Kaelor
Siempre he pensado que los muertos hablan.
No con fantasmas que aparecen en la oscuridad, ni con susurros que solo algunos afirman escuchar, ni con apariciones que desafían todas las leyes de la naturaleza y la razón. Para mí, la verdadera voz de los muertos es mucho más concreta y difícil de ocultar. Hablan a través de la sangre que derraman sobre el suelo, de las huellas que otros intentan borrar con prisa, de las heridas que cuentan una historia distinta a la que relatan los testigos, y de esos silencios incómodos que surgen en los interrogatorios cuando alguien oculta algo importante.
Los muertos nunca mienten.
Los vivos sí. Y lo hacen muy bien.
Esa fue la primera lección que aprendí cuando entré en la División de Homicidios hace ya doce años, y también la regla que me había permitido resolver casos que otros consideraban imposibles. Por eso mismo, nunca me dejé convencer por supersticiones, supuestos poderes especiales, médiums ni teorías que escaparan a la lógica y a las pruebas. En mi trabajo no existían las casualidades. Todo crimen tenía un motivo, por más oculto que estuviera. Todo asesino, por muy cuidadoso que fuera, terminaba cometiendo un error. Y toda mentira, por bien construida que parezca, tarde o temprano termina rompiéndose por su propio peso.
Aquella tarde, o mejor dicho aquella noche, estaba convencido de que el caso que acababa de llegar sería uno más. Un homicidio como cualquier otro, con sus pistas, sus contradicciones y su solución razonable.
No podía estar más equivocado.
Me encontraba en mi oficina, un espacio sobrio y ordenado, con estanterías llenas de archivos y libros de derecho y criminalística, revisando el informe final de un robo con violencia que ya tenía todos los elementos para ser cerrado. El aire olía a café recién hecho y a papel viejo, y el sonido de la lluvia que comenzaba a caer sobre las ventanas daba una sensación de tranquilidad que solía acompañarme al final de la jornada. Pero esa calma duró poco. El teléfono interno sonó con insistencia, rompiendo el silencio habitual.
Levanté el auricular con calma pero sin perder tiempo.
—Inspector Dravenis.
Al otro lado de la línea respondió la voz apresurada y un poco tensa del operador de la central de comunicaciones.
—Tenemos un posible homicidio en la Calle Olmos, en el barrio antiguo del centro. La patrulla que llegó primero informa que las condiciones son delicadas y solicita su presencia inmediata.
Fruncí el ceño, anotando mentalmente la dirección. Era una zona tranquila, con pocas casas nuevas y mucho movimiento reducido cuando caía la noche.
—¿Hora exacta del aviso? —pregunté, por costumbre profesional.
—Veintiuna diecinueve, inspector. Acaban de recibir la llamada de emergencia.
Miré automáticamente el reloj de pulsera que llevaba en la muñeca derecha, un modelo sencillo y resistente que nunca fallaba. Las agujas marcaban con claridad las nueve y veintiún minutos de la noche.
Solo habían pasado dos minutos desde que se había dado la alerta. Todo estaba reciente, y eso era bueno para conservar las pruebas antes de que se desvanecieran o se vieran afectadas por el clima.
—Voy para allá —respondí brevemente antes de colgar el teléfono.
Tomé mi abrigo oscuro y grueso, adecuado para las noches frías y húmedas, y salí de la oficina sin perder tiempo. Mientras descendía por las escaleras del edificio de la comisaría, sentí esa sensación familiar que siempre aparecía antes de comenzar una investigación importante. No era miedo, ni tampoco inquietud. Era una concentración especial, como si mi mente se despejara de todo lo demás y se preparara para captar hasta el más mínimo detalle que pudiera resultar útil.
Al salir a la calle, noté que la lluvia había aumentado un poco, manteniéndose fina pero persistente, de esas que calan hasta los huesos y dejan el pavimento brillante y resbaladizo. Las luces de las farolas y de los semáforos se reflejaban sobre el asfalto mojado, convirtiéndose en manchas difusas y alargadas que daban a la ciudad un aspecto más silencioso y melancólico de lo habitual. Encendí el motor del automóvil policial, ajusté el limpiaparabrisas y conduje con rapidez pero con precaución hacia la dirección indicada, repasando mentalmente los pocos datos que tenía hasta el momento: víctima masculina, posible herida por arma de fuego, lugar poco transitado. Nada que pareciera fuera de lo común.
Al doblar la última esquina que daba acceso a la Calle Olmos, vi de inmediato las luces azules y rojas de los patrulleros, que giraban con un ritmo constante y se reflejaban sobre las paredes antiguas de ladrillo y las puertas de madera de las casas más viejas. Habían acordonado toda la zona con cintas de seguridad para evitar que transeúntes curiosos o vecinos alteraran el lugar de los hechos.
Aparqué el vehículo unos metros más adelante, donde no obstaculizara el trabajo de los equipos forenses, y crucé la cinta policial mostrando mi credencial a los agentes que vigilaban el acceso. Uno de ellos, un joven de rostro serio y aspecto atento, se acercó enseguida para ponerme al tanto de lo que sabían.
—Buenas noches, inspector.
—Buenas noches. Póngame al tanto de todo lo que han encontrado hasta ahora.
El joven respiró hondo antes de responder, como si buscara las palabras más adecuadas.
—Un vecino que vive en la casa de la esquina escuchó un disparo muy fuerte a las veintiuna diecisiete exactamente. Pensó al principio que podría ser un petardo o un ruido de la calle, pero al no escuchar nada más y sentir que algo no estaba bien, llamó a emergencias de inmediato. Cuando llegamos hace apenas unos minutos, encontramos el cuerpo en el fondo del callejón que está entre dos edificios abandonados.
Sentí un leve estremecimiento que no tenía nada que ver con el frío o la lluvia. No era por la naturaleza del crimen —había visto cosas mucho peores a lo largo de mi carrera— sino por la precisión con la que había mencionado la hora. Veintiuna diecisiete. Una cifra exacta, sin aproximaciones.