La teoría de los muertos que escriben

Prólogo: La primera página.

Lyssandra

Nunca creí en las historias que desafiaban toda lógica. Durante años escribí novelas de misterio convencida de que cada crimen tenía una explicación, por compleja o oculta que pareciera. No existían las maldiciones que se cumplían por sí solas, ni los fantasmas que volvían para ajustar cuentas, ni mucho menos destinos escritos de antemano que nadie pudiera alterar. Solo existían seres humanos: capaces de mentir con una sonrisa, traicionar por ambición o matar para proteger un secreto que pesaba demasiado sobre sus hombros. Esa era mi forma de entender el mundo, la regla no escrita que guiaba cada una de mis tramas, y también la razón por la que miles de lectores confiaban en mis palabras.

Jamás imaginé que sería yo quien terminaría atrapada en una historia que no había inventado.

Todo comenzó una mañana gris, de esas en las que el cielo se cubre de un manto uniforme y plomizo, y la luz del día se siente tenue, como si estuviera a punto de extinguirse. Era silenciosa, casi irreal, de esas jornadas en las que el tiempo parece avanzar más despacio de lo normal, arrastrándose entre los minutos como si no tuviera prisa por llegar a ninguna parte. Había pasado la noche entera corrigiendo el último capítulo de mi nueva novela, con el café frío a un lado y los ojos ardiendo por el cansancio, y apenas había logrado dormir un par de horas antes de que el insomnio me obligara a levantarme.

Caminé descalza por el suelo de madera frío hasta la cocina, encendí la cafetera con movimientos automáticos y esperé el aroma que siempre me ayudaba a despejar la mente. Cuando la taza estuvo lista, regresé al estudio pensando únicamente en terminar un par de correcciones antes del mediodía y en poder descansar por la tarde. Entonces lo vi.

Había un paquete sobre mi escritorio.

Me detuve en seco, con la taza suspendida a medio camino de mis labios, y sentí cómo la tranquilidad de la mañana se desvanecía en cuestión de segundos. Estaba exactamente en el centro de la mesa, ocupando el lugar vacío donde la noche anterior había dejado mi computadora portátil y una pila de hojas con anotaciones. Era un envoltorio de papel marrón, de ese que se usaba décadas atrás para proteger documentos importantes, sujeto con un cordel oscuro, grueso y desgastado, como si hubiera pasado por muchas manos o por muchos años de almacenamiento. No tenía remitente, ni dirección de destino, ni ninguna nota pequeña que explicara quién lo enviaba o cómo había llegado hasta allí.

Vivía sola.

El edificio donde residía contaba con cámaras de seguridad en cada acceso, en los pasillos y en el ascensor, y tenía un portero que conocía perfectamente a todos los inquilinos y a sus horarios. Nadie podía entrar sin identificarse, ni subir a los pisos sin una autorización previa. Las cerraduras de mi puerta eran de seguridad reforzada, y yo recordaba haberla cerrado con llave y puesto el cerrojo antes de irme a dormir, tal como hacía cada noche desde que me mudé allí.

Aun así, aquel paquete estaba allí.

Esperándome.

Sentí un leve escalofrío recorrer toda mi espalda, desde la nuca hasta la cintura, como si alguien hubiera soplado aire helado contra mi piel. Dejé la taza de café sobre una esquina de la mesa con cuidado para no derramarla y tomé el paquete entre las manos. Pesaba más de lo que su apariencia sugería, como si estuviera lleno de algo más que simples hojas, y desprendía un olor extraño pero reconocible: una mezcla de papel antiguo, humedad guardada durante mucho tiempo y tinta que se había secado lentamente, un aroma que solo se respira en bibliotecas olvidadas o en archivos cerrados al público.

Desaté el cordel con mucho cuidado, como si temiera romper algo que no debía ser abierto. El nudo era sencillo, pero el hilo era tan viejo que se deshizo con facilidad entre mis dedos. Al retirar el envoltorio, apareció ante mí un manuscrito encuadernado de forma totalmente artesanal, sin lujo alguno, pero con una solidez que indicaba que había sido elaborado con esmero. Las tapas eran de cartón grueso recubierto de tela oscura, ya desteñida por el paso del tiempo, y no llevaban ningún título ni inscripción.

Las hojas que contenía eran gruesas, amarillentas por los años y ásperas al tacto, muy diferentes al papel liso y brillante que usaba en mi trabajo diario. Al rozarlas con la yema de los dedos tuve una sensación absurda, casi irracional: sentí que no estaban frías ni muertas, sino que guardaban un calor leve, como si alguien hubiera sostenido esas páginas y escrito sobre ellas apenas unos minutos antes, y todavía quedara el rastro de su contacto.

No había nombre de autor en ninguna parte.

No había sello de editorial, ni número de edición, ni ninguna marca que permitiera identificar su procedencia.

Solo una frase, escrita con una caligrafía firme, inclinada y muy definida, ocupaba el centro exacto de la primera página:

“Toda historia comienza cuando alguien decide contar la verdad.”

La leí dos veces, despacio, pronunciando cada palabra en voz baja. Después una tercera, buscando en su significado algún sentido oculto, alguna referencia que pudiera relacionar con lo que estaba escribiendo o con mi vida. No la encontré. No sabía por qué, pero aquellas palabras me produjeron una incomodidad difícil de definir. No era miedo, todavía no. Era más bien una sensación de gravedad, de que ese libro no había llegado por casualidad, ni por error de reparto, ni como una broma de mal gusto. Era la sensación de que había recorrido un largo camino solo para encontrarme a mí.

Respiré hondo, intentando tranquilizarme, y pasé la página.

El texto comenzaba sin preámbulos, sin presentación ni explicaciones, como si retomara una narración que ya estaba en marcha:

“El hombre caminaba bajo una lluvia persistente, de esas que no caen con fuerza pero que lo empapan todo con lentitud, calando hasta los huesos. Vestía un abrigo gris de lana, algo viejo y demasiado grande para su complexión, y llevaba un reloj antiguo de caja plateada en la muñeca izquierda, una pieza que nunca se quitaba, ni siquiera para dormir. Caminaba con paso rápido pero irregular, y cada pocos metros giraba la cabeza para mirar hacia atrás, como si supiera que alguien seguía sus pasos, o como si esperara ver aparecer algo que no deseaba encontrar.”




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