarme con un hombre de cabellos rojizos, completamente desnudo.

Aether me sonrió.

—Joder, ¿puedes transformarte en un ser humano? —jadeé.

—Puedo transformarme en lo que desee.

Me tumbé respirando a grandes bocanadas.

—¿Podrías ponerte algo de ropa?

La luz blanquecina regresó, y Aether apareció de repente vestido con un jersey de color esmeralda y unos jeans.

Observé sus pies descalzos y enarqué una ceja.

—¿No piensas ponerte unos zapatos?

EL zorro humanoide sonrió de medio lado.

—¿Y privarme del placer de caminar sintiendo mis pies en el suelo? Debes de estar loco.

Aquello era increíble, Anna iba a alucinar.

Intenté levantarme y caí en la cuenta de que mi tobillo izquierdo, tenía una herida profunda que me hacía cojear, de manera ridícula.

—Espero que no tengamos que echar otra carrera —exclamé.

—Puedo llevarte cogido si lo prefieres, será más rápido.

—¿Estás de coña?, por supuesto que NO.

—Tú mismo —dijo, dirigiéndose por un camino empedrado.

Intenté por todos los medios seguir al pelirrojo, pero me fue imposible. Tras veinte minutos de caminata, sentí que mi pie iba a estallar de dolor.

—¿Ya has cambiado de idea? —sonrió.

—Vale, pero si le cuentas esto a Anna...

—Tranquilo, tienes mi palabra. Sube. —Me instó, agachándose ligeramente para que me subiera a su espalda.

—Esto es vergonzoso.

—¿Prefieres caminar?

—No —me apresuré a responder.

Aether me llevó cogido hasta donde se encontraba la bruja psicópata, que no dudó en reírse en cuanto nos vio llegar.

Genial.

Anna continuaba dormida en la misma posición.

—Ahora deshaz lo que sea que hayas hecho —exigí.

—Sólo tú puedes hacerlo. Ve y dale un beso.

—¿Qué? ¿estás de broma?

—¿Me ves riéndome a carcajadas? —respondió, enarcando una ceja.

Joder.

Aether comenzó a ascender por las escaleras hasta llegar a donde se encontraba inconsciente Anna.

—Eres muy ágil para llevar sobre tu espalda a un tío de un metro ochenta que pesa una barbaridad.

—Para mí no pesas nada.

Cuando llegamos al lugar en donde descansaba Anna, me quedé sin respiración, su pecho subía y bajaba de manera acompasada. Estaba preciosa.

Aether me dejó en el suelo, alejándose un poco de mí. Esa distancia fue insuficiente, ya que darle un beso a Anna, me parecía demasiado íntimo y significaba demasiado para mí, como para tener espectadores.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.