Lyssandra
Pasé la página con una mezcla de curiosidad y temor que jamás había experimentado en toda mi vida. No era la misma emoción que sentía al escribir el final de un capítulo o al descubrir una pista en una investigación ficticia. Esto era diferente: era una sensación fría, densa, que se instalaba en el pecho y te hacía consciente de cada latido del corazón. Mis dedos rozaban el borde del papel con una lentitud casi absurda, como si retrasar unos segundos la lectura pudiera cambiar lo que estaba a punto de descubrir, o borrar lo que ya había leído.
El silencio que envolvía el apartamento era absoluto, tan profundo que resultaba inquietante. Ni el zumbido constante del refrigerador en la cocina, ni el ruido lejano del tráfico en la avenida principal, ni el murmullo habitual del ascensor que normalmente subía y bajaba a esa hora lograban atravesar aquella extraña quietud. Era como si el mundo entero hubiera contenido la respiración junto conmigo, esperando a ver qué pasaba a continuación.
La segunda página estaba completamente en blanco.
Fruncí el ceño, confundida. La giré despacio, luego la volví a colocar frente a mí, y la observé desde distintos ángulos, inclinándola primero hacia la luz tenue que entraba por la ventana y luego alejándola para ver si había algún cambio. Convencida de que quizás la tinta fuera invisible o que existiera algún mensaje oculto que solo se revelaba bajo cierta luz o calor, incluso acerqué la hoja a la lámpara de mesa, ajustando la intensidad para no dañar el papel viejo.
Nada.
Solo papel amarillento, con la textura áspera y las marcas propias del paso de los años, pero sin una sola letra, sin una línea, sin ninguna indicación.
Sentí una pequeña punzada de frustración que rápidamente se mezcló con la desconfianza. Después de todo lo ocurrido: el paquete que apareció sin explicación, el relato tan detallado, el recorte de periódico y la llamada telefónica, esperaba encontrar respuestas, alguna pista que me permitiera entender qué estaba pasando. En cambio, tenía delante una hoja vacía, como si el texto hubiera decidido detenerse justo en el momento más necesario.
Estuve a punto de pasar a la siguiente página, pensando que tal vez la información continuaba allí, cuando algo llamó mi atención en el margen inferior. Al principio creí que era una sombra, o una mancha antigua que no había notado antes, pero en cuestión de segundos me di cuenta de que se movía.
En la esquina inferior derecha comenzaron a aparecer pequeñas manchas oscuras, húmedas al principio, como si se hubiera derramado una gota de tinta, pero que no se extendían por la superficie del papel. Por el contrario, crecían lentamente, tomando forma, hasta convertirse en diminutos trazos definidos, como si una mano invisible estuviera apoyando la punta de una pluma sobre la hoja y trazara cada línea con calma y precisión.
Retrocedí un paso, chocando con la silla y casi cayendo al suelo. Mis ojos se abrieron con tanta fuerza que me ardían. No podía creer lo que estaba viendo. Las letras nacían delante de mis ojos, una tras otra, formando palabras, frases, sin prisa pero sin detenerse, como si quien las escribía supiera exactamente qué quería decir y no tuviera ninguna intención de ocultarlo por más tiempo.
El corazón comenzó a golpearme el pecho con tanta fuerza que me costaba respirar, como si quisiera salir de mi cuerpo. No. Aquello no podía estar ocurriendo. Era imposible, contrario a todas las leyes de la física, de la lógica y de la realidad que yo conocía. Parpadeé varias veces, frotándome los ojos con el dorso de la mano para asegurarme de que no estaba soñando ni que el cansancio me estaba jugando una mala pasada. Incluso cerré el manuscrito de golpe durante unos segundos, manteniéndolo presionado con ambas manos, y volví a abrirlo con un movimiento brusco.
Las palabras seguían apareciendo. No se habían detenido, ni habían desaparecido, ni se habían desvanecido por el hecho de que yo hubiera cerrado las tapas. Cuando la última línea terminó de trazarse, la tinta se secó casi al instante, quedando inmóvil, firme y oscura sobre el fondo amarillento, como si hubiera estado escrita allí desde hacía décadas.
Me incliné sobre la mesa, con el aliento contenido, y leí en voz baja, susurrando cada sílaba:
—“Si has llegado hasta aquí, significa que decidiste continuar.”
Sentí un escalofrío helado que recorrió mis brazos y se instaló en la nuca, haciendo que se me erizara la piel. La voz en mi mente repetía la frase una y otra vez, como si quisiera encontrarle un sentido que no fuera el más obvio. Seguí leyendo, sin poder detenerme:
—“Eso te convierte en testigo.”
Tragué saliva, pero mi garganta estaba seca como el polvo, y sentí que tenía que hacer un esfuerzo consciente para mover la mandíbula. Las palabras siguientes cayeron sobre mí como un peso de plomo:
—“Y todo testigo tiene dos opciones: guardar silencio… o morir con la verdad.”
Mi garganta se cerró por completo. Quise gritar, quise llamar a alguien, pero ningún sonido salió de mi boca. Miré alrededor del estudio por pura necesidad, con la mirada saltando de un rincón a otro, como si esperara encontrar a alguien esácondido detrás de la estantería, entre las cortinas o en la sombra que proyectaba el mueble. Pero no había nadie. Las ventanas estaban cerradas con cerrojo, la puerta principal seguía asegurada por dentro, y en toda la habitación solo se respiraba el aire tranquilo y cerrado de un lugar habitado por una sola persona.
Solo yo.
El manuscrito.
Y un miedo que crecía a cada segundo, extendiéndose por mis venas como un veneno lento pero seguro.
Con manos que ya no podían dejar de temblar, tomé el teléfono de la mesa. Mis dedos resbalaron un poco sobre la pantalla antes de lograr desbloquearlo y buscar en la agenda el número del portero. Lo tenía grabado desde que me mudé, pero nunca antes me había parecido un recurso tan importante. Marqué con rapidez y esperé, contando cada tono de llamada que sonaba al otro lado.