La teoría de los muertos que escriben

Capítulo III: La tinta imposible.

Lyssandra

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente, guiado por un instinto de supervivencia que no necesitaba razones para actuar. Di un paso hacia atrás de forma instintiva, alejándome apenas unos centímetros, pero sin apartar la vista ni un segundo del desconocido que tenía frente a mí. Sentía el pulso golpeándome con tanta fuerza en las sienes y en el cuello que casi podía escuchar su ritmo, ahogando levemente el ruido del tránsito de la calle, las voces de los peatones y el sonido de las hojas secas arrastradas por el viento. En ese instante, todo mi mundo se redujo a tres únicas cosas: aquel hombre vestido completamente de negro, el manuscrito antiguo que sostenía entre sus manos con tanto cuidado, y la figura del hombre del abrigo gris que continuaba alejándose calle abajo, sin saber que su vida pendía de un hilo que podía romperse en cualquier momento.

—¿Quién es usted? —pregunté, intentando por todos los medios que mi voz sonara firme y segura, aunque por dentro sentía que cada músculo de mi cuerpo estaba en tensión, listo para huir o para defenderme si fuera necesario.

El desconocido no respondió de inmediato. Permaneció en silencio unos segundos, bajando lentamente la mirada hacia el libro que descansaba sobre sus palmas abiertas. Acarició su cubierta oscura y desgastada con la yema de los dedos, con un gesto lento y afectuoso, como si se tratara de un objeto frágil, de un tesoro precioso o incluso de un viejo amigo que le había acompañado durante años. Luego, alzó la vista de nuevo hacia mí, y sus ojos, sombreados por el ala de su sombrero, parecían profundos y cargados de una sabiduría que no encajaba con nada de lo que yo conocía.

—Llegaste antes de lo que esperaba —fue lo único que dijo, con una voz grave, suave y sin ninguna agresividad, pero que resonó en mis oídos con una claridad inquietante.

Un escalofrío helado recorrió toda mi espalda, desde la nuca hasta la cintura. No había respondido a mi pregunta, ni me había dado ninguna explicación sobre su identidad, pero sus palabras revelaban que sabía quién era yo, que sabía que estaba allí y que incluso tenía una idea de cuándo debía haber aparecido.

—¿Cómo sabe mi nombre? —insistí, apretando los dientes para mantener la calma.

Esbozó una sonrisa apenas perceptible, un movimiento leve de los labios que no llegó a iluminar su mirada. No era una sonrisa burlona, ni amenazante, ni tampoco amistosa. Era una sonrisa triste, cargada de pesadumbre, casi resignada, como si ya hubiera visto desarrollarse esta misma escena muchas veces antes y supiera exactamente cómo terminaría.

—Ese ya no es el interrogante correcto, Lyssandra —respondió con calma.

Sentí que el aire a mi alrededor se volvía más denso, más difícil de respirar. No solo conocía mi apellido, ni solo mi nombre completo: lo pronunciaba con la misma naturalidad que alguien que me hubiera tratado durante años, sin darle importancia a lo extraño que resultaba que un desconocido en una calle alejada supiera quién era.

Apreté con fuerza la correa de la mochila que llevaba al hombro, donde descansaba mi propio manuscrito, sintiendo su peso a través de la tela. Era mi única prueba, pero también parecía ser la causa de todos los problemas que se me venían encima.

—¿Qué quiere de mí? —pregunté directamente, decidida a no dejar que me mantuviera en la incertidumbre por más tiempo.

—Nada —su respuesta fue inmediata, sin vacilaciones ni dudas—. No he venido a pedirte nada, ni a llevarme nada, ni a hacerte daño.

Entonces levantó levemente el libro que tenía entre las manos, mostrándomelo con un movimiento pausado, como si quisiera que lo observara con atención.

—He venido solo a advertirte. A evitar que cometas el mismo error que todos los demás que han pasado por esto antes que tú.

Fruncí el ceño, confundida y cada vez más desorientada.

—¿Qué error? ¿De qué está hablando?

No contestó a mi pregunta. En lugar de ello, desvió lentamente la mirada hacia el otro lado de la calle, siguiendo la dirección por donde se había alejado el hombre del abrigo gris. Giré la cabeza también para ver qué llamaba su atención y lo vi: el hombre acababa de detenerse frente a la puerta de un pequeño café de fachada antigua, con grandes ventanales de madera y un letrero pintado a mano que decía Café del Sol. Se detuvo un instante, levantó la muñeca izquierda para consultar su reloj antiguo de caja plateada y, tras asentir para sí mismo, empujó la puerta y entró en el local.

Volví a mirar rápidamente al desconocido, buscando respuestas en su rostro.

—¿Quién es él? —pregunté, señalando con la mirada hacia el interior del café.

Esta vez respondió sin apartar la vista de la puerta recién cerrada.

—Una víctima.

—Eso ya lo sé —contesté con impaciencia—. El manuscrito dice que morirá esta noche a las 21:17.

—No —negó despacio, moviendo la cabeza de lado a lado con lentitud—. Solo conoces una parte de la historia, Lyssandra. Una parte muy pequeña. Y lo que no sabes puede ser mucho más peligroso que lo que has leído.

El viento comenzó a soplar con más fuerza entre los edificios, arrastrando hojas secas, papeles pequeños y polvo de las veredas, girando a nuestro alrededor como si buscara un camino libre. Sentí un impulso irrefrenable de dejarlo allí, cruzar la calle de inmediato y entrar en el café para advertir a aquel hombre, para decirle que tenía que huir, que no podía caminar solo por las calles oscuras cuando cayera la noche. Pero algo en la calma absoluta del desconocido, en su postura relajada y en sus palabras cargadas de advertencia, me mantenía inmóvil, como si una fuerza invisible me sujetara en el lugar. Tenía la sensación de que cualquier movimiento precipitado, cualquier decisión tomada sin comprender lo que estaba ocurriendo, solo empeoraría las cosas.

—Escúcheme bien —dije finalmente, hablando con claridad y firmeza para que no me interrumpiera—. Si usted sabe tanto, si sabe lo que va a pasar y conoce lo que dicen esos libros, entonces ayúdeme a impedirlo. No podemos quedarnos de brazos cruzados esperando que ocurra un asesinato solo porque alguien lo haya escrito.




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