Lyssandra
Permanecí inmóvil durante unos segundos, con la mano apoyada con firmeza sobre la carpeta de cuero que protegía el manuscrito. Sentía el peso de aquellas páginas viejas como si no estuvieran hechas de papel y tinta, sino de piedra maciza y de algo mucho más pesado: una responsabilidad que no había pedido asumir. Cada palabra que había leído seguía resonando en mi cabeza con una claridad insoportable, repitiéndose una y otra vez como un eco que no se apagaba.
“A las 21:17 dejará de respirar.”
Volví a mirar el reloj de pared, con la esperanza absurda de que las agujas se hubieran detenido o de que el tiempo hubiera cambiado de marcha. Pero seguían avanzando con absoluta indiferencia, girando despacio, constantes, como si no supieran que para algún desconocido que vivía en algún rincón de la ciudad, cada segundo que pasaba era un paso más cercano al final de su vida.
Negué con la cabeza, sacudiéndome la sensación de parálisis que me invadía. No. No podía quedarme allí sentada, esperando a que ocurriera algo que todavía no existía, pero que parecía estar escrito con una certeza inquebrantable. Si había la más mínima posibilidad de impedir aquel asesinato, de cambiar el curso de lo que se anunciaba, tenía que intentarlo. Quedarse esperando era igual de peligroso que actuar sin saber, pero al menos moviéndome tenía la ilusión de que aún había control sobre lo que pasaba.
Tomé las llaves del departamento, el teléfono móvil, la cartera con mis documentos y guardé cuidadosamente el manuscrito dentro de una mochila de cuero oscuro que rara vez utilizaba, pero que era resistente y tenía varios compartimentos seguros. Me detuve un instante antes de cerrar el cierre con cremallera, mirando el bulto que formaba en el interior. ¿Debía dejarlo allí? ¿Encerrarlo en algún cajón o armario, fingir que nunca había llegado y volver a mi vida normal?
La idea duró apenas un segundo, apenas una fracción de duda. No. Si aquel libro había aparecido dentro de mi casa sin que nadie pudiera explicar cómo había entrado, atravesando cerraduras, puertas y sistemas de seguridad sin dejar rastro, tampoco tenía ninguna garantía de volver a encontrarlo si lo abandonaba. Si tenía vida propia, como parecía demostrar, bien podía desaparecer y aparecer en cualquier otro lugar, dejándome a mí con la sensación de haber huido de algo que no se puede escapar. Me lo llevaría conmigo, cerca, para saber en todo momento dónde estaba.
Apagué las luces del estudio, revisé por última vez que las ventanas estuvieran bien cerradas y salí del apartamento, cerrando la puerta con doble vuelta de llave tal como hacía siempre. Mientras esperaba frente al ascensor, con el pasillo silencioso a mi alrededor, sentí de nuevo esa sensación extraña, esa piel de gallina que recorre la espalda cuando tienes la certeza de que alguien te observa aunque no veas a nadie.
Giré la cabeza despacio, mirando hacia ambos extremos del pasillo. Estaba completamente vacío. Las puertas de los demás departamentos permanecían cerradas, sin ruidos, sin sombras que se movieran detrás de ellas, y el silencio era tan profundo como el que había sentido dentro de mi propia casa unos minutos antes.
Las puertas del ascensor se abrieron con un suave sonido metálico que rompió la quietud. Entré y me coloqué cerca del panel de botones, esperando que se cerraran para comenzar el descenso. Las hojas de metal comenzaron a juntarse despacio, reduciendo el espacio entre ellas, cuando justo antes de unirse por completo, una mano apareció de golpe entre el hueco, impidiendo que terminaran de cerrarse.
El mecanismo de seguridad se activó de inmediato y las puertas volvieron a abrirse con un pequeño golpe seco. Un hombre de unos sesenta años, de estatura media, cabello canoso bien peinado y vestido con un traje azul oscuro impecable, entró con una sonrisa amable en los labios. Lo había visto varias veces en el edificio; vivía dos pisos más abajo, en el segundo, y solía salir a la misma hora para ir a su trabajo en un despacho de abogados, según sabía por comentarios casuales.
—Buenos días, señorita Vaelmont —saludó con educación.
—Buenos días —respondí yo, intentando que mi voz sonara tranquila, aunque por dentro seguía alterada.
Su sonrisa desapareció casi de inmediato, sustituida por una expresión de preocupación leve. Me observó durante unos segundos, recorriendo mi rostro con la mirada.
—¿Se encuentra bien? Tiene el rostro muy pálido, como si hubiera visto un fantasma.
Intenté devolverle una sonrisa, aunque sentí que era forzada y no llegaba a mis ojos.
—Solo dormí muy poco esta noche. Estoy terminando el borrador de una novela y se me fue la hora sin darme cuenta. Nada más.
Asintió con comprensión, sin insistir más en el tema, y presionó el botón de la planta baja. El ascensor comenzó a descender lentamente, con un movimiento suave y constante, y durante el trayecto mantuvimos una conversación breve y rutinaria, pero yo no podía concentrarme en lo que decía, con la mente fija en el manuscrito y en lo que debía hacer en las próximas horas.
Cuando las puertas se abrieron en la planta baja, el portero ya me esperaba de pie cerca del mostrador de entrada, con el ceño ligeramente fruncido y una expresión seria en el rostro. Antes de que yo pudiera decir una sola palabra o preguntarle por las grabaciones, negó con la cabeza despacio, como si ya supiera lo que iba a encontrarme.
—Revisé todas las cámaras tal como me pidió —dijo en voz baja, para que no nos oyera el vecino que salía detrás de mí.
Sentí que el estómago se me contraía, como si alguien hubiera apretado un puño en su interior.
—¿Y? —pregunté, con la garganta seca.
—No aparece nadie entrando a su departamento. Ni siquiera acercándose a su puerta.
—¿Está seguro? ¿Ni siquiera en las escaleras o en el acceso al tercer piso?
—Nadie —repitió con total seguridad, mirándome a los ojos para que comprendiera que no había errores—. Las grabaciones muestran el pasillo completamente vacío desde las once y veinte de la noche hasta las seis de la mañana. No hay sombras, no hay pasos, no hay puertas que se abran ni se cierren. Todo está tal cual debe estar.