La teoría de los muertos que escriben

Capítulo V: La firma del muerto.

Kaelor

La lluvia continuaba cayendo con una constancia casi hipnótica, como si el cielo mismo quisiera borrar cualquier rastro de lo que había ocurrido. Las gotas golpeaban suavemente el techo de las carpas forenses y resbalaban por las paredes de ladrillo viejo, formando pequeños riachuelos que recorrían lentamente el empedrado irregular del callejón. Las luces giratorias de los patrulleros seguían proyectando destellos azulados y rojizos que se reflejaban sobre el agua acumulada, creando sombras alargadas y cambiantes que daban la impresión de que todo el escenario respiraba con una vida propia y silenciosa.

Respiré hondo, llenando los pulmones de aire frío y húmedo, antes de girarme hacia el agente que esperaba cerca de la cinta de seguridad.

—Tráigala —ordené con voz firme pero tranquila.

El joven asintió de inmediato y desapareció entre los agentes y el equipo de trabajo, para volver unos segundos más tarde acompañado de una figura que avanzaba con paso lento pero decidido.

Mientras esperaba, volví a desviar la mirada hacia el cuerpo cubierto por la lona impermeable. Había algo que seguía molestándome, algo que no encajaba del todo en mi forma habitual de analizar un caso. No era únicamente la limpieza casi perfecta del crimen, ni la ausencia casi absoluta de huellas o rastros físicos, ni siquiera la precisión con la que se había ejecutado el disparo. Era más bien una sensación extraña, como si todo hubiera sido planeado para que encontráramos exactamente lo que habíamos encontrado.

Sobre todo aquella hoja de papel viejo.

Demasiado visible para ser un accidente. Demasiado bien protegida de la lluvia para ser dejada al azar. Parecía colocada a propósito, esperando a que alguien la descubriera. Como si el verdadero mensaje del crimen no fuera el cadáver, ni la causa de la muerte, ni el lugar donde había ocurrido… sino aquella página con su frase misteriosa y su símbolo enigmático.

Escuché pasos acercándose por el suelo mojado y levanté la vista.

La mujer avanzaba lentamente entre dos agentes. Tendría poco más de treinta años, con una apariencia sencilla pero cuidada. Su cabello castaño caía desordenado sobre los hombros, húmedo por la lluvia y pegado ligeramente a su frente y mejillas. Sostenía con fuerza contra su pecho una mochila de cuero oscuro y algo desgastado, abrazándola con ambos brazos como si fuera su mayor tesoro o su única protección, y con una firmeza que indicaba claramente que no estaba dispuesta a separarse de ella bajo ninguna circunstancia.

Su rostro estaba pálido, casi sin color bajo la luz cambiante de las linternas y las luces policiales. Tenía los ojos cansados, con una sombra marcada debajo que revelaba agotamiento y tensión acumulada durante muchas horas. Pero a pesar de todo, su expresión no era la de alguien que acababa de presenciar un acto violento y repentino, ni tampoco la de alguien que se sentía aterrorizada. Era más bien la expresión de una persona que llevaba varias horas viviendo una pesadilla de la que no podía despertar, que ya había aceptado que nada volvería a ser como antes.

Se detuvo frente a mí a una distancia prudente, sin acercarse demasiado pero sin retroceder tampoco. Durante unos segundos ninguno de los dos habló. Solo nos observamos en silencio, estudiándonos mutuamente. Ella parecía analizar cada uno de mis gestos y mi mirada con la misma intensidad con la que yo intentaba descifrar lo que escondían sus ojos y su actitud.

—Inspector Kaelor Dravenis —me presenté con tono serio y profesional, sin apartar la mirada de su rostro.

—Lyssandra Vaelmont —respondió ella. Su voz sonó baja, un poco apagada, pero con un control sorprendente. Demasiado controlada para alguien que, según las reglas habituales, debería estar en estado de shock o nerviosismo extremo.

—Me dijeron que desea declarar y que tiene información sobre lo ocurrido aquí —continué, manteniendo un tono neutral pero firme.

Asintió despacio, como si cada movimiento le costara un pequeño esfuerzo.

—Sí. Quiero ayudar en lo que pueda.

—Perfecto. Empecemos por lo más sencillo: ¿Conocía a la víctima? ¿Habían tenido algún trato anteriormente?

Negó con la cabeza de forma inmediata y segura, sin dudarlo ni un instante.

—Nunca lo había visto antes de hoy. No sabía su nombre, ni dónde vivía, ni a qué se dedicaba. Era un completo desconocido para mí.

—Entonces explíqueme por qué estaba hablando con él apenas unos minutos antes de que ocurriera el disparo. ¿Qué motivo tenía para acercarse a un desconocido en un lugar tan tranquilo y alejado?

Vi cómo tragaba saliva con dificultad. Esta vez no respondió de inmediato. Sus ojos se desviaron un instante hacia el suelo mojado y luego volvieron a mí, buscando las palabras con mucho cuidado, como si estuviera eligiendo cada sílaba para no decir más de lo necesario.

—Porque… tenía la sensación de que corría un peligro muy grave. Necesitaba advertirle para que pudiera protegerse.

El silencio cayó sobre el callejón como una manta pesada. Detrás de nosotros, incluso los agentes y los peritos que trabajaban a pocos metros dejaron de moverse durante unos segundos, atentos a lo que se decía.

La observé sin cambiar mi expresión, manteniendo la misma calma y seriedad.

—¿Cómo podía saber que corría peligro si no lo conocía de nada? ¿Alguien se lo dijo? ¿Recibió alguna amenaza o aviso sobre él?

Sus ojos dudaron apenas una fracción de segundo. Fue muy leve, casi imperceptible, pero para alguien acostumbrado a buscar señales de engaño, fue suficiente para comprender que estaba ocultando algo importante.

—Fue… solo una intuición. Un presentimiento muy fuerte que me empujó a acercarme a él.

Negué lentamente con la cabeza, manteniendo mi postura firme.

—En mi trabajo no suelo aceptar intuiciones ni presentimientos como explicación válida, señorita Vaelmont. Trabajo con hechos, con pruebas, con cosas que se pueden ver, tocar o comprobar. Todo lo demás solo complica las cosas.




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