La teoría de los muertos que escriben

Capítulo VI: El primer capítulo perdido.

Kaelor

La lluvia seguía cayendo con la misma paciencia inalterable, como si el tiempo hubiera decidido avanzar más despacio alrededor de aquel callejón. Mientras el perito se alejaba guardando con cuidado la nueva evidencia, permanecí inmóvil unos segundos, observando a Lyssandra Vaelmont desde la distancia. Ella no apartaba la vista de la pequeña bolsa transparente hasta que desapareció entre el resto del equipo.

No era la reacción de alguien que veía un símbolo extraño por primera vez. Era la expresión de quien acababa de reencontrarse con una vieja pesadilla que creía haber dejado lejos. Guardé aquel detalle en silencio: en una investigación, las personas suelen decir mucho más con los ojos que con las palabras.

Me acerqué nuevamente hasta ella, manteniendo una postura tranquila pero firme.

—Señorita Vaelmont... necesito que me acompañe a la comisaría para continuar su declaración con más calma.

Ella tardó unos segundos en responder, como si tuviera que buscar la fuerza para hablar.

—¿Estoy detenida?

—No. Por ahora es únicamente una testigo. Pero este caso acaba de complicarse mucho más de lo que imaginaba, y necesito entender por qué usted parece conocer cosas que nadie más conoce.

Sus labios se tensaron apenas en una línea delgada.

—No sé si voy a poder explicárselo. Suena tan absurdo que seguramente terminará pensando que estoy perdiendo el juicio.

—Eso lo decidiré cuando termine de escucharla —respondí sin dar un paso atrás.

Durante unos instantes permanecimos frente a frente, con el sonido monótono de la lluvia envolviéndonos, y entonces ocurrió algo completamente inesperado. Uno de los agentes salió corriendo desde el interior de la carpa forense, con la respiración agitada y los ojos muy abiertos por la sorpresa.

—¡Inspector!

Giré inmediatamente hacia él, alerta ante su tono de voz.

—¿Qué sucede? ¿Ha aparecido algo más?

El joven se detuvo frente a mí, tratando de recobrar el aliento.

—La hoja... la que encontramos debajo del cuerpo. Ha cambiado.

Sentí un ligero nudo en el estómago, pero intenté mantener la calma.

—¿Cómo que ha cambiado? Explíquese mejor.

—La frase que tenía escrita ya no es la misma.

Durante un segundo pensé que el cansancio o la tensión estaban afectando al equipo.

—¿Está diciendo que alguien manipuló la evidencia mientras nadie miraba?

—No, señor. Nadie la tocó. Sigue en su bolsa sellada, tal como la dejamos.

Corrimos juntos hacia la mesa donde descansaba la prueba, cubierta solo por una luz tenue. Los tres peritos que permanecían allí tenían exactamente la misma expresión: desconcierto absoluto, como si no pudieran creer lo que veían sus propios ojos. Uno de ellos me entregó la bolsa con mucho cuidado, sin dejar de sostenerla por los bordes.

La observé con atención. Era la misma hoja de papel antiguo, del mismo tono amarillento y el mismo grosor. La tinta seguía siendo negra y brillante. El símbolo en la esquina seguía intacto. Pero la frase escrita en el centro ya no decía:

“El primer capítulo ha terminado.”

Ahora podía leerse con total claridad, sin ninguna duda ni error:

“El inspector llegó exactamente a las 21:21.”

Sentí cómo el silencio se hacía más pesado a mi alrededor, casi difícil de atravesar. Miré rápidamente mi reloj de pulsera: marcaba las veintiuna y treinta y cuatro minutos. Había llegado al callejón trece minutos antes de que la frase cambiara.

—¿Quién abrió esta bolsa? —pregunté con voz grave.

Todos negaron al mismo tiempo.

—Nadie, inspector.

—¿Quién se acercó a la mesa?

—Solo nosotros, y no la tocamos.

Examiné el sello de seguridad con detenimiento: seguía perfecto, sin marcas ni roturas. Era imposible. Simplemente imposible. Apreté la mandíbula para contener la confusión. Las pruebas no cambiaban solas. Los documentos no reescribían su contenido. No en el mundo real, el que yo conocía y en el que había trabajado doce años. Sin embargo allí estaba, ante mis propios ojos: una frase completamente distinta, que describía un hecho que ya había ocurrido.

Levanté lentamente la vista hacia Lyssandra. Ella había visto la hoja desde donde esperaba, y lejos de sorprenderse o retroceder, cerró los ojos despacio, como si aquello confirmara un miedo que llevaba horas intentando negar.

—¿Ya ocurrió otra vez...? —susurró apenas, tan bajo que casi no llegué a escucharlo.

Aquellas palabras bastaron para hacerme tomar una decisión clara e inmediata.

—Todos fuera —ordené con firmeza.

Los agentes me miraron sorprendidos.

—¿Inspector?

—Han oído bien. Quiero este lugar completamente vacío durante cinco minutos. Quédense vigilando desde la entrada del callejón, pero nadie se acerque.

Nadie discutió la orden. Poco a poco fueron recogiendo sus cosas y alejándose hasta que el callejón quedó en absoluto silencio, salvo por el sonido constante de la lluvia golpeando el suelo y las paredes. Solo permanecíamos ella, yo y esa extraña sensación de irrealidad que parecía apoderarse de todo.

Guardé la hoja nuevamente dentro de su bolsa sellada y caminé lentamente hasta quedar frente a ella.

—Ahora escúcheme con mucha atención —empecé, esperando a que levantara la mirada—. Hace unos minutos habría jurado con total seguridad que todo esto tenía una explicación lógica, por extraña que pareciera. Hice una pausa breve antes de seguir—. Ahora ya no puedo afirmarlo con la misma certeza.

Vi cómo sus ojos se humedecían, luchando por no dejar caer las lágrimas.

—Inspector... no sabe en lo que se está metiendo.

Respiré profundamente, preparándome para ver la verdad por primera vez.

—Quiero que saque lo que lleva dentro de esa mochila.

Ella no respondió, solo abrazó el bolso con más fuerza contra su pecho.

—Sé que ahí dentro hay un libro —continué con calma—. También sé que ese hombre vestido de negro no fue producto de su imaginación, ni del cansancio, ni del miedo.




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